Siete cabezas, de Jaime Osorio Márquez

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Un sitio aislado, un trabajo solitario, un ambiente de naturaleza agreste, un clima frío. La situación ideal para un alma que necesite introspección, mirarse de cerca, sanar sus heridas. Pero también existe la posibilidad que todos esos elementos no ayuden, sino que confabulen para que una persona frágil acabe de perder el control y entre en un estado de psicosis, víctima de sus demonios interiores. Una disyuntiva así es la que nos plantea el realizador colombiano Jaime Osorio Márquez (Cali, 1975) en su segundo largometraje, Siete cabezas (2017).

Desde su ópera prima, El páramo (2011), se vio su gusto –y su habilidad– por el cine de género, logrando configurar ambientes inquietantes y ambiguos de suspenso sicológico a partir de lo cotidiano. En Siete cabezas confirma sus bondades como realizador, al tejer lentamente una trama que nos cuenta acerca de Marcos, un taciturno guardabosques del Parque Natural Chingaza, y la relación que establece con una pareja de biólogos que van hasta allá a indagar por unos extraños sucesos ocurridos con la fauna.

Siete cabezas (2017)

Marcos vive completamente aislado, pero se nota que no tiene paz, que ese ambiente en el que vive y trabaja lo que hace es camuflar una batalla interior que en medio de muchas personas sería más notoria y ruidosa, pero que aquí se disimula entre la soledad y el frío. La presencia en las cercanías de los biólogos -ella embarazada- supone para él un reto y una prueba a su resistencia. La mujer se llama Camila y llega primero a la región y por eso con ella se establece una relación que podría llamarse más cercana y que es una mezcla de rechazo, curiosidad y deseos reprimidos que buscan una válvula por donde escapar. En el fondo hay un sustrato patológico que el director tiene el cuidado de delinear con calma, sin estridencias, lo que aumenta más la tensión ante las reacciones que un hombre cohibido y con ideaciones místicas como él pueda llegar a tener.

Siete cabezas (2017)

Osorio se aprovecha de la oscuridad, de lo que se esconde detrás de una linterna, de las figuras recortadas contra la neblina y la lluvia. Es mucho más lo que no se ve, lo que creemos ver que lo qué realmente se nos muestra. Imágenes deformadas, segmentos de cuerpos, piezas anatómicas que cuesta trabajo reconocer hablan de una mente fracturada, incapaz de soportar el cuerpo que la contiene.

Siete cabezas nos asusta, como sabe asustarnos lo que proviene del dolor de un alma adolorida, contagiada de frío y desesperanza.

Publicado en el periódico EL Tiempo (Bogotá, 22/10/17) con el título “Frío en el páramo y en el alma” p. 2.12
©Casa Editorial El Tiempo, 2017

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