Las heridas mentales: La isla siniestra, de Martin Scorsese

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Llegó sin mayores demoras La isla siniestra (Shutter Island, 2010), la más reciente realización de ese gran autor que es Martin Scorsese, quien tras plasmar a los Rolling Stones en concierto con Shine a Light (2008), vuelve al argumental para adaptar una novela de Dennis Lehane y hacernos recordar -si es que acaso alguien lo ha olvidado- por qué es uno de los pocos maestros vivos y vigentes del cine norteamericano.

Scorsese es un hombre afecto a construir retratos muy intensos, donde la violencia es protagónica y los fantasmas del pasado acosan a unos personajes urbanos que luchan por encontrar redención. Obsesión, culpa, crimen organizado y dificultades para comunicarse efectivamente con los demás son temas recurrentes en su rica y generosa filmografía.

Si en Taxi Driver (1976) era la pesadilla de Vietnam la que acosaba a Travis, el conductor insomne cansado de tanta muerte, en La isla siniestra son la Segunda Guerra Mundial y sus dolores los que vampirizan a Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio), un alguacil federal que debe investigar una extraña desaparición ocurrida en una institución mental para criminales de alta peligrosidad. La película transcurre en 1954, fecha clave para entender el accionar subsecuente. Es la guerra fría, es el macartismo, es el Comité de Actividades Antinorteamericanas del Senado de los Estados Unidos, es la paranoia comunista, tal como John Frankenheimer la describiría perfectamente en The Manchurian Candidate (1962). Todos esos elementos entran en juego acá y hay que considerarlos, si se quiere contextualizar adecuadamente un relato que exige tenerlos presentes.

Scorsese ha escogido contar esta historia en clave de suspenso/terror, pero, más que buscar acercarse al tono agresivamente violento de Cabo de miedo (Cape Fear, 1991) ha optado por la visión entre melancólica, surreal y fantasmagórica de Vidas al límite (Bringing Out the Dead, 1999), combinada con un explícito homenaje a Hitchcock y a Vértigo (1958), en la exploración de estados mentales alterados y obsesos, donde las heridas mentales empiezan a doler más de lo esperado.

El resultado es una obra que escapa a moldes genéricos preconcebidos y gana texturas a medida que nuevos elementos aparecen en medio de una trama que se resiste a ser tomada a la ligera y que nos deja al final desarmados frente a su complejidad no exenta de polémica, pues el director tomó el riesgo de un giro dramático extremo que le evita explicaciones atropelladas y remates apresurados. Scorsese no quiere sólo asustarnos, realmente quiere desafiarnos. Y esta vez lo consigue.

Publicado en el periódico El Tiempo (18/03/10) Pág. 1-16
©Casa Editorial El Tiempo, 2010

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