Crímenes (im)perfectos

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“No me interesa el acto del asesinato en sí mismo. El crimen se da para que los protagonistas puedan hablar sobre Dios y la culpa”, ha expresado Woody Allen, el director de Hombre irracional, una película donde de nuevo utiliza el crimen para construir uno de sus singulares dramas. Veámoslos en conjunto.

En Crímenes y pecados (Crimes and Misdemeanors, 1989) Woody Allen interpreta a Cliff, un documentalista bienintencionado que se enfrenta a un doble fracaso: laboral y afectivo. El documental que pretende hacer sobre un filósofo no encuentra financiación ni eco, y la mujer que pretendía se ha decidido por otro hombre, que desde la óptica de Cliff es un ser mezquino, arrogante y banal.

Defraudado, rumia su pena en silencio, alejado de la algarabía de una boda a la que ha sido invitado. Otro asistente a la boda lo encuentra, se trata de un oftalmólogo judío llamado Judah (al que da vida Martin Landau). Cliff le dice con desilusión que “estaba planeando el asesinato perfecto” y Judah, creyendo que se trata del proyecto para una futura película le dice que tiene “una historia genial para un asesinato. Un argumento increíble”. Y pasa a contarle los sucesos de los últimos meses de su vida, hechos de sangre que han sido la base de Crímenes y pecados: Judah ha mandado a matar a su amante.

Martin Landau y Woody Allen en Crímenes y pecados (1989)

Martin Landau y Woody Allen en Crímenes y pecados (1989)

El oftalmólogo concluye en tercera persona su relato diciéndole: “Y una vez el terrible trabajo se acabó, descubre que está plagado de una gran culpa. De repente surgen chispas de su pasado religioso, el cual había rechazado. Escucha la voz de su padre, se imagina que Dios está mirando todos sus movimientos. De repente no es un universo vacío, sino uno justo y moral y él lo ha violado. Ahora le entra el pánico. Está al borde de un colapso mental, a pocos pasos de confesar todo a la policía. Y una mañana se despierta y brilla el sol, y su familia está a su alrededor. Misteriosamente la crisis desaparece. Va de vacaciones a Europa con su familia y con el pasar del tiempo ve que no es castigado. Al contrario, prospera. Culpan a otro del asesinato, alguien con otros asesinatos en su historial. Qué diablos, uno más no importa. Ahora está liberado. Su vida vuelve a la normalidad, de vuelta a su mundo de riquezas y privilegios”.

Cliff se sorprende con la narración y sugiere que, ante la ausencia de Dios, el culpable se entregue a las autoridades y así volver esa historia una tragedia. Judah le dice a Cliff que ha visto demasiadas películas y que en la vida real cargamos con algunas culpas y racionalizamos, “negamos o no podríamos seguir viviendo”. Que el final justo y feliz que propone solo ocurre en los filmes de Hollywood. Para Judah el crimen funcionó, pese a la culpa inicial. Simplemente tuvo fortuna y se salió con la suya.

Woody Allen y Mia Farrow en Crímenes y pecados (1989)

Woody Allen y Mia Farrow en Crímenes y pecados (1989)

Crímenes y pecados fue la primera incursión de Woody Allen en la exploración fílmica de las consecuencias morales del asesinato, un tema que desde joven le apasiona. El mensaje nihilista de este realizador es claro: “ningún poder superior va a castigarnos por nuestros delitos si conseguimos salir impunes de ellos”, tal como lo afirma en el libro de Eric Lax, Conversaciones con Woody Allen. Algo similar declaraba ante Richard Schickel al referirse a Crímenes y pecados en el texto Woody Allen: A life in film: “Quería ilustrar de manera entretenida que no hay Dios, que estamos solos en el universo, que no hay nadie allá afuera que vaya a castigarte, que no va a ver ningún tipo de final hecho en Hollywood para tu vida, que tu moralidad depende estrictamente de ti mismo”.

Fue Harlene Rosen, su primera esposa, quien le ilustró acerca del existencialismo. La chica estudiaba filosofía y el joven Woody le ayudaba con sus ensayos universitarios. Ahí notó que las ideas de Kierkegaard en Temor y temblor y de Nietzsche en Más allá del bien y del mal, afloraban también en las películas de Ingmar Bergman que veía y en las novelas rusas que leía. “Siempre eran crisis de vida o muerte, asesinato, suicidio, asalto. Era muy seductor. Me interesé mucho en ello”, afirmaba.

Jonathan Rhys-Meyers y Scarlett Johansson en Match Point (2005)

Jonathan Rhys-Meyers y Scarlett Johansson en Match Point (2005)

Conozcamos ahora a Chis Wilton, el arribista instructor de tenis que protagoniza Match Point (2005), el segundo largometraje de Allen en girar sobre este tema, esta vez ambientado en Londres. Chis trata de impresionar a sus alumnos dando una imagen intelectual que es solo una pose. Woody hace que una de sus lecturas sea Crimen y castigo de Dostoievski, como para subrayar lo que va a ocurrir. Ambicioso, Chris se relaciona con la poderosa familia Hewett, comprometiéndose con Chloe, la hija del clan, y logrando así trepar la escalera social que lo lleva a un mejor empleo y a una vida de lujo a la que siempre aspiró. Pero no contaba con Nola Rice (Scarlett Johansson), la novia de su cuñado, que va a despertar en él una pasión casi obsesiva que amenaza con derrumbar el paraíso social que ahora disfruta. Chris tendrá que tomar medidas urgentes. Las que sea. Incluso diseñar y ejecutar –él mismo- un crimen perfecto.

En este caso ocurre algo diferente a Crímenes y pecados. Chris no parece sentir culpa, ni algún tipo de arrepentimiento o miedo a un castigo divino. En una escena final, Woody Allen lo enfrenta a los espectros de sus víctimas que lo cuestionan sobre sus actos. Y él responde –como Judah en la película previa- que “Puedes aprender a meter la culpa debajo de la alfombra y… seguir adelante. Tienes que hacerlo, de otra forma te abruma”. El fantasma de Nola lo confronta respecto a la torpeza de su crimen y Chris afirma que “lo que merezco es ser detenido y castigado. Así al menos habría un pequeño indicio de justicia. Una pequeña medida de esperanza de que hubiera un significado”. Pero en el universo de este autor no hay Dios ni justicia, solo azar, solo buena o mala suerte. “La gente teme reconocer qué parte tan grande de la vida depende de la suerte. Da miedo pensar que sea tanto sobre lo que no tenemos control”, nos dice en off la voz de Chris al principio de este filme.

Scarlett Johansson y Jonathan Rhys-Meyers en Match Point (2005)

Scarlett Johansson y Jonathan Rhys-Meyers en Match Point (2005)

Match Point tuvo un enorme éxito y revitalizó su carrera, pero suscitó para Woody Allen polémica en los círculos religiosos, que lo acusaban de promover una visión negativa de la existencia en la que “todo vale” y donde es posible cometer cualquier delito siempre y cuando no se sea capturado. Él se defendió de esas acusaciones y en el texto de Eric Lax menciona que “uno también puede optar por pensar que está vivo, al igual que el resto de sus congéneres, y que viaja con ellos en un bote salvavidas y tiene que intentar comportarse con la mayor decencia posible por él y por todos los demás (…). Si uno reconoce la horrible verdad de la existencia humana y frente a ello optar por ser una persona decente en lugar de engañarse a sí mismo pensando que le espera una recompensa o un castigo divino, me parece una postura más noble”.

Dos años después vuelve a visitar este tema con otra cinta filmada en Inglaterra, Cassandra’s Dream. Ahora entraremos en la vida de los hermanos Blaine, dos treintañeros de clase media. Ian administra el restaurante de su padre, es ambicioso y pretende ser lo que no es, mientras Terry trabaja en un taller mecánico y es un apostador compulsivo, bebedor y ansioso. Ambos necesitan dinero desesperadamente –el uno para un proyecto inmobiliario y el otro para cubrir deudas de juego- y recurren a Howard, su tío materno, un acaudalado cirujano y empresario que está dispuesto a asistirlos… siempre y cuando sus sobrinos le ayuden a deshacerse de un ex socio que amenaza poner al descubierto algunas maniobras financieras turbias que hizo.

Tom Wilkinson, Ewan McGregor y Colin Farrell en Cassandra`s Dream (2007)

Tom Wilkinson, Ewan McGregor y Colin Farrell en Cassandra`s Dream (2007)

Cassandra’s Dream plantea una nueva situación dramática. Dos hombres van a cometer un crimen no para beneficio personal, sino para ayudar a un familiar. No se trata de asesinos profesionales, son seres que tienen dudas, que no saben bien cómo proceder. Solo tienen claro que le deben lealtad a quien antes les ha ayudado. Tras el homicidio empieza otra película: la narración del derrumbe moral y mental de Terry, enajenado por el remordimiento de lo que hizo. Pesadillas, un ataque de pánico, depresión, alcohol y sedantes son la mezcla perfecta para un cataclismo personal que amenaza también arrastrar a Ian y a su tío. “Violamos la ley de Dios” le dice Terry a su hermano, en la única referencia religiosa que pronuncia en medio de su crisis personal, donde ni siquiera se alcanza a presentir una investigación policial que lo acorrale.

A diferencia de los personajes de Crímenes y pecados y de Match Point, este no puede con la carga de la culpa. El crimen le impide volver a su estado natural, ya no tiene inocencia ni paz, y sabe que no puede dar marcha atrás. Solo confesando el asesinato podrá liberarse. Lo que le pedía Cliff a Judah en Crímenes y pecados es lo que Terry va a hacer, entregarse para reestablecer el orden moral, para darle al mundo la señal, con ese acto, de que hay justicia. Pero Ian y Howard no están dispuestos a dejarse hundir con él. Lo que viene entonces es una tragedia de dimensiones griegas.

Sally Hawkins, Ewan McGregor, Hayley Atwell y Colin Farrell en Cassandra`s Dream (2007)

Sally Hawkins, Ewan McGregor, Hayley Atwell y Colin Farrell en Cassandra`s Dream (2007)

El cuarto capítulo de estas variaciones sobre el crimen lo constituye Hombre irracional (Irrational Man, 2015), que nos cuenta de un afamado profesor de filosofía, Abe (interpretado por Joaquin Phoenix), que llega a trabajar en una nueva facultad en medio de un desmoronamiento personal. Nada le importa, ha perdido la alegría de vivir, de enseñar, de producir. Ante sí solo hay un gran vacío. Pero una conversación casual que escucha junto a una alumna en una cafetería parece darle el impulso que necesita para recuperar su impulso vital: ha decidido perpetrar un asesinato para ayudar a que el mundo sea mejor. Se va a deshacer de un hombre corrupto que está a punto de separar a una madre de sus hijos. Abe tiene la capacidad y el poder para hacerlo: “El asesinato es, o debería ser un arte. No una de las siete, quizá, pero un arte de todas maneras. El privilegio de cometerlo se reservaría a unos pocos seres superiores”. Como él.

El solo pensar en la idea lo revitaliza –“el poder de matar puede ser tan satisfactorio como el poder de crear”- y de este modo diseña un plan que ejecuta con toda seguridad, a sabiendas que nadie va a relacionarlo con los hechos. No hay culpa alguna en él, solo el deleite de haber hecho un acto perfecto, por el que incluso acusan a alguien más. Él está “por encima de la moral tradicional. El bien y el mal se crearon para los inferiores, que lo precisan”. No para él. Aunque Woody Allen bautizó su largometraje como un homenaje al libro Irrational Man: A Study In Existential Philosophy de William Barrett, que analizó la obra de cuatro filósofos existencialistas, Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger y Sartre, la verdad es que el antecedente más claro de su filme es cinéfilo: se trata de La soga (Rope, 1948), de Alfred Hitchcock, filme que exploró el uso equivoco de la teoría del Übermensch, del súper hombre de Nietzsche. En esa cinta dos universitarios matan a un compañero al que consideran inferior a ellos, solo por el placer de hacerlo. Aleccionados en los postulados de Nietzsche por un profesor (interpretado por James Stewart) cometen un crimen inmaculado, para vergüenza de su docente que se abochorna de la interpretación que un par de psicópatas le dieron a sus palabras. Es tan claro el nexo que une a la película de Hitchcock con Hombre irracional que todas las frases que he escrito entre comillas en estos dos últimos párrafos son transcripciones literales de parlamentos de La soga.

Joaquin Phoenix y Parker Posey en Hombre irracional (2015)

Joaquin Phoenix y Parker Posey en Hombre irracional (2015)

Abe tendría la suficiente capacidad intelectual para discriminar cuando termina una idea filosófica y cuando empieza un acto que va contra la naturaleza humana y contra la ley, pero Woody Allen lo hace enceguecer y caer en una trampa que le tiende su propio intelecto. A diferencia de sus tres filmes previos mencionados, en Hombre irracional el crimen es descubierto por la alumna y amante de Abe (Emma Stone), añadiendo una vuelta de tuerca adicional a este drama resuelto por Allen –ya lo hemos visto antes- mediante un golpe de suerte, un hecho fortuito que pone las cosas en su sitio.

Concluyo este texto con las palabras de un personaje de Crímenes y pecados. Se trata de un filósofo llamado Louis Levy (interpretado por el psicoanalista y catedrático Martin S. Bergmann) que cierra ese largometraje recordándonos que, pese al pesimismo sobre lo que somos que estos cuatro largometrajes de Woody Allen han expresado, la verdad es que la mayoría de nosotros escoge la senda del respeto hacia sí y hacia el otro: “Todos nos enfrentamos en nuestras vidas con decisiones agonizantes, elecciones morales. Algunas son a gran escala, pero la mayoría de las elecciones son de menor escala. Pero nos definimos según las elecciones que hacemos. De hecho, somos la suma de nuestras decisiones. Los eventos se desarrollan tan impredeciblemente, tan injustamente. La alegría humana no parece haber sido incluida en el diseño de la creación. Somos solo nosotros, con nuestra capacidad para amar, los que le damos sentido al universo indiferente. Y, sin embargo, la mayoría de los seres humanos parecen tener la habilidad de seguir intentando e incluso encontrar alegría en las cosas simples como la familia, su trabajo y en la esperanza que las próximas generaciones quizá entiendan más”.

Publicado en el suplemento “Generación” del periódico El Colombiano (Medellín, 20/09/15), págs. 18-19
©El Colombiano, 2015

Emma Stone y Joaquin Phoenix en Hombre irracional (2015)

Emma Stone y Joaquin Phoenix en Hombre irracional (2015)

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