Lady Bird, de Greta Gerwig

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Greta Gerwig nació en Sacramento, California, el 4 de agosto de 1983. Hija de Christine y Gordon, asistió a la secundaria femenina St. Francis en su ciudad natal y de ahí partió para Nueva York a estudiar al Barnard College, donde se graduó en inglés y filosofía. No fue admitida a una maestría a la que aspiraba en escritura de guiones y terminó convertida en actriz vinculada al cine independiente.

Si ya vieron Lady Bird (2017) sabrán que el resumen biográfico que acabo de hacer revela que la protagonista real del filme es Greta Gerwig, su guionista y directora, pues la base de la historia que ahí se nos relata es la suya, en la época en que estaba finalizando la secundaria y buscaba irse de Sacramento a estudiar en Nueva York.

Lady Bird (2017), de Greta Gerwig

No se puso ella misma a interpretarse en la pantalla sino que buscó a una actriz joven que pudiera aún verse de 17 años y la encontró en Saoirse Ronan, un alter ego perfecto en términos de representación de la rebeldía e inconformidad juveniles. Pero la Christine “Lady Bird” McPherson que Saoirse interpreta no está exactamente en guerra con la autoridad escolar y familiar sino con su propia existencia: no quiere conformarse, no quiere tener la vida de sus padres, no quiere resignarse a la seguridad –pero también a la mediocridad- que le ofrece Sacramento. Tiene sueños demasiado grandes, tiene el corazón esperanzado. Lo que no tiene es dinero, ni una casa grande y suntuosa de la cual presumir, ni unos padres cultos y boyantes, ni la suficiente experiencia vital para saber con claridad qué hacer.

Lady Bird es una comedia, pero lo es no porque sea graciosa intrínsecamente o porque busque afanosamente la risa del espectador, sino porque supo representar con precisión lo que somos a los 17 años: una mezcla de anhelos, inseguridades, falsas pretensiones, preguntas, confusiones y ganas de ser aceptados tengamos lo que tengamos que hacer –mentir, jactarnos falsamente de lo que no somos ni sabemos- para lograrlo. La risa surge al reconocernos, al saber que fuimos así de absurdos, que así nos comportábamos, que la historia se repite en otro cuerpo y en otra geografía, pero que en el fondo las cosas no han cambiado en lo fundamental.

Lady Bird (2017), de Greta Gerwig

Los elementos autobiográficos son claros, pero no lo son todo. Greta Gerwig ha aclarado que “gran parte de lo que Lady Bird es se debe a la muy defectuosa heroína de fantasía que creé. Yo era de las que seguían las reglas, complacía a la gente y buscaba las estrellas de oro. No quería sacudir el bote. Siempre fui yo, pero no era como ella, con ese tipo de valentía innata, de cualidad de poder ir tras las cosas, yo no tenía eso. Yo era más de las que coloreaba dentro de los bordes. Pero creo que, para mí, el arte siempre fue el lugar donde podía ir más allá”, tal como afirmó en entrevista con Owen Gleiberman para Variety en enero de 2018.

Lady Bird responde entonces a un construcción a medio camino entre el recuerdo anecdótico y la creación de un personaje que se siente auténtico en su imperfección y en su decisión de ir a donde su corazón la guíe, así no sepa si esa brújula es confiable. Las aventuras episódicas que vive durante su ultimo año escolar (2002-2003) reflejan su iconoclástica personalidad, la decepción que representa para ella la situación social y económica de sus padres, el afán que tiene de explorar sus sexualidad y de ganarse una libertad que ve como redentora. Greta Gerwig como guionista tiene enorme éxito en la caracterización de esta protagonista, una joven que se siente viva, que respira por sí misma, que se equivoca exactamente donde cualquiera de nosotros lo hubiera hecho.

Lady Bird (2017), de Greta Gerwig

Llama la atención la decisión de no demonizar a los sacerdotes y monjas que regentan el colegio de jesuitas al que ella asiste. Hubieran sido el blanco humorístico obvio, pero Greta Gerwig opta por esquivar ese cliché y ofrecernos una imagen positiva y constructiva de los profesores. Los conflictos de Christine son causados por ella misma, por la percepción que tiene de sí, por su incapacidad de aceptar un destino que le imponen. No hay a quien culpar. Incluso la batalla permanente con su madre (interpretada por Laurie Metcalf) responde a los alcances normales de la rebeldía contra la autoridad materna que es propia de la adolescencia.

No es esta la primera vez que Greta Gerwig se pone detrás de la cámara. Ya en 2008 había codirigido Nights and Weekends junto a Joe Swanberg, uno de los directores más relevantes del movimiento independiente mumblecore, del que Greta ha sido protagonista fundamental por su participación en varios de esos filmes, como LOL (2006), Hannah Takes the Stairs (2007), Baghead (2008) o You Wont Miss Me (2009).

Lady Bird (2017), de Greta Gerwig

Si bien Nights and Weekends refleja perfectamente los postulados del mumblecore (historias semi improvisadas acerca de parejas jóvenes y sus conflictos personales en ámbitos urbanos, reducida la acción a diálogos entre los personajes o a su contacto físico) y esta era su única experiencia como realizadora, para hacer Lady Bird optó por un formato decididamente más comercial –incluyendo a actores jóvenes como Lucas Hedges y Timothée Chalamet– y un presupuesto de diez millones de dólares que supera los parámetros de lo Indie. Me atrevería a decir que por su humor y humanidad, Lady Bird está más cerca al cine de Noah Baumbach –del que Greta ha sido parte integral- que del mumblecore que ella ya probó y aparentemente superó.

Provengan de donde provengan sus influencias, su película nos ofrece un inteligente y gracioso panorama de la juventud de inicios del siglo XXI simbolizado en una joven contradictoria, decidida y romántica que decidió llamarse “lady bird” a ver si alguien más notaba que tenía alas y que estaba dispuesta a volar a donde ellas la llevaran.

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