Suburbicon, de George Clooney

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El sexto largometraje de George Clooney, Suburbicon: Bienvenidos al paraíso (Suburbicon, 2017), surgió de un guion escrito en 1986 por los hermanos Joel & Ethan Coen, y en el que Clooney y su colaborador habitual, el productor y guionista Grant Heslov, añadieron elementos adicionales, de ahí que los cuatro compartan crédito como los autores del argumento.

Sin embargo el material es casi 100% Coen, mezcla del thriller de Sangre simple (Blood Simple, 1984) y la trama criminal y de comedia negra de Fargo (1996), sumando –obviamente- esa estilización de la puesta en escena que extrae toda la humanidad de los personajes de su cine, convirtiéndolos en caricaturas o en arquetipos dramáticos. Uno sabe que está ante una película de los Coen cuando ve que los protagonistas son víctimas de la inteligencia de sus creadores, dispuestos a ridiculizarlos o a demostrarles cuan estúpidos, violentos, arriesgados o absurdos pueden llegar ser. Los Coen son poco compasivos con sus creaciones –hago la excepción del personaje protagónico de Balada de un hombre común (Inside Llewyn Davis, 2013), hermosa anomalía de su filmografía.

Suburbicon: Bienvenidos al paraíso (Suburbicon, 2017)

Clooney respeta esa filosofía: Gardner Lodge (Matt Damon), es un hombre casado, con un hijo, y que reside con su familia en Suburbicon, una comunidad urbana, prospera y amigable, situada en un sitio inespecífico de Estados Unidos a finales de los años cincuenta del siglo XX, integrada por personas blancas, anglosajonas, protestantes… y racistas. La llegada de la familia Mayers a la casa de atrás de los Lodge desata la atención y la preocupación de todos: sus integrantes son negros. De ahí en adelante todo cambia para los moradores de Suburbicon, revelando su talante segregacionista e intolerante. Nick, el niño de Gardner, presionado por su tía, invita al niño de los Mayers a jugar béisbol, para pasmo de los que atestiguan el acto. Que esa misma noche la casa de los Lodge sea asaltada por dos hombres, se antoja una consecuencia de lo que Nick hizo. De ahí en adelante se desata toda la acción de Suburbicon: el asalto trastorna la vida de Gardner, así como la llegada de sus vecinos negros transforma a los habitantes de la comunidad.

Suburbicon: Bienvenidos al paraíso (Suburbicon, 2017)

La película alterna entre ambas vertientes: la de las desventuras de Gardner es un relato “coenesco” en su absurdo desarrollo, mientras la del brote de intolerancia racial pareciera pertenecer a otra película, a un drama con consciencia social, pero en realidad solo quiere ilustrar una paradoja: mientras todos ven a los Mayers como unos peligrosos indeseados, en la casa de atrás se está viviendo un drama criminal de insospechadas proporciones, protagonizado por intachables miembros WASP de Suburbicon. Que la historia de racismo esté construida para resaltar la irracional conducta que se vive al interior de la casa Lodge termina por convertirla en un objeto sin vida propia: nunca tenemos acceso a la perspectiva de los Mayers, y no se nos concede conocer sus motivos para vivir ahí y soportar semejantes vejaciones.

Suburbicon: Bienvenidos al paraíso (Suburbicon, 2017)

Lo ocurrido con Gardner Lodge y su familia no voy a revelarlo, me basta decir que en Suburbicon hay una evocación permanente a Hitchcock, no solo por un buen manejado suspenso –incluso aplicado fuera de campo, como cuando Nick está debajo de la cama- sino por la corrupción de la small-town America que el maestro inglés exploró de manera punzante en La sombra de una duda (Shadow of a Doubt, 1943), donde la criminal falta de escrúpulos del tío de la protagonista era símbolo de la maldad que crece en los sitios aparentemente más impolutos y en los ambientes familiares más dignos. La hipocresía del “sueño americano”  expuesta y revelada de la manera más inteligente posible.

Está bien ser caustico, pero Suburbicon tiene mucha mala leche como para ser divertida y disfrutable. Es un ejercicio de estilo –Clooney imitando a los Coen- fallido y violento, quizá demasiado ambicioso y agresivo como para su propio bien.

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