Eastwood, de perfíl

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A lo largo de su extensa carrera Clint Eastwood ha realizado interesantes biopics. Es hora verlas en conjunto.

“No me pongo a tratar de establecer conexiones entre las películas que he dirigido. Lo que sé, tal como he dicho, es que estoy interesado en el comportamiento obsesivo”, declaraba Clint Eastwood en una entrevista concedida a Michel Ciment para la revista Positif en 1990. El veterano realizador norteamericano había estrenado en esos días su película Cazador blanco, corazón negro (White Hunter, Black Heart), un recuerdo de John Huston y de los acontecimientos que rodearon el ya mítico rodaje de La reina africana (The African Queen, 1951), utilizado por Huston como mera disculpa para ejercer sin cargos de conciencia su afición a la caza mayor. A partir de una novela anecdótica de Peter Viertel –que fue coguionista del filme de Huston- Eastwood hace un homenaje a un director clásico que ahora no pocos comparan con él. Es más, Eastwood interpreta al propio Huston, llamado acá John Wilson, imitando su muy reconocible voz, su puro y su manera de andar. Y por supuesto, su obsesión: la cacería. En realidad una de ellas, pues Huston fue un hombre adicto a las mujeres, al juego, al alcohol y a los viajes.

Eastwood dirige y protagoniza Cazador blanco, corazón negro (1990)

Eastwood dirige y protagoniza Cazador blanco, corazón negro (1990)

No era la primera vez que Clint Eastwood intentaba un perfil biográfico en su cine, ni iba a ser la última. Bird (1988) sorprendió al momento de su estreno pues no se parecía en nada a lo que había hecho hasta entonces. Esta biografía fílmica –biopic es el término acuñado para describir este tipo de cintas- era mucho más seria y documentada que los filmes que venía haciendo, tales como Bronco Billy (1980) o Impacto fulminante (Sudden Impact, 1983). Era una muestra de absoluto respeto y admiración frente a uno de sus ídolos musicales, Charlie Parker, a quien incluso vio tocar alguna vez a mediados de los años cuarenta. El genial y malogrado saxofonista –fallecido a los 34 años- representaba para Eastwood una evolución en su carrera, un salto cualitativo que quizá al principio no fue bien entendido, pero que visto ahora sorprende por reflejar desde ese entonces en lo que su carrera se iba a convertir: sólidos dramas contados con dedicado esmero e inocultable abordaje humanista, beneficiados por un clasicismo formal que ha hecho inconfundibles sus narraciones.

En Bird recurre a los flashbacks, a volver una y otra vez sobre diversos momentos de la compleja vida de un músico dotado de una genialidad que obraba a su vez como una maldición, un don más allá de su control y de sus fuerzas, que le proporcionaba la fama y el dinero para sostener su drogadicción, la misma que le costó la vida. Obsesivo, Charlie Parker (interpretado por Forest Whitaker) recaía siempre en su terrible pesadilla autodestructiva. No hubo nada que hacer, ni el amor de su mujer lo libró de enfrentarse con un destino trágico. Eastwood ve en la contradicción de este personaje –talento ilimitado y voluntad frágil- un filón dramático que le interesa y que va a retomar en sus demás biopics: la complejidad del ser humano, la imposibilidad de reducirlo a un patrón predecible.

Eastwood y Forest Whitaker durante el rodaje de Bird (1986)

Eastwood y Forest Whitaker durante el rodaje de Bird (1988)

Véase por ejemplo el John Huston que nos mostró en Cazador blanco, corazón negro, un director de cine afamado, con una carrera floreciente en Hollywood, que con su primera película –El halcón maltés (The Maltese Falcon, 1941)- obtuvo fama instantánea. Pero Huston hacía todo lo que estuviera a su alcance para fracasar, para echar por la borda cualquier proyecto, abandonando lo que fuera por ir tras una mujer, una juerga, una buena pesca o una aventura en un paraje exótico. La biografía de John Huston está condimentada con ese tipo de sazón irresponsable, pero no hubo mayor anecdotario que el de su viaje a África junto a Humphrey Bogart y Katharine Hepburn para rodar La reina africana, filmada en el Congo Belga, precisamente el país que le concedió el permiso requerido para cazar. Y Huston quería un elefante como trofeo.

Eastwood en Cazador blanco, corazón negro (1990)

La película nos muestra todo el tinglado que Huston armó para llevar a cabo su plan, mientras los actores y todo el equipo técnico lo esperaban en medio de los rigores del clima y las incomodidades de las locaciones. Para Huston los compromisos con el productor Sam Spiegel podían esperar, lo que no podía esperar era su sed de aventura. Eastwood se mete en la epidermis de Huston y lo describe con su encantadora desfachatez que le permitía conseguir lo que fuera. Es obvio que esta versión no es una biografía rigurosa y que hay insertados elementos de ficción (empezando por el cambio de nombre de todos los protagonistas), pero el espíritu del personaje está reflejado con toda propiedad: un hombre más grande que los límites que cualquiera pudo imponerle.

Eastwood juntto a Morgan Freeman y Matt Damon en Invictus (2008)

Eastwood junto a Morgan Freeman y Matt Damon en Invictus (2009)

Curiosamente esta última frase le calza bien a su siguiente biografiado, Nelson Mandela en Invictus (2009). El líder político se aparta un poco de la personalidad que a Eastwood le gusta describir, pero se trató de un proyecto que llegó a sus manos por intermedio de Morgan Freeman, y Eastwood quiso asumirlo como tributo a un hombre al que sin duda admira. No se trata de una biografía integra, solo de un episodio anecdótico que refleja la capacidad de Mandela para unir a su pueblo en un propósito común. La mirada condescendiente que adorna a Invictus quizá tenga que ver con que Mandela es el único de sus personajes retratados que aún estaba vivo al momento del estreno del filme.

Rodaje de J. Edgar (2011)

Pocos años pasaron para llegar a J. Edgar (2011), la versión de la vida del fundador del FBI, J. Edgar Hoover, que fue ignorada absurdamente por la Academia de Hollywood pese a la excelente caracterización de Leonardo Di Caprio. De nuevo se trata de un personaje obsesivo y contradictorio -típico material humano que le encanta enseñarnos- pero que toma cuerpo aquí en un ser que no era exactamente un ídolo sino una figura pública atemorizadora y radical, que hizo del poder la tapadera perfecta de sus excesos y escándalos privados. Mesurado, Eastwood no lo condena, simplemente nos revela, a través del guion del polémico Dustin Lance Black, aspectos de su vida que Hoover guardó celosamente y que lo hicieron a los ojos de este director un personaje fascinante, la difícil mezcla de ángel/demonio y genio/insensato que tanto le gusta mostrarnos. Y a nosotros ver, sobre todo cuando proviene de un señor director como Mr. Eastwood.

Publicado en el suplemento “Generación” del periódico El Colombiano. Medellín, 04/03/12. Págs. 12-13
©El Colombiano, 2012

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