Es tiempo de morir: Blade Runner, de Ridley Scott

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“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora: tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar y tiempo de sanar; tiempo de destruir y tiempo de construir”.
– Eclesiastés 3:1-3

Imaginemos una película de cine negro: un duro detective retirado, renuente a volver a la acción, es obligado por sus superiores a aceptar un trabajo final en el que debe liquidar a unos inmigrantes ilegales que han entrado violentamente a la ciudad. No se desea atemorizar a la población, por eso se requiere un trabajo rápido y limpio. Nuestro detective solitario -gabán permanente y pocas palabras- acepta y empieza su misión con las dudosas pistas que posee: una dirección de un hotel, unas fotos olvidadas en un escaparate, una escama de serpiente. Poco a poco va cerrando el círculo sobre los ilegales, a lo que va liquidando no sin cierta dificultad. De una mujer que le salva la vida se enamora, pero aparentemente ella es una de las que debe capturar. Al final los vemos huir a ambos. Ya son renegados, alguien más los perseguirá tarde o temprano.

Blade Runner (1982)

Parece un guion de Jules Furthman sobre una novela de Dashiell Hammett, para ser protagonizado por Bogart, Dick Powell e Ida Lupino bajo la dirección de Howard Hawks. Pero no, nada de esto. A menos que Hammett o Raymond Chandler se hubieran dedicado a escribir textos de ciencia ficción, lo que acabamos de describir es el argumento de una película futurista, ambientada en Los Ángeles en noviembre de 2019, y que se llama Blade Runner (1982). El filme, que rinde homenaje al cine negro hecho en Hollywood entre los años cuarenta y cincuenta, es un clásico por derecho propio. Tanto que no sólo hace parte ya del National Film Registry de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, sino que además en agosto de 2004, un grupo de sesenta de los más prominentes hombres de ciencia encuestados por el periódico londinense The Guardian -tales como Richard Dawkins, Stephen Minger y Steven Pinker- la eligió como la mejor película de ciencia ficción de todos los tiempos, por encima incluso de 2001: Odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968).

Blade Runner (1982)

Cuando una película deja de estar en manos de los cinéfilos y empieza a ser admirada por los científicos debe tratarse de una obra que refleja con mucha precisión lo que puede ser un porvenir posible. El director Ridley Scott y sus guionistas Hampton Fancher y David Peoples, -basados en la novela de Philip K. Dick, Do Androids Dream of Electric Sheep?, publicada en 1968- crearon una alegoría pesimista del futuro en la que el hombre, y no la tecnología, tiene el papel protagónico. No son aquí los robots y las naves espaciales los protagonistas: sigue siendo el hombre y sus circunstancias el lazo común entre el presente y el futuro, entre las historias de ayer, hoy y mañana. Por eso Blade Runner puede leerse como un tributo al cine negro, porque su historia todavía es posible imaginarla filmada en 1946 sin que pierda sentido. La película no depende del tiempo en que está ambientada, depende de los seres humanos que habiten ese tiempo.

Blade Runner (1982)

En el mundo de Blade Runner la ingeniería genética ha llevado a la creación de los “replicantes”, sucedáneos de los seres humanos en las colonias espaciales, encargados de la mano de obra y los trabajos más duros. No son exactamente robots, son una especie de humanoides dotados de más agilidad y fuerza. No tienen sentimientos, pero algunos ya tienen la capacidad de aprender a sentirlos, tanto los sentimientos positivos como los negativos. Incluso a otros se les han insertado recuerdos de infancia y familia: un pasado que añorar. Podrían ser inmortales, lo cual es potencialmente peligroso, por lo que se les dio un periodo de vida de cuatro años, luego del cual se desactivan y de alguna manera “mueren”. Tras una violenta insubordinación ocurrida hace un tiempo, los replicantes fueron expulsados de la tierra y confinados a las colonias espaciales. Para impedir su presencia entre nosotros se creó una división policial especial, los “blade runners”, encargados de descubrir y matar a todo replicante que encontraban. Rick Deckard, un blade runner retirado (interpretado por Harrison Ford), es llamando a capturar a un grupo de replicantes de última generación que ingresaron a la tierra. Ya uno de ellos fue eliminado, quedan cuatro por descubrir y matar. El resto de la película será el desarrollo de esa misión.

Blade Runner (1982)

Reducir Blade Runner a un juego de policías y criminales es negarse a captar la sustancia real del filme, ignorar sus sutilezas, prescindir de cualquier reflexión. Los replicantes saben que sus existencias tienen caducidad y buscan a su creador -un hombre, cabeza de la corporación privada que les dio origen- tratando de prolongar su existencia, de impedir que la muerte llegue. Cara a cara con su Dios y padre lo confrontan desesperados: a eso han venido a la tierra, por eso se han expuesto a ser perseguidos, para buscar respuestas a sus inquietudes existenciales. ¿Qué son? ¿Por qué y para qué están vivos? ¿Es esto estar vivo? Pero no las encuentran, su Dios es falible: la muerte también lo supera a él. Están solos, no tienen una imagen trascendente en quien confiar, a quien apegarse en estos momentos. Son sólo carne, no hay un alma o una presunción de ella a la que se aferre la esperanza de una vida más allá de la que tienen. Solamente les queda aprovechar los días que les quedan, si acaso el blade runner que los persigue lo permite. Liquidarlo a él es, entonces, cuestión de supervivencia.

Blade Runner (1982)

Los creadores del filme anticipaban un siglo XXI poco radiante, en el que la superpoblación ha obligado al establecimiento de colonias espaciales y en el que la contaminación alteró el clima, opacando la luz del sol y haciendo que llueva permanentemente. El influjo oriental se ha tomado a Estados Unidos, que parecen -por lo menos Los Ángeles- vivir en una claustrofóbica Chinatown, que se combina con una arquitectura decadente, de rascacielos interminables y edificios góticos y art-déco, entre los que vuelan pequeñas naves espaciales que han reemplazado a los automóviles. Se palpa la aglomeración, la anarquía, el desorden que impera en estas urbes hipertecnificadas, donde –curiosamente- todo el mundo está solo. Ridley Scott deseaba que la película plasmara el ambiente de la pintura de Edward Hooper, Nighthawks: la esquina oscura, la sensación de soledad, los personajes fuera de su tiempo, sentados en ese bar a una hora indefinible de la noche. Queriendo hacer más sombría la atmósfera retratada en esta puesta en escena, toda la acción transcurre de noche, mientras una perenne llovizna azota el asfalto, conseguida mediante siete aparatos de riego suspendidos veinte pies por encima del plató, lo que convertía en pantano el piso y complicaba la filmación, pero la hacía a la vez más realista.

Blade Runner (1982)

Ridley Scott había concebido inicialmente su metrópolis futurista como la fusión de dos grandes ciudades, una de las cuales iba a ser Nueva York. Se buscaron locaciones reales en esa ciudad, en Boston, Atlanta y Londres, pero por dificultades logísticas insalvables fue imposible filmar en escenarios reales. En septiembre de 1980 se concluyó que había que filmar en el lote de un estudio y recrear allí la ciudad en la que tenía lugar el filme, lo que llevó a la edificación de uno de los platós más enormes jamás erigidos en exteriores, localizado en lo que se conocía como Old New York Street, en los estudios Burbank, una construcción prediseñada de aproximadamente ocho cuadras de edificios, en la se habían rodado filmes clásicos como El halcón maltés (The Maltese Falcon, 1941).

El 9 de marzo de 1981 empezaría el rodaje, que discurría desde la media tarde hasta las cinco o seis de la mañana. El sitio fue apodado “Ridleyville” y se adaptó con toda suerte de fachadas artificiales, papel, plástico, poliuretano y luces de neón para ocultar su aspecto real y asemejarla a partes de Hong Kong, Nueva York, el distrito Ginza de Tokio, el londinense Picadilly Circus y el área de negocios de Milán. Todo estaba diseñado con extremo detalle: los autos, las señales de las calles, los parquímetros, las sillas, los cuadros y ni hablar de los aparatos inexistentes en los años ochenta, como el VidPhon, amalgama de teléfono y televisión. Incluso había letreros, símbolos y hasta revistas completas imposibles de leer en la pantalla, que Ridley Scott mandó a hacer en aras de la autenticidad.

Blade Runner (1982)

Para desafiar la oscuridad reinante, el filme se llenó de fuentes externas de luz, de haces luminosos que penetran todo espacio y toda hendija posible. Esos rayos parecen tener sustancia y volumen, un cuerpo azul que sintiera curiosidad permanente por los objetos y quisiera tenerlos cerca, tocarlos acaso. El neón que se multiplica en las calles les da origen y justificación. Una especie de enorme globo aerostático, mezclado con nave espacial, llena de luces todos los ámbitos, mientras sirve de vitrina publicitaria móvil y de involuntaria fuente de los claroscuros y sombras que abundan en el filme. La publicidad parece invadir cada pared disponible y, en un extraño y paradójico contraste, muchas de las empresas reales que pautaron en la película, para así verse en el siglo XXI, ya son historia o fueron reestructuradas por sus enormes pérdidas económicas, como Pan-Am, Atari, Cusinart, TDK o Toshiba.

Blade Runner (1982)

El rodaje no fue sencillo debido a las múltiples fricciones entre los miembros del equipo técnico, el director, los productores y los actores, lo que convirtió el rodaje en una pesadilla, tanto que el filme fue llamado sarcásticamente “Blood Runner” por algunos de los que participaron en la filmación. Se llegó incluso a especular que Ridley Scott y el productor Michael Deeley habían sido despedidos de la película. El director repetía las tomas quince y vente veces hasta quedar satisfecho, lo que aumentaba tremendamente los costos del rodaje y causaba inconformidad entre los productores asociados, miembros de la compañía Tandem. Al terminar la fotografía principal en julio, Scott y Deeley en realidad sí fueron despedidos, pero se trató más de un formalismo, de acatar unos reglamentos que indicaban que eso iba a pasar si se superaba el presupuesto y el calendario. Ambos siguieron en el filme, pero se desató una tremenda lucha de poderes por el control de la película.

Si tal ambiente de tensión no fuese suficiente, había también problemas entre el director y Harrison Ford. El actor no se sentía cómodo en el filme, pues Scott no ha sido nunca un director de actores, un hombre preocupado por relacionarse a nivel emocional con el personal a su cargo, o de por lo menos explicarle sus intenciones al filmar. El actor sentía que se estaba desperdiciando en un papel estático, que poco tenía que ver con su concepto de la labor de un detective. Ford tampoco se llevó bien con Sean Young, su coprotagonista, al parecer por un conflicto de personalidades. Todo esto contribuyó a que la atmósfera durante la filmación fuera irrespirable para todos, tensión que –sin embargo- no se reflejó en el resultado final del filme, lo que habla el profesionalismo de todos los involucrados en él, como si supieran que -a pesar de todo- estaban haciendo historia.

Blade Runner (1982)

El 25 de junio de 1982 Blade Runner se estrenó en 1290 salas de cine en Estados Unidos. La crítica se polarizó en contra de ella, pues al parecer su narrativa elíptica y su complejidad temática confundieron a todos. La voz en off de Harrison Ford y el final feliz que se le impuso al director fueron los flancos débiles que los críticos más atacaron. En su primer fin de semana la película consiguió más de seis millones de dólares en taquillas, pero rápidamente la gente dejó de acompañarla en los teatros, seducida por otra historia de ciencia ficción, pero mucho más optimista: E.T., el extraterrestre, estrenada en la misma temporada, aunque seis semanas antes. Esto, sumado al tono triste del filme, y a la defraudada expectativa de la presencia de un actor como Harrison Ford, que había hecho La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977) y Cazadores del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981), y que ahora interpretaba a un héroe taciturno y meditativo, hizo que el público le diera la espalda al filme. Sólo catorce millones consiguió en su temporada de estreno, lo que no logró compensar los veintiocho millones que costó el rodaje.

Blade Runner (1982)

Pero el largometraje se quedó en la conciencia del público. Lentamente fue adquiriendo un estatus de culto, otorgado por una minoría inicial de aficionados que vieron desde un principio que la cinta era más de lo que aparentaba. Además rápidamente se distribuyó en cable y en 1983 apareció en video, lo que le trajo una nueva cosecha de espectadores, ahora con la posibilidad de verlo una y otra vez. El filme se convirtió luego en material de estudio, en centro de foros, polémicas y discusiones que iban de lo puramente fílmico, a lo tecnológico y a lo filosófico. Su estilo visual se empezó a imitar en videos musicales, escenografías de conciertos y otros filmes de ciencia ficción. Incluso inspiró el movimiento artístico y literario conocido como cyberpunk.

Harrison Ford y Ridley Scott durante el rodaje de Blade Runner (1982)

Una copia de trabajo (workprint) en 70 mm, llena de cambios que no se vieron en la versión teatral original, incluido un final ambiguo y menos complaciente, se exhibió en 1990 para curiosidad de todos. Ridley Scott también la vio y fue la génesis de la “director´s cut” que se exhibiría ampliamente en 1992, que carecía de la voz en off, tenía el final de la copia de trabajo e incluía una secuencia onírica con un unicornio, que ha ayudado a difundir la idea de que Deckard también es un replicante, situación que el director ni afirma ni descarta, pero que hace parte del hermoso misterio de un filme mítico, que –a diferencia de los replicantes- no parece tener fecha de caducidad.

Publicado en el suplemento “Generación” del periódico El Colombiano (Medellín, 25/06/17), págs. 4-6
©El Colombiano, 2017

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