Distopías fílmicas

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¿Que será del mundo del mañana? Los creadores cinematográficos se han hecho esta pregunta desde que este arte empezó a narrar historias y tuvo los medios técnicos para concebir el futuro con imágenes. Influenciados por la literatura de ciencia ficción e inspirados por los acontecimientos sociales, políticos y militares que veían a su alrededor, algunos guionistas y directores empezaron a concebir un mañana alejado de las utopías de Verne y más acorde con el pesimismo del presente en que vivían.

Nacían así las distopías fílmicas como expresión de sus temores, como catarsis, quizá como profecía. En un año tan pretérito como 1927, Thea von Harbou y Fritz Lang imaginaron en Metrópolis una ciudad futurista dividida en dos grupos sociales, uno de los cuales domina y explota al otro, confinando a la clase obrera a un mundo subterráneo.

Mientras el cine de ciencia ficción se explaya en aventuras donde no hay techo para la imaginación, las distopías se saben conscientes de su agenda histórica y política, de sus raíces en el presente y de su rol como signo de alerta frente a males como el totalitarismo, la industrialización desmedida, la masificación del hombre, la sociedad de consumo, los daños irreparables al ecosistema y más recientemente la manipulación y selección genética. Por eso su mirada es dramática, nada complaciente y muchas veces aleccionadora: somos responsables de ese futuro, nos dice este tipo de cine.

Esta reflexión viene a cuento porque actualmente se está llevando a cabo la XV versión del Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia, cuyo eje temático son las distopías. Junto a Metropolis se exhibirán en la muestra central filmes clásicos como Dr. Strangelove (1964), Fahrenheit 451 (1966), Playtime (1967), El planeta de los simios (1968), La naranja mécanica (1971), THX 1138 (1971) y Soylent Green (1973), alternando con cintas más recientes como Brazil (1985), Avalon (2001) o Melancolía (2011). En ese marco se desarrolla además una rica oferta académica que gira alrededor de este tema

Aunque encuentro saludable la proliferación de festivales de cine en todo el país, me preocupan los criterios con que se montan algunos de ellos. El Festival de Santa Fe de Antioquia, que me gustaría que conocieran, es ejemplo a imitar en su consistencia y calidad.

Publicado en la columna “Séptimo arte” del periódico El Tiempo (Bogotá, 07/12/14). Pág. 8, sección “Debes hacer”.
©Casa Editorial El Tiempo, 2014

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