La rueda de la maravilla, de Woody Allen

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“Allen lleva en las venas el veneno del teatro, un veneno que, como dice Lope en otro contexto, quien lo probó lo sabe”
-Natalio Grueso

“Adoro el teatro, me gusta escribir para la escena”, le responde Woody Allen a una pregunta de Jean-Michel Frodon en el libro Conversaciones con Woody Allen. Admirador de la obra de Tennessee Williams, Eugene O’Neill, Antón Chéjov, Henrik Ibsen y otros dramaturgos, Allen ha escrito y dirigido obras de teatro y algunos de sus filmes son dramas dignos de un escenario: Interiores (Interiors, 1978), Septiembre (September, 1987) o Sombras y niebla (Shadows and Fog, 1991). La rueda de la maravilla (Wonder Wheel, 2017) no solo se une a este grupo, sino que además Woody Allen la dotó explícitamente de una puesta en escena y de un lenguaje narrativo típicamente teatrales.

Ambientada en Coney Island en los años 1950, la película tiene un narrador personaje, Mickey Rubin (Justin Timberlake) que oficia de salvavidas en la playa, pero que estudia una maestría en teatro europeo en la Universidad de Nueva York. Su aspiración es convertirse en dramaturgo y él nos conduce por este relato –que también es el suyo- como si este fuera una obra teatral, resaltando los elementos dramáticos que constituyen su centro.

La rueda de la maravilla (Wonder Wheel, 2017)

La trama es tan sencilla como intensos los sentimientos implicados: Ginny (Kate Winslet) es una actriz que debió resignarse a ser mesera en un restaurante de ostras y a vivir con Humpty (Jim Belushi), el operador el carrusel del parque de atracciones de la isla. Ambos viven en un apartamento situado detrás de la enorme y luminosa noria, que comparten con el hijo de Ginny, un niño con serios problemas de conducta. Allá llega la hija de Humpty, Carolina (Juno Temple), huyendo de su marido mafioso. Que ambas mujeres lleguen a conocer a Mickey “enciende” el drama de esta historia.

Quiero detenerme en la primera escena en que aparece Humpty, que llega de pesca para descubrir que Ginny ha llevado a Caroline a su apartamento, después de cinco años de separación, tras haberse unido con el mafioso y no haber proseguido sus estudios. El espacio, la planificación, el movimiento de la cámara, la entonación de los tres actores, el tipo de diálogo: todo es por completo teatral. No es casual, es adrede. Woody Allen está homenajeando a su manera a sus héroes del teatro americano.

La rueda de la maravilla (Wonder Wheel, 2017)

Excluyan las escenas en exteriores –el manejo cromático que les da Vittorio Storaro es arrobador en su saturación- y cada vez que entremos al apartamento de Humpty y Ginny nos sentiremos en el teatro, hasta llegar al clímax de esta narración cuando Ginny, alucinada por el licor y por la fuerza de los hechos en los que ha sido partícipe, parece transformarse en la Blanche DuBois que Vivien Leigh interpretó en Un tranvía llamado deseo (A Streetcar Named Desire, 1951), que es Tennessee Williams en las manos de Elia Kazan. La actuación de Kate Winslet en este segmento es absolutamente memorable.

La rueda de la maravilla es una vuelta de tuerca más que Woody Allen da a sus temas recurrentes: decisiones erráticas, crisis existenciales, fragilidad ante el deseo que nos ciega, culpa versus egoísmo, dependencia del azar. “Entender los senderos del corazón es captar la maldad o ineptitud de los dioses, que en sus torpes esfuerzos por crear un suplente impecable, han dejado a la humanidad aturdida e incompleta”, nos dice el coro griego que sirve de narrador en Poderosa Afrodita (Mighty Aphrodite, 1995), una frase que Mickey hubiera acogido con gusto para este relato.

La rueda de la maravilla (Wonder Wheel, 2017)

A estas alturas de su vida y de su filmografía, Allen no es un renovador, sino por un autor que optó por reelaborar el material que ha sido la fuente de su obra, buscando otras lecturas y otros abordajes. Por eso La rueda de la maravilla se ve y suena conocida: proviene de un autor que viene planeando, concibiendo y afinando sus mismos elementos hace años. A veces el resultado del proceso es óptimo, a veces no tanto, pero siempre será fiel a la materia prima que le dio origen. Él ya no juega con fuego, ya sabe de los peligros de las llamas. Lo han quemado antes.

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