Katharine Hepburn: Ella sabía enamorarlos

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Es Cary Grant el que habla, interpretando a un paleontólogo, en Bringing Up Baby: “Ahora bien, no es que no me gustes, Susan, porque después de todo, en momentos de tranquilidad me siento extrañamente atraído hacia ti, pero, bueno, no ha habido momentos de tranquilidad”. ¿Quién será Susan? ¿Por qué causa tanta intranquilidad? ¿Qué actriz podría haberle dado vida? Sólo hay una respuesta posible: Susan fue interpretada por Katharine Hepburn, en un papel que casi define lo que fue su personalidad fílmica: agitada, sofocada, veloz, incapaz de una tregua verbal o física. Echando por la borda años de pasividad fílmica en pantalla, lo suyo fue una inesperada revolución femenina que se apuntaló en una personalidad férrea, como la que ella poseía, y que pasó de la vida real al cine casi sin cambios.

En su caso no fue la actriz la que se acomodó a los papeles: fueron los roles que le ofrecieron los que tuvieron que adaptarse a su imbatible libertad, a su independencia y temple. Por eso parece ser siempre la misma en sus películas, un prototipo de mujer que era inédito en el cine y que causó escozor y revuelo, pero también instantánea simpatía entre aquellas que encontraban que por fin, desde el celuloide, alguien parecía dispuesta a emanciparse, burlándose de frente de una masculinidad que ella advertía frágil, en una época en la que se suponía -como lo expresa uno de los personajes de uno de sus filmes más famosos, La mujer del año– que “Las mujeres deben mantenerse ignorantes y limpias, como los canarios”. Pero esa no era Kate, símbolo temprano de la igualdad de géneros, creadora de tendencias, señaladora de caminos por recorrer. “No se parecía a los años treinta, sino a sí misma. Luego las mujeres empezaron a imitarla, y la década se pareció ella”, dijo en alguna oportunidad George Cukor, quién la dirigió en The Philadelphia Story.

Katharine Hepburn

Katharine Hepburn

Nunca la guerra de los sexos tuvo un ganador tan claro como cuando Kate Hepburn se enfrentaba a un contendor, llámese Cary Grant, James Stewart, Bogart o Spencer Tracy, invitados incómodos a una batalla donde sólo era posible que uno sobreviviera. Su táctica era sorprenderlos y confundirlos con su aplomo y con la velocidad de sus palabras y, una vez sumidos en la perplejidad, despojarlos de todas sus certezas, de su masculinidad, de cualquier atisbo de integridad. No siempre quería con esto demostrar que ella era mejor en todos los campos, a veces lo que pretendía con tal despliegue de fuerza era –curiosamente- enamorarlos. ¿Al final se impusieron su estilo y su belleza poco clásica, de figura delgada y rostro anguloso? ¿O el público y la crítica prefirieron las curvas y la sensualidad explícita de otras divas a la personalidad e inteligencia de esta mujer altiva? La respuesta la dio el American Film Institute, cuando en 1999 convocó a más de 1800 líderes de la comunidad fílmica para que eligieran a las más grandes leyendas del cine norteamericano, seleccionadas entre una lista de 500 actores y actrices. ¿La número 1 de tan honrosa lista? Katharine Hepburn. Mencionemos, como de reojo, que la Academia de Hollywood la nominó doce veces a mejor actriz principal, ganando en cuatro oportunidades el Oscar en esta categoría.

Katharine Hepburn

Katharine Hepburn

Había nacido el 12 de mayo de 1907 en Hartford, Connecticut, segunda hija del matrimonio de un urólogo y una activista por los derechos de la mujer. Miembro de una familia adinerada y liberal, Kate tuvo una educación privada y los privilegios de su clase. “Mamá y papá fueron los padres perfectos. Nos criaron con una gran sensación de libertad. No habían reglas”, escribe en su autobiografía Me: Stories of My Life. Interesada por la física, entra al Bryn Mawr College de Filadelfia, alma mater de su madre, y es allí donde empezó a interpretar pequeños roles en las escenificaciones teatrales universitarias. Egresa en 1928 y de inmediato se contacta con un grupo teatral en Baltimore. De ahí a las prácticas de vocalización y dicción con Frances Robinson-Dune en Nueva York sólo hay un paso. En la ciudad se vincula a obras menores padeciendo algunos altibajos propios de su inexperiencia. Su actuación en The Warrior´s Husband obtuvo buena crítica y llamó la atención de Merian C. Cooper, productor ejecutivo de la RKO. David O Selznick no tardó entonces en ofrecerle un contrato y aunque Kate exigió la exorbitante suma de mil quinientos dólares a la semana, fue contrata. La actriz viajó a California en tren para filmar su opera prima A Bill of Divorcement (1932), a las órdenes de George Cukor. Con su tercer filme, Morning Glory (1933), ganaría su primer Oscar. Tenía apenas 26 años.

Douglas Fairbanks Jr. y Hepburn en Morning Glory (1933).

Douglas Fairbanks Jr. y Hepburn en Morning Glory (1933).

El éxito parecía perseguirla, como lo muestran Mujercitas (1933), Alice Adams (1935) y Sylvia Scarlett (1935), su primer filme junto a Cary Grant. Sin embargo, la naciente trayectoria de la actriz no prosperó mucho a partir de ese punto. Hizo una seguidilla de fiascos para la RKO (uno de ellos fue Mary of Scotland, filme que dirigió John Ford, un hombre quién nunca le ocultó su amor) y se refugió en el teatro, en una versión de Jane Eyre que recorría varias ciudades. Pero su carrera en el cine no se iba a terminar tan pronto, sobre todo si contaba con los favores de Howard Hughes -otro de sus amores- quien la había seguido en su avión privado a lo largo del periplo teatral y deseaba que la RKO la utilizara de nuevo, tal como iba a ocurrir. El fracaso de Bringing Up Baby (1938), considerada hoy un clásico absoluto de la comedia, confirmó lo que todo mundo pensaba: que Kate era “el veneno de las taquillas”. El teatro la acogería de nuevo, para estelarizar allí The Philadelphia Story. El éxito en las tablas le animó a comprar los derechos de la obra y llevarla al cine a su antojo. La película –coprotagonizada por Cary Grant y James Stewart- volvería a ponerla en la cima.

Cary Grant, Katharine Hepburn y James Stewart en The Philadelphia Story (1940)

Cary Grant, Katharine Hepburn y James Stewart en The Philadelphia Story (1940)

En 1941 ofrece a la MGM el guion de La mujer del año, a condición de que la película fuera protagonizada por Spencer Tracy, un actor que no conocía, pero cuya trayectoria admiraba. Los presentaría el productor del filme, el gran Joseph Leo Mankiewicz. Durante ese primer encuentro Katharine le dijo: “Me parece, señor Tracy, que usted es demasiado bajito para mí”. A lo que Mankiewicz replicó: “No te preocupes, Kate, Spencer te humillará hasta rebajarte a su altura”. A pesar de las proféticas palabras, estarían juntos a lo largo de nueve películas y veinticinco años de vida. Como pareja harían -entre otras- Without Love (1945), La costilla de Adán (1949), Pat and Mike (1952) y Adivina quien viene esta noche (1967). Nunca se casaron –ambos tenían un matrimonio a cuestas-, pero se hicieron inseparables, a pesar de los golpes del alcoholismo y el comportamiento autodestructivo del actor, que tanto la hicieron sufrir. Spencer Tracy la humillaba en público, le hacía permanentes reclamos y aunque ella se alejaba por períodos, siempre regresaba para salvarlo de él mismo. El actor moriría entre sus brazos en 1967.

Spencer Tracy y Katharine Hepburn en una foto promocional

Spencer Tracy y Katharine Hepburn en una foto promocional de Woman of the Year (1941)

En 1951, a las órdenes de John Huston, coincidiría con otra de las más mayores estrellas de Hollywood, Humphrey Bogart, en la que sería su única película juntos, La reina Africana. Era fácil suponer que las personalidades díscolas de Huston y Bogart terminarían por impacientar a la actriz, quién escribió un libro relatando la experiencia. Aunque el título del texto, The making of The African Queen, or, How I Went to Africa with Bogart, Bacall, and Huston and almost lost my mind (El rodaje de la reina africana o de cómo fui al África con Bogart, Bacall y Huston y casi pierdo la cabeza), hace suponer que todo fue un caos, la verdad es que Kate rememora con cariño esos días en el Congo y en Uganda, adobados por los desplantes del director, más interesado en la caza mayor que en el rodaje del filme. Recordando que sólo él y Bogart fueron los únicos del equipo del rodaje que no sufrieron una infección intestinal, escribe que “esos dos cobardes indisciplinados se habían forrado por dentro con tanto alcohol que ningún bicho podía vivir en esa atmósfera”. A partir de este punto de su carrera empezaría a interpretar a mujeres excéntricas, solteronas o de intenciones poco diáfanas, tal como se ve en Summertime (1955), The Rainmaker (1956), De repente el verano (1959) y Viaje de un largo día hacia la noche (1962).

Humphrey Bogart y Katharine Hepburn en The African Queen (1951)

Humphrey Bogart y Katharine Hepburn en The African Queen (1951)

Nunca se detuvo. La edad madura le permitió seguir trabajando en el teatro, en la televisión, le dio tres Oscares adicionales (uno por su espectacular rol de Eleonor en León en invierno) y la oportunidad de vivir hasta los 96 años, cuando fallece en Fenwick, su casa familiar en Connecticut. La gran dama se había ido, pero su legado estaba ahí para quedarse con nosotros. Que sean sus propias palabras la que la despidan a ella y a este texto: “Es extraño ser un actor de cine. El producto sale -es popular o impopular, o algo a mitad de camino. Y siempre es para mí una parte real de mí misma. Quiero decir que representa mi propia decisión de hacerlo: ¿Fui sabia? ¿Fui tonta? Nunca he tratado de hacer algo sólo por dinero. Lo hago porqué amo la idea y los personajes. Y es grandioso cuando a la gente les gusta y los hacen suyos. Esa es la recompensa real”.

Publicado en la revista Arcadia no. 19 (Bogotá, abril/07), p. 22-23
©Publicaciones Semana, S.A.

Katharine Hepburn, 1907-2003

Katharine Hepburn, 1907-2003

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