Deseos perversos: La doncella, de Park Chan-wook

1358
0
Compartir:

Mientras desviste cuidadosamente a Lady Hideko, su doncella Tamako piensa: “Las damas en verdad son las muñecas de las criadas. Todos estos botones están aquí para mi diversión. Si desabotono todo y tiro de los cordones, esas dulces cosas que hay dentro, esas dulces y suaves cosas… Si aún fuera ladrona, metería la mano…”. Mientras escuchamos esas palabras en off, la cámara nos está mostrando corsés que se van desabrochando, lazos que se aflojan, botones que se liberan, cintas, encajes, bordados, lencería de poderosa belleza y sensualidad. En un momento dado intercambian roles, y es ahora la dama la que desviste a su criada, en un juego que establece el tono erótico de este brillante filme del coreano Park Chan-wook.

Estaremos inmersos en una historia aparentemente sencilla y muchas veces contada en el cine: un plan para quitarle su dinero a alguien mediante un engaño. Pero en el fondo las que dominan esta historia son la lujuria, el placer sexual y el deseo, impregnado todo por una atmósfera absolutamente perversa. Park Chan-wook utiliza muchos medios para hacernos participe de esas sensaciones: cuerpos, actos, objetos, lecturas, dibujos, texturas, movimientos, anhelos, miradas explicitas o subrepticias. Durante la proyección de La doncella (Ah-ga-ssi, 2016) la pantalla literalmente se electrifica y nosotros con ella.

La doncella (Ah-ga-ssi, 2016)

Valga ahora dar una explicación técnica. En términos de lenguaje audiovisual, el rango narrativo se refiere a la cantidad de información que una película nos ofrezca: así podemos saber más que los personajes (narración irrestricta), tanto como los personajes o menos que ellos. Mientras más restringido sea el rango narrativo tendremos más posibilidades de llegar al suspenso o a la sorpresa al irse revelando cosas que lo protagonistas sabían y nosotros no. La doncella se apoya dramáticamente en la estrechez de su rango narrativo. Por eso revelar detalles argumentales es atrevido e injusto con el espectador.

Basta decir entonces que esta historia, ambientada en Corea en los años de la ocupación japonesa durante la primera mitad el siglo XX, está estructurada en tres actos: en el primero creemos estar viendo una historia lineal, el desarrollo del mencionado plan criminal. De repente uno de los personajes nos hace una revelación, una dirigida a nosotros sobre su verdadera identidad y personalidad, pero excepto por esto, pensamos que todo transcurre tal como vemos en la pantalla. El tercer acto es la continuación lineal del primero, pero ahora tenemos una enorme cantidad de información que nos proveyó el segundo acto, que cronológicamente está antes y superpuesto al primero, cerrando brechas del relato. Es posible que esto suene confuso, pero es una decisión narrativa para hacernos descubrir lentamente lo que ocurre en realidad y ayudarnos a entender que el engaño tiene múltiples aristas y que nos incluye como espectadores.

La doncella (Ah-ga-ssi, 2016)

Pero que la estructura narrativa no nos distraiga: La doncella está hecha para los sentidos. Nuestros ojos voyeristas ven cuerpos que se descubren y se excitan; nuestros oídos escuchan historias lascivas; en la pantalla hay bocas que besan, lenguas que acarician y lamen; dedos que exploran texturas y palpan cavidades; pieles que son desvestidas, tocadas, palmoteadas, heridas. La sutileza de la sensualidad oriental, pero llevada más allá, más lejos incluso que lo que hizo Ang Lee en Lujuria y traición (Se, jie, 2007), pues aquí el erotismo no es un recurso impuesto, sino el marco general de un relato bochornosamente sensual y formalmente exquisito, donde hay espacio para el deseo mutuo, para el descubrimiento de la sexualidad, para el sadomasoquismo (hay un personaje digno del universo de David Lynch), para la lujuria de puertas para adentro, para la imaginación retorcida.

Lady Hideko (la actriz coreana Kim Min-hee) y su doncella Tamako, también conocida como Sook-Hee (Kim Tae-ri) son dos lados de un triángulo -amoroso y de engaños- inicialmente equilátero que se desequilibró, sencillamente porque el deseo entró a jugar. Y un peor rival que ese no hay. Lo sé yo. Ustedes también.

Compartir: