Para recordar a Michael Curtiz

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Leamos la opinión de Ingrid Bergman: “Me agradaba Michael Curtiz, el director de Casablanca. Tenía tal talento, y pienso que nunca tuvo la apreciación que debió haber tenido. No sé por qué. Hizo filmes maravillosos y fue parte muy importante de esos filmes. En lo personal parece no haber sido muy apreciado. De nuevo, no sé por qué. Solo sé que me caía bien y si alguien decía algo en su contra lo defendía, pero nunca supe por qué debía defenderlo. Bien, Casablanca habla por sí sola, y no tiene que gritar, solo susurrar, pero un susurro que persiste a lo largo de los años”. Las palabras de la actriz resumen con claridad –y algo de ingenuidad- lo que ha ocurrido con Michael Curtiz, condenado a vivir a la sombra de un filme que ha trascendido al cine para entrar al mito, como es Casablanca, haciendo que el resto de su extensa obra sea relegada y en muchos casos olvidada, tanto como la vida de este realizador de origen húngaro, fallecido a consecuencia de un cáncer el 10 de abril de 1962, apenas seis meses luego de haber estrenado su último filme, The Comancheros (1961).

Michael Curtiz, Ingrid Bergman y el productor Hal B. Wallis

La falta de reconocimiento de Curtiz –su verdadero nombre era Manó Kaminer Kertész- es probable que tenga su origen en el sistema de estudios (studio system) del que hizo parte tras llegar de Europa. Durante los 28 años (1926-1954) en los que estuvo vinculado a la nómina de la Warner, al igual que colegas suyos como Mervyn Le Roy y Raoul Walsh, fue ante todo una pieza más del afinado engranaje empresarial del estudio. Debiendo responder por entre cuatro y cinco películas por año, no es de extrañar que en ese lapso de tiempo haya dirigido más de 100 películas para la Warner, obviamente buena parte de ellas de bajo presupuesto, rutinarias e intrascendentes, diluyendo en el camino cualquier pretensión de autoría que desviara las intenciones comerciales de un sistema en el que la figura del productor era más importante que la del director, limitado este a la conducción de la dramaturgia de un grupo de actores del que, en la gran mayoría de los casos, no tenía injerencia en su selección.

Michael Curtiz durante el rodaje de Kid Galahad (1937)

Michael Curtiz durante el rodaje de Kid Galahad (1937)

Dado que era un director de planta y que se le podía asignar cualquier proyecto, Curtiz entendió que la versatilidad tenía que ser su aliada, y por eso fue capaz de enfrentarse a cualquier género, del western a los dramas de espadachines, del romance al terror. Debido a eso no es sencillo trazar una línea conductora (temática o estilística) entre sus filmes, distinta al clasicismo, profesionalismo y al rigor con que los emprendía –fueron míticas sus explosiones temperamentales durante los rodajes-, el ágil ritmo narrativo, la sutileza gestual aprendida desde sus inicios en el cine mudo en Suecia y Dinamarca, las influencias expresionistas en la iluminación, y los movimientos arriesgados y complejos de la cámara, que lo hacían mirar más a la lente que al actor. Un técnico consumado, Curtiz quería tener voz y voto en casi cualquier aspecto del rodaje: del sonido a la instalación de las luces, de la posición de la cámara al verismo de la escenografía. Supo además rodearse de un grupo de excepcionales colaboradores que de manera recurrente trabajaban en sus películas, como los músicos Max Steiner y Erich Wolfgang Korngold, el cinematografista Sol Polito, el montajista George Amy, los diseñadores de producción Anton Grot y Robert Haas, o el guionista Robert Buckner.

Obviamente ser tan extremadamente meticuloso y perfeccionista le generó fama –merecida, hay que decirlo- de ser un hombre difícil y por momentos cruel. Una famosa anécdota recuerda lo que le dijo a un extra durante un rodaje, “Muévase más a su derecha. Más. Más. Ahora está fuera de la escena. Váyase a casa”. Pese a desplantes como ese –y peores que ese- hubo un grupo de actores y actrices que se sentían a gusto con su trabajo: las propias estrellas se daban cuenta cual director estaba por encima del promedio y ellos mismos pedían que fuera ese realizador el que las dirigiera, pues era capaz de convertir guiones de segunda clase en películas de buena categoría. Y ese fue el caso de Curtiz con varios actores, incluyendo a Errol Flynn, a quien dirigió en doce largometrajes, desde Captain Blood (1935) a Dive Bomber (1941). Obviamente entre esas películas está Las aventuras de Robin Hood (1938), que definiría para siempre su imagen como actor popular. Olivia de Havilland lo acompañó en por lo menos seis de esos filmes.

Errol Flynn, Olivia de Havilland y Michael Curtiz en el rodaje de Las aventuras de Robin Hood (1938)

Errol Flynn, Olivia de Havilland y Michael Curtiz en el rodaje de Las aventuras de Robin Hood (1938)

Otro habitual de su cine fue Claude Rains –el inolvidable y corrupto Capitán Renault de Casablanca– quien apareció en diez de sus películas, incluidas Four Daughters (1938) y la injustamente subvalorada Pasaje a Marsella (1944), ejemplo perfecto de la habilidad de Curtiz como director de escenas de acción. De su inflamable asociación con Humphrey Bogart dan cuenta seis filmes, desde la ignota Kid Galahad (1937) hasta la ligerísima y encantadora No somos ángeles (1955). Con James Cagney hizo dos películas realmente memorables: Angels with Dirty Faces (1938) y Yankee Doodle Dandy (1942), con la que ganó el premio Oscar. El mismo galardón lo obtendría Joan Crawford por su papel en Mildred Pierce (1945), una de las películas más admiradas de este director. No es difícil suponer que fue Casablanca la que le dio el Oscar al propio Curtiz.

Rodaje de Casablanca (1942)

Rodaje de Casablanca (1942)

Naturalmente para un realizador tan hábil como él, tenía que haber vida después de salir de la Warner. Tenía por delante la excelente The Breaking Point (1950), protagonizada por John Garfield, a partir de la novela de Ernest Hemingway Tener y no tener; y su más resonante éxito comercial, White Christmas (1954), hecha para la Paramount a la medida de sus estrellas, Bing Crosby y Danny Kaye. Incluso haría una película para Elvis Presley, King Creole (1958). Su último filme, The Comancheros, fue un western codirigido por John Wayne.

Como se ve, se trató de un director con una carrera más que digna, reducido según muchos a un mero “artesano” a las órdenes de un estudio poderoso. Pero Michael Curtiz fue un director que supo combinar disciplina, rigor y talento para conseguir unas películas de corte clásico, poco arriesgadas en lo narrativo, pero que son ejemplo perfecto de lo que hacía Hollywood en esos días. Tuvo la fortuna de que una de esas películas fuera una inesperada perla preciosa, es cierto, pero hay muchas más razones para recordarlo. Su cine nos aguarda, listo a ser disfrutado.

Publicado en el suplemento “Generación” del periódico El Colombiano. Medellín, 08/04/12. Págs. 10-11
©El Colombiano, 2012

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

Michael Curtiz, 1886-1962

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