Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

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Hay polvo, desolación, basura, soledad. En medio de esa nada un hombre camina con algo de dificultad, con más heridas en su mente que en su cuerpo. En un auto va hasta un lugar que, pese a los años transcurridos, reconoce. Como por instinto se acerca a un sitio preciso de la edificación y con la mano, a tientas, busca constatar si todavía está ahí un botín de infancia, si es que acaso alguna vez estuvo allí. Para su sorpresa –y su alegría- ahí está. Es pequeño pero muy significativo: una pistola de juguete, una historieta y una lata de tabaco con dos monedas de cinco centavos. El hombre se llama Jeff McCloud y lo interpreta Robert Mitchum en ese clásico de Nicholas Ray que es Hombres errantes (The Lusty Men, 1952).

Por fortuna McCloud no fue engañado por su memoria, el recuerdo que tenía del escondite de sus tesoros de infancia estaba intacto. No siempre es así, a veces puede pasar que un recuerdo que creemos tener en realidad no pasó, lo soñamos o nos lo contaron y luego con el tiempo pensamos que ocurrió. A veces queremos creer que nos sucedió, para así hacer la realidad más bella, más poética, acaso más armónica. Una anécdota similar a la que describí le ocurre al agente la policía de Los Ángeles identificado con el número KD6-3.7, en uno de los momentos más significativos de Blade Runner 2049, la segunda parte del filme del director británico Ridley Scott estrenado originalmente en 1982 y que ahora dirigió Denis Villeneuve. El agente (interpretado por Ryan Gosling) desconfía de sus recuerdos, pero hay uno que particularmente resuena en su cabeza. En una visita oficial a un orfelinato, sorpresivamente le ocurre lo que a McCloud, sembrando infinitas dudas sobre su ser.

Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

Ese interrogante sobre la naturaleza de lo que somos, sobre lo que constituye la identidad, es central a esta nueva película, que tiene al agente KD6-3.7 (“K” para abreviar, o “Joe” para su particular pareja) haciendo el mismo trabajo que el agente Rick Deckard (Harrison Ford) en el primer filme: ambos son “blade runners”, cazadores de “replicantes”, unos seres diseñados por ingeniería genética –humanoides mucho más allá de la inteligencia artificial- para ejercer oficios pesados en las colonias espaciales. Los que se rebelaron contra la autoridad humana son sujetos a ser “retirados” (dados de baja) por los “blade runners”. “K” está asignado a esa unidad especial de agentes de la ley que debe identificar, capturar y retirar a los “replicantes” rebeldes aún ocultos en el planeta.

El Blade Runner original tenía lugar en Los Ángeles en el año 2019, mientras este ocurre treinta años después en la misma ciudad. Si las condiciones atmosféricas y de aglomeración eran precarias en ese entonces, ahora se han agudizado. Lo que “K” contempla en su patrulla voladora es desolador. La tierra yerma, el cielo hecho plomo, el sol oculto, la ciudad un laberinto de tugurios, callejones y trampas. No para de llover, no hay amigos, no hay contacto humano, no hay alegría. En esa megápolis decadente -llena de la influencia oriental- la tecnología ha convertido a la publicidad en algo ubicuo, gigantesco, avasallador. Las grandes corporaciones son los nuevos dioses. El canadiense Dennis Gassner ha sido el diseñador de ese mundo, una prolongación fiel de la distopía original que Ridley Scott planteó y que acá se tornó mucho más gris y pesimista. Si la ambientación del Blade Runner de 1982 era perfecta como homenaje al cine negro, esta es ideal para el relato desesperanzador que quieren contarnos.

Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

Cuando la película empieza “K” se dispone a investigar la posible presencia de un “replicante” oculto tras una fachada inofensiva en una región agrícola. Ese trabajo, aparentemente rutinario, lo lleva a seguir la pista de lo ocurrido con Rachel, la “replicante” que huyó con Deckard al final de la primera película, poniendo ya puntos en común entre ambas historias, aparentemente no relacionadas. La investigación subsecuente lo conduce a preguntarse, no sin confusión, sobre la real naturaleza de los “replicantes”, seres creados, no nacidos, que tienen sentimientos, (falsos) recuerdos, y –en los modelos actuales- una existencia hecha para obedecer y no salirse de un parámetro de conducta esperable.

Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

A “K” como agente de la policía le hacen también una “prueba basal post-trauma” para ver que tanto lo afectan sus misiones. Los segmentos de frases que oye y debe repetir –aparentemente inconexas- son en realidad parte de un poema de un libro de Vladimir Nabokov, Pálido fuego, publicado en 1962, y que no por casualidad Joi, la pareja virtual de “K”, le propone leer en casa para distraerse, a lo que él se niega:

y la nada negro sangre empezó a tejer
un sistema de células encadenadas en el interior
de células encadenadas en el interior de células encadenadas
en el interior de un único vástago. Y horriblemente clara
contra la oscuridad, una alta fontana blanca jugaba.

Hasta ahora “K” ha sido coherente y confiable, pero tras el hallazgo del recuerdo de infancia que previamente mencioné, su prueba basal sale alteradisima. En este hombre imperturbable ha irrumpido el caos y ha perdido el control: es un personaje del cine de Denis Villeneuve, no lo olvidemos. No importa que esté navegando en un transatlántico de 150 millones de dólares, que es lo que costó esta película, Villeneuve tiene claro que es él quien tiene el comando de esta nave y que como director de Blade Runner 2049 será el primero en ser juzgado, comparado y criticado. Obviamente está muy bien apoyado: el guion fue escrito por el veterano Hampton Fancher (coautor de la versión de 1982), acompañado ahora por Michael Green, un guionista especialista en ciencia ficción (Logan, Alien: Covenant). La cinematografia es obra del maestro Roger Deakins y la música es una partitura inquietante de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch. Pero la batuta de toda esta orquesta de creativos la lleva Villeneuve.

Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

Su cine empezó a tener resonancia internacional cuando su cuarto largometraje, Incendies (2010), fue nominado al premio Oscar a la mejor película en lengua extranjera, pero sin embargo en sus tres filmes previos, Un 32 août sur terre (1998), Maelström (2000) y Polytechnique (2009), ya estaban definidos sus rasgos temáticos como autor: el influjo que tiene el caos y el absurdo sobre alguien, como lo afecta esa pérdida de control, qué efectos sicológicos tiene sobre él (o ella, porque en su filmografía predominan los retratos femeninos). Todo esto en medio de narraciones que son rompecabezas en las que debemos completar nosotros mismos las piezas explícitamente faltantes. A su llegada a Hollywood en 2013 con Intriga (Prisoners, 2013) incursionó en el thriller, para luego meterse en terrenos de la lucha contra los carteles de México en Tierra de nadie: Sicario (2015) y en la ciencia ficción con La llegada (Arrival, 2016). Entre esas producciones comerciales tuvo tiempo para un proyecto más personal y arriesgado, Enemy (2013), a partir de la novela de José Saramago, El hombre duplicado. Habla bien de él que pese a trabajar ya en las entrañas de la industria siga haciendo un cine propio, disfrazado de producto comercial pero muy cercano a sus intereses como autor. Guardadas las debidas proporciones, esto mismo era lo que hacía Alfred Hitchcock.

Rodaje de Blade Runner 2049: Harrison Ford, Ryan Gosling y el director Denis Villeneuve.

La mención al maestro inglés no es casual. En sus filmes él nos hacía seguir una pista falsa, un artilugio dramático vacío que el bautizó “McGuffin” y que echaba a andar sus narraciones (por ejemplo el robo del dinero del banco en Psicosis). Hay uno de sus filmes clásicos que tiene una de esas pistas, un microfilm oculto, pero que en realidad va más allá e involucra un McGuffin humano. Se trata de Intriga internacional (North by Northwest, 1959) en la que un publicista, Roger O. Thornhill (Cary Grant), es confundido por un espía, George Kaplan, y perseguido por agentes al servicio de un gobierno foráneo que quieren ver que tanto sabe y luego eliminarlo. Thornhill sale a buscar a Kaplan para aclarar las cosas y recuperar su propia identidad, sin saber que Kaplan no existe, que es un invento de la CIA para distraer a los espías extranjeros y desviar su atención mientras la verdadera contraespía (una mujer) está infiltrada entre ellos. Así pues un hombre asume a la fuerza una identidad falsa para involuntariamente ayudar a una causa patriótica mientras es perseguido por enemigos. Algo así ocurre en Blade Runner 2049: “K” es un McGuffin.

Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

A diferencia del Thornhill de Intriga internacional, “K” asumió su nuevo rol como una responsabilidad, como un don que explicaba muchas cosas, que justificaba otras tantas. Un regalo que le daba sentido y estructura. Por eso que Joi le diga “Joe” le suena tan atractivo. Por eso cuando prende una rockola y un holograma de Frank Sinatra canta One For My Baby y dice “So set ’em up, Joe, I got a little story I think you oughtta know” parece que le cantara a él. Por eso la búsqueda y el hallazgo de Deckard tienen ya otro sentido para él, uno más trascendental. La presencia de Harrison Ford le añade otra dimensión a este largometraje, una que tiene que ver con la concreción de un milagro tecno-genético. “Nacer es tener un alma”, le dice “K” a su jefe al inicio del filme. Deckard ayudó a darle alma a los “replicantes” y con ella una esperanza.

Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

Si para Thornhill saber la verdad representa un alivio, para “K” es una desilusión, que es, sin embargo, consecuente con el desarrollo dramático nada complaciente de este filme magnífico. Poco consuelo le queda. Acaso, si sobrevive, volver a lo que fue su hogar, buscar el ejemplar de Pálido fuego y a solas leer:

Mientras volvía a casa reflexioné: ¿aceptar la sugestión
y dejar de investigar mi abismo?
Pero de pronto vi que allí estaba
la verdadera cuestión, el tema en contrapunto;
nada más que esto: no el texto sino la textura; no el sueño
sino la coincidencia invertida,
no el absurdo fútil sino una trama de sentido.
¡Sí! Bastaba que yo pudiera encontrar en la vida
algún vínculo laberíntico, una especie
de estructura concordante en el juego,
un arte plexiforme y algo del mismo
placer que quienes lo jugaban encontraban.

Publicado en el suplemento “Generación”, del periódico El Colombiano (Medellín, 22/10/17), con el título “Ver nacer un milagro”, págs 4-6
© El Colombiano, 2017

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