Sobre héroes y tumbas: Rostros y lugares, de Agnès Varda y JR

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“Vivimos en un mundo frágil: su estado es frágil y nosotros mismos somos aún más frágiles. Ya no soy joven, la fragilidad de mi vida se mezcló precisamente con el filme” (1), expresa la veterana directora de origen belga Agnès Varda en entrevista con Wang Muyan para la revista Film Comment a propósito de su película Rostros y lugares (Visages villages, 2017), un documental on the road que es así mismo la primera vez que esta realizadora comparte créditos en la dirección con alguien, en este caso con el fotógrafo francés JR, un artista visual que se ha hecho famoso por sus gigantescos collages fotográficos en blanco y negro, desplegados sobre edificios y otros lugares públicos, muchas veces clandestinamente.

A ninguno de los dos les importa esconder “la puesta en escena” detrás del documental, sobre todo en lo tocante a la génesis y planeación del proyecto que tienen en común: irse por los caminos de Francia en el particular vehículo/laboratorio fotográfico de JR para buscar gente del común, sus rostros y sus historias, y hacer con cada uno un homenaje que nadie les ha hecho: retratarlos, imprimir esas imágenes en un gran formato y pegarlas en algún sitio visible y representativo para ellos.

Rostros y lugares (Visages villages, 2017)

Lo que puede sonar inicialmente como una especie de juego inane entre una octogenaria cineasta y un artista visual trasgresor –ella sin nada que perder y él con todo que ganar en términos de difusión de su obra- se revela como una obra de una hondura inesperada, en una reflexión preciosa y atinada sobre la fugacidad del arte, sobre la memoria, los recuerdos y el olvido. Es, a su vez, un reconocimiento a los héroes anónimos de nuestro tiempo, a aquellos seres que nunca ocupan los titulares de las noticias, pero que son protagonistas de sus propias vidas, jamás ocupando roles secundarios en sus propias historias.

Empiezo por ahí: quienes les interesan a Agnès y a JR son granjeros, mineros, criadores de cabras, obreros, esposas de empleados portuarios, una mesera, un cartero… la camioneta/laboratorio de JR aleja a los codirectores de los grandes núcleos urbanos franceses y los acerca a personas que están viviendo sus batallas personales en silencio, lejos del ruido de las ciudades, pero también sin la atención estatal que sus necesidades requerirían. Sus mundos se desmoronan, bien sea por el modernismo, la urbanización, la tecnificación del campo, las huelgas, la pobreza. Muchos de ellos son sobrevivientes, dueños de una resiliencia que los hacen dignos de ser inmortalizados en este filme antes que sea demasiado tarde.

Rostros y lugares (Visages villages, 2017)

Es Rostros y lugares el verdadero lugar donde van a permanecer, no en las fotos enormes que JR les toma y que él y Agnès Varda ubican a la vista de todos. Esas –al estar a la intemperie- son necesariamente efímeras, símbolo de nuestra inevitable fugacidad. Es muy bello ver la expresión de sorpresa mezclada con bochorno y un disimulado orgullo que se trasluce en el rostro de los retratados. Esas imágenes enormes ya no existen, y es posible que de sus recuerdos se vayan también, pero en esta película quedaron fijados, cual antídoto para la muerte y el olvido.

Lo que me lleva a la otra corriente de Rostros y lugares: la del pasado, la de la evocación nostálgica de los amigos idos, de lo que se compartió con ellos y que ya muy poco o nada queda. Agnès recuerda al fotógrafo Guy Bourdin (1928-1991) y como un día de 1954 posó para ella sentado en un muelle frente al mar. Esa foto –expandida y reposicionada- va a adornar los restos de una fortaleza nazi derribada sobre una playa francesa, como una suerte de meteorito de concreto que se va a convertir –por unas horas y hasta que la marea alta lo permita- en una silla mecedora para la imagen de un hombre joven, lleno aún de vida.

Rostros y lugares (Visages villages, 2017)

La cineasta se va además tras la pista de la tumba de Henri Cartier-Bresson en el pequeñísimo cementerio de Montjustin. Los compañeros muertos y el recuerdo de su difunto marido Jacques Demy la hacen pensar en sí misma, en los pocos años que quizá aún le queden. Para que nos demos cuenta de su fragilidad la acompañaremos al oftalmólogo a un procedimiento y después JR se va a encargar de hacer de los dedos de sus pies y de sus ojos nuevos motivos para sus collages, como si Agnès necesitara ser recordada en su corporalidad más allá de su cine.

Rostros y lugares está atravesada por el recuerdo cuasi perenne de un hombre al que esta cinta pareciera estar dedicada: Jean-Luc Godard, el compañero de labores de Agnès en la nouvelle vague, su “actor” para el falso cortometraje que está en Cleo de 5 a 7 (1962), su segunda película como directora. Ella a Godard le rinde homenaje acá reproduciendo a su manera la carrera a través del Louvre de Banda aparte (Bande à part, 1964) y también con las gafas negras que JR se niega a quitarse y que son la marca de ese realizador al que deciden visitar a su domicilio en Suiza. Hace mucho que Agnès no lo ve y quiere hacerlo parte de este proyecto. Concretan una cita y a su encuentro van. Son quizá los únicos –junto a Jacques Rozier- que aún viven entre los autores de la nueva ola y Agnès quiere tener a alguien vivo, a alguien que simbolice la permanencia.

Rostros y lugares (Visages villages, 2017)

La naturaleza de encuentro con él, que es el epilogo del filme –y que no revelaré- nos recuerda que hay presencias tan ausentes que ya empezaron a ser remembranzas sin haberse ido, y que la imagen de quienes fueron ayer nuestros héroes también es susceptible de desvanecerse cuando la marea alta de los años y la distancia la perfore, la sacuda y la haga trizas.

Referencias:
1. Wang Muyan, We can be héroes, Film Comment, vol. 53 No. 5 (sept/oct, 2017), p. 26

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