Cenicienta sin zapatillas: La condesa descalza, de Joseph L. Mankiewicz

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“La condesa descalza es desconcertante. Uno sale de la sala de cine dudoso de haber comprendido todo, pero inseguro de que hubiera, de hecho, más para comprender. No sabemos lo que pretendía el autor. Pero lo que está más allá de la duda es la total sinceridad, novedad, osadía y fascinación del filme”.
-François Truffaut, 1955

No resisto la tentación de trascribir el monólogo en off con el que se abre La condesa descalza (The Barefoot Contessa, 1954), obra de su guionista y director, Joseph Mankiewicz. Las palabras las pronuncia Humphrey Bogart en el papel de Harry Dawes, a su vez guionista y director de cine, mientras asiste a un funeral en Italia:

“Cuando uno pasa la mayor parte de su vida en una profesión, acaba desarrollando un punto de vista ocupacional. Así que quizás me puedan perdonar por mi primer pensamiento esa mañana. Me encontré pensando que el montaje y la escenificación, hasta la iluminación del funeral de María eran tal y como ella hubiera querido. Me llamo Harry Dawes, he escrito y dirigido películas por más tiempo del que quisiera acordarme. Estoy desde que las películas tenían dos dimensiones y una dimensión y a veces hasta ninguna dimensión en absoluto. Escribí y dirigí las tres películas en que actuó María Damata. Su corta y completa carrera de principio a fin. La escribí y dirigí, en la pantalla, claro está. ¿Qué hacía yo ahí? El destino, o quien fuera el que dirigió su corta y completa vida se encargó de eso. De cualquier modo, ahí estaba yo a medio mundo de distancia de Hollywood & Vine en un pequeño cementerio cerca de Rapallo, Italia, viendo como enterraban a la condesa Torlato-Favrini en tierras que ella hace seis meses ni siquiera conocía, con una estatua para marcar el lugar. La vida, a veces, se comporta como si hubiera visto demasiadas películas malas. Cuando todo encaja demasiado bien, el comienzo, la trama y el final, desde que la imagen sale hasta que desaparece. Y cuando yo aparecí, la condesa no era una condesa. Ni siquiera era la estrella de cine llamada María Damata. Cuando yo aparecí, su nombre era María Vargas. Bailaba en un club nocturno en Madrid, España”.

He ahí, de cuerpo entero, el enorme talento de Joseph L. Mankiewicz para escribir las líneas de diálogo más chispeantes y los monólogos más agudos. Ya en Eva al desnudo (All About Eve, 1950) había puesto sus ojos sobre el teatro y ahora, en su undécimo largometraje, enfilaba sus aguijones hacia el cine, hacia el mundo en el que se movía. Y lo hacía con no poca desilusión y enojo. “La condesa descalza fue una tragedia. Incluso la muy mala película que hice durante esta parte confusa de mi vida, El americano tranquilo, lo fue. Durante esta infeliz fase me volví una especie de viejo enojado. Tenía amargura. Pienso que empecé a usar una porra donde antes usaba un cuchillo afilado en las cosas que me molestaban. Me enojaba con ellas en vez de exponerlas y ridiculizarlas” (1), confesaba en una entrevista realizada en 1960.

La condesa descalza (The Barefoot Contessa, 1954)

Es curiosa esa sensación amarga que sentía, considerando que el mismo año que estrenó Julio César (Julius Caesar, 1953) para la MGM, fundaría su propia compañía productora, Figaro Incorporated, y que La condesa descalza seria su primera realización independiente, logrando además hacer un acuerdo de distribución a través de United Artists. Quizá el malestar era crónico y con este filme pensó darse algún alivio desquitándose de algunos personajes y personalidades del ámbito en que trabajaba: haría una historia sobre el cine, sobre el surgimiento y declive de una estrella fugaz, y de todos los que contribuyeron a su triunfo y a su ruina personal: el director y guionista Harry Dawes, el productor Kirk Edwards, su agente de relaciones públicas, Oscar Muldoon; y dos hombres que quisieron poseerla con su riqueza, Alberto Bravano y el Conde Vincenzo Torlato-Favrini.

Respecto al personaje protagónico, Maria Vargas, Mankiewicz siempre afirmó que se inspiró en la vida de Margarita Cansino, el nombre de pila de Rita Hayworth que, aunque neoyorquina, era hija de un bailarín español y de una bailarina de ancestros irlandeses e ingleses. Rita fue descubierta por Winfield Sheehan, jefe de la Fox Film Corporation, bailando en un club nocturno y tras un screen test se la llevó a Hollywood. Tras conocer la gloria y la fama termina casándose con Orson Welles y luego con el Príncipe Ali Aga Khan, un enlace que la alejó temporalmente de las pantallas.

Aunque Mankiewicz pensó inicialmente en vincular a actrices en ese entonces poco conocidas Joan Collins o Rosanna Podesta, logró que la MGM le prestara a Ava Gardner por doscientos mil dólares y el 10% de las ganancias. A partir de su inclusión en el reparto se empezaron a notar ciertas semejanzas entre su vida y la de Maria Vargas, incluyendo su relación con el excéntrico productor Howard Hughes. Como lo afirma el biógrafo Christian Aguilera, “Mankiewicz construyó el personaje de María Vargas tomando algunos trazos que competen a la biografía de Hayworth –su condición de bailarina, su origen hispano, etc.-, pero que acabarían tomando cuerpo en su forma de pensar y relacionarse con su entorno, al conocerse que Figaro Inc., previa cesión de la Metro-Goldwyn-Mayer, se había hecho con los servicios de Ava Gardner. Pero (…) Mankiewicz intuyó que muchas serían las actrices que se verían reflejadas en el personaje de María Vargas, más allá de una razonable similitud física o de un trazo biográfico común” (2).

La condesa descalza (The Barefoot Contessa, 1954)

El personaje del productor, que en el filme se llama Kirk Edwards (interpretado por Warren Stevens), es un acaudalado inversionista de Wall Street que ha decidido hacer del cine su nuevo negocio. Edwards es frío, calculador y soberbio, y cree que todos están a su servicio. Todo indica que la inspiración para este personaje provino de Howard Hughes, que tenía incluso un jefe de relaciones públicas -Johnny Meyer- que Mankiewicz utiliza para moldear el rol de Oscar Muldoon (interpretado por Edmond O’Brien), el relacionista de Edwards. Además es sabido que Hughes y Ava fueron amantes.

La propia Ava Gardner confirma las asociaciones con su vida y con la de Hughes al afirmar que La condesa descalza “podría haber sido llamada Howard y Ava, era tan ridículamente evidente. Pero Joe [Mankiewicz] juraba hasta que su cara se ponía azul que se basaba en la vida de Rita [Hayworth]. Howard era amigo suyo (…) pero lo persiguió como un maldito tigre una vez que leyó el guion. A propósito, yo no le di el guion a Howard. Mankiewicz estaba convencido que había sido yo, pero yo sé que Howard lo consiguió gracias a Johnny Meyer, aunque este lo negara. (…) La película estaba lista y lista para enviarse pero Howard aún exigía cambios. Esto le tuvo que haber costado a Mankiewicz una pequeña fortuna. El personaje de Hugues, un magnate texano, se convertía en un mandamás de Wall Street. Tuvieron que doblar [los parlamentos de] páginas de dialogo para remover las pistas que apuntaban a Howard. Sentí lástima por Joe. Teníamos nuestras diferencias pero siempre me apoyó cuando Bogart se ponía difícil” (3).

La condesa descalza (The Barefoot Contessa, 1954)

Ya que la actriz menciona a Humphrey Bogart, este se portó muy mal con ella durante el rodaje en Italia -se filmó allá aparentemente por costos, pero Mankiewicz estaba involucrado en la polémica macartista al haber sido presidente del Screen Directors Guild (SDG), el gremio de los directores, entre 1950 y 1951 (4). Bogart era cercano a Frank Sinatra, con quien Ava estaba casada desde 1951, pero cuya relación afrontaba en ese entonces una de muchas crisis y separaciones. Incluso fue por la presencia de la actriz en Europa para rodar La condesa descalza que conoció al torero Luis Miguel Dominguín, con quien vivió un apasionado affaire durante la filmación. Esto molestaba a Bogart que se dedicó a criticar la falta de talento de Ava, a hacer comentarios sobre su vida amorosa y a burlarse de su falta de expresividad y su voz baja. Además no soportaba que la actriz ganara más dinero que él por este filme. “Bogie no me aprobaba. No me respetaba para nada. Nunca trató de ocultar eso” (5), recordaba la actriz. El personaje de Bogart, Harry Dawes, fue el que Mankiewicz trató con más benevolencia, sencillamente porque fue su alter ego. Modelado, según él, en directores como Gregory LaCava, Howard Hawks o William Wellman, Mankiewicz comentaba que “si yo fuera a escribir una novela sobre Hollywood –y tengo muchas notas al respecto- seria acerca de un director como Harry Dawes que, desde el punto de vista de la verdad, puede ser mi personaje favorito” (6). Tampoco fue fácil rodar con Bogart cuyos accesos de tos arruinaron muchas escenas. El cáncer de esófago que lo mataría en enero de 1957 empezaba a manifestarse.

La condesa descalza (The Barefoot Contessa, 1954)

Sin embargo lo que más complicó la realización de La condesa descalza fue la mala relación entre Joseph Mankiewicz y Ava Gardner. La actriz no sintió el acompañamiento cercano que esperaba y el director lo confiesa: “Me pareció imperdonablemente estúpido no haberme dado cuenta de lo nerviosa y sensible que era. Ella era consciente de que se trataba de un papel extremadamente complicado y se mostraba muy insegura con respecto a su capacidad para interpretarlo. Creo que le fallé porque no logré que confiara suficientemente en sí misma” (7). Ni en ella ni en él, pues una broma que le gastó en el plató acabó con la confianza que Ava pudiera tenerle a Mankiewicz, algo que jamás terminó de sanar.

Además de inspirarse en personaje reales, hay una película previa con Ava Gardner que también parece haber influido sobre la construcción del guion. Se trata de Pandora y el holandés errante (Pandora and the Flying Dutchman, 1951), con guion y dirección de Albert Lewin. No solo la actriz es la misma, sino que se sitúa en España -en 1930- y trata sobre una mujer libre e inaferrable, hecha para las sensaciones y no para los sentimientos. En la película Pandora Reynolds (Ava Gardner) tiene tres pretendientes que quieren conquistarla con sus actos heroicos y su fama, y hay un hombre adicional que funciona como figura paterna y narrador del filme. Al final Pandora entrega su corazón por primera vez a uno de ellos –uno que tiene una sorpresa para ella- y en esa decisión se la va la vida. Es el mismo esquema de La condesa descalza. Además a ambos filmes los iba a fotografiar a color el maestro Jack Cardiff.

La condesa descalza (The Barefoot Contessa, 1954)

Pero también Mankiewicz en esta película enfrentó la acusación de plagio que interpuso Mildred Luber, la agente de la actriz natural Anne Chevalier (1921-1977), quien fue una de las protagonistas de Tabú (Tabu: A Story of the South Seas, 1931), la película testamento de F.W. Murnau. Luber escribió una versión novelizada de la vida de Chevalier, The Dancing Cannibal y trató de venderla en Hollywood. Al ver similitudes con la historia de La Condesa descalza, la agente acusó a Mankiewicz de plagio pero perdió, tras un juicio que falló en 1960 (8).

El guion incluía todos estos elementos mencionados, pero fue torpedeado por la censura del Código de Producción que impidió que el personaje del conde Torlato-Favrini fuera homosexual y debió por ende convertirse en impotente a causa de heridas de guerra. “Mankiewicz creía firmemente que esto debilitaba el impacto del filme, pero él sabía que los administradores del Código no lo aprobarían de otra forma. Sin haber tenido restricciones, él hubiera podido hacer una declaración aún más poderosa acerca de otro “tipo” de hombre: uno que usa una mujer sexualmente atractiva para perpetuar (o quizá incluso recrear) el mito de su masculinidad” (9).

La condesa descalza (The Barefoot Contessa, 1954)

La película se empezó a rodar en Roma en los estudios de Cinecittà el 11 de enero de 1954 y culminó en abril, incluyendo dos semanas filmando exteriores en San Remo y Portofino. Tras un montaje que fue entorpecido por las interferencias de Howard Hughes –que incluyeron suprimir una escena que ocurrió en la vida real, en la que Ava Gardner le rompe un cenicero en la cabeza- la película se estrenó el 29 de septiembre de ese mismo año. Fue nominada al premio de la Academia de Hollywood al mejor guion y Edmond O’Brien ganó el Oscar al mejor actor de reparto por su rol de Oscar Muldoon.

Una protagonista etérea
Leamos de nuevo las palabras del personaje de Harry Dawes: “Kirk se equivocó al decir que yo no sabía cuándo acababan mis guiones y comenzaba la vida. Un guion debe tener sentido, la vida no.” La condesa descalza se parece entonces a la vida. El guion de Mankiewicz quiso abordar muchos aspectos y en ninguno fue lo suficientemente incisivo. Optó por ser errático, como el existir, y no preciso, como uno de los argumentos que este realizador nos tenía acostumbrados. ¿Qué sus palabras y frases son contundentes, causticas e ingeniosas? No hay quien lo dude. Pero lo debatible es que aquí contribuyan a darle sentido y estructura a este filme. Como suele ocurrir en otros de sus filmes, Mankiewicz recurre a varios narradores: en este caso Dawes, Oscar Muldoon y el conde Torlato-Favrini. Cada quien aporta –desde su perspectiva- a dar pistas sobre la vida y el destino de María Vargas. Sin embargo este personaje es –paradójicamente- el menos definido. Se supone que es una bailarina y cantante española de extracción popular, pero su conocimiento del inglés, los temas que maneja y su rápida adaptación al mundo del cine de Hollywood desdicen de sus orígenes. Mankiewicz no adaptó los diálogos a la realidad de la novel aspirante a estrella, solo la usó como objeto de obsesión y deseo. Tampoco la vemos nunca actuar a las órdenes de Harry Dawes ni presenciamos escena alguna de las películas que hizo (lo mismo ocurría en Eva al desnudo): eso no le importa al director, le importa lo que la llevó hasta allá, los factores que la van a derrumbar y el impacto que dejó entre quienes la conocieron, la desearon y la amaron.

La condesa descalza (The Barefoot Contessa, 1954)

La falta de verosimilitud de las líneas de diálogo de Maria contribuye a hacerlo un personaje etéreo, inaferrable, una sombra más que una presencia. Cuando el filme empieza ya está muerta. Luego de ella vemos una estatua que la equipara a una deidad mitológica. Luego en el flashback en España observamos al público que la ve bailar y la aplaude extasiado, pero ella es una ausencia, un fuera de campo. Después cuando Harry Dawes va a buscarla a su camerino solo se le ven los pies descalzos. Es una figura elusiva, misteriosa, sin dueño. Es la cenicienta que huye del palacio antes de la duodécima campanada: nadie sabe quién la invitó al baile real y cómo llegó allá, pero es impresionante el impacto que dejó. Muchos la pretenden y quieren impresionarla con su poder, pero ella no se entrega, no cede ante ellos. Prefiere un amante flamenco y pobre a ser la mujer-adorno de un productor o un magnate.

El director Joseph L. Mankiewicz en el plató junto a Ava Gardner

¿La condesa descalza es una crítica a Hollywood y a su manera de hacer las cosas? Poco o nada se vislumbra del aparataje de producción norteamericano de los años cincuenta, más allá del personaje del productor Kirk Edwards y sus maneras déspotas. Es probable que la intervención de Howard Hughes haya desvirtuado las intenciones críticas de Mankiewicz, que optó mejor por situar la acción en Francia para burlarse allí del jet-set internacional sin tampoco ser lo suficientemente aleccionador o punitivo. En el tramo final la película se va para Italia a seguir los rastros de la aristocracia estéril y a buscarle a María un poco de paz en los brazos de un hombre al cual se entrega por fin. Ha encontrado su príncipe, pero esta mujer, esta cenicienta sin zapatillas, va a escuchar que dan la medianoche en el reloj del castillo. Ya sin el hechizo comprende que solo en los cuentos de hadas hay un final feliz. Para ella no lo hubo.

Referencias:
1. Derek Conrad, Joseph Mankiewicz: Putting on the Style, En: Brian Dauth (ed.), Joseph L. Mankiewicz: Interviews, Jackson, University Press of Mississippi, 2008, p. 25
2. Christian Aguilera, Joseph L. Mankiewicz, un renacentista en Hollywood, Madrid, T&B Editores, 2009, p. 126-127
3. Ava Gardner y Peter Evans, Ava Gardner: The Secret Conversations, 2013, Londres, Simon and Schuster, p. 235-236
4. Giuliana Muscio, Cine y Guerra Fría, 1945-1956, En: Gian Piero Brunetta (Ed.), Historia mundial del cine vol. 1 (Estados Unidos) tomo 2, AKAl, 2011, p. 1172
5. Ava Gardner y Peter Evans Ibid., 233
6. Michel Ciment, An interview with Joseph Mankiewicz, En: Brian Dauth (ed.), Joseph L. Mankiewicz: Interviews, Jackson, University Press of Mississippi, 2008, p. 134
7. Lee Server, Ava Gardner, una diosa con pies de barro, Madrid, T&B Editores, 2007, p. 250
8. Volker Langbehn (Ed.), German Colonialism, Visual Culture, and Modern Memory, Nueva York, Routledge, 2010, p. 295
9. Cheryl Bray Lower y R. Barton Palmer, Joseph L. Mankiewicz: Critical Essays with an Annotated Bibliography and a Filmography, Jefferson, McFarland, 2001 p. 107

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