El temple de los Coen: Temple de acero, de Joel & Ethan Coen

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Es comprensible la desconfianza de los espectadores frente a Temple de acero (True Grit, 2010), no solo por tratarse de un western –género que entre nosotros no goza de aceptación- sino sobre todo por ser una película dirigida por Joel & Ethan Coen. En sus 27 años como realizadores han hecho un cine muy personal, demasiado irónico y paródico para el gusto de quienes prefieren historias menos artificiales y unos personajes menos caricaturescos que los que ellos suelen dibujar.

Cuando no están exhibiéndose ni realizando algún filme autocomplaciente, hay que reconocer que los Coen hacen buen cine, por lo general revisando y retorciendo a su modo algún género fílmico: el cine negro, el thriller, la screwball comedy o las comedias inglesas de la Ealing. Por eso un western de los Coen suena a combinación difícil y a resultado oscuro, sarcástico e inesperado. Por eso también la sorpresa ha sido enorme y muy satisfactoria: Temple de acero es una película adosada a los cánones clásicos del género y a la novela que le da origen, publicada por Charles Portis en 1968.

De ese texto ya se había hecho un filme, con la actuación de John Wayne y la dirección de Henry Hathaway, producido por Hal. B. Wallis para la Paramount en 1969. Los Coen aseguran no estar haciendo un remake y que nada le deben a la película de Hathaway, que lo suyo es ante todo una adaptación fiel a la obra de Portis. Además pretender meterse en los zapatos de John Wayne no es fácil, considerando además que por True Grit ganó el único Oscar de su carrera. Era mejor poner distancia entre ambas versiones.

Y los Coen lo consiguen, mostrando el temple que sabemos que tienen. El guion que escribieron y plasmaron es un ejercicio de estilo, pero ante todo de pureza. El formalismo habitual de su obra se transforma acá en unas imágenes de ruda belleza que respetan la atmósfera de la época, pero le dan un brillo contemporáneo y profesional. La historia de una decidida joven de 14 años (Hailee Steinfeld, una asombrosa debutante) que contrata a un tosco alguacil para que ambos persigan y capturen al asesino de su padre, tiene el eco mítico de los westerns de Ford, la camaradería obligada de los filmes de Hawks y la conciencia de road movie de las cintas de Mann, sin que deje de ser un filme de los hermanos Coen y por ende violento, indómito e impredecible.

Miren a Jeff Bridges interpretando al marshall Cogburn: los Coen están reflejados ahí, habitando triunfales ese embriagado espíritu de acero.

Publicado en el periódico El Tiempo (Bogotá, 17/02/11). Pág. 16
©Casa Editorial El Tiempo, 2011

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