El último rayo de sol entre las ruinas: Atlantic City, de Louis Malle

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Atlantic City, la nueva película de Louis Malle, puede ser una de las historias de fantasmas más románticas y perversas jamás filmadas, ambientada no en un castillo embrujado, sino en una ciudad embrujada, la Atlantic City contemporánea, un punto de tránsito donde los muertos y los vivos se reúnen brevemente, a veces incluso hacen el amor, y luego continúan sus caminos separados”
– Vincent Canby, The New York Times, 1981

“Atlantic City no tenía rival como la reina de los lugares turísticos y el “patio de juegos de la nación”. Albergaba millones de personas cada año. Sus hoteles eran los más grandes del mundo y era el hogar del paseo marítimo [boardwalk] más largo del mundo, el único deletreado con B grande. Fue donde se inventaron el concurso de Miss América y el caramelo de agua salada. Fue donde Jerry Lewis y Dean Martin por primera vez se juntaron y donde otros nombres del ꞌRat Packꞌ perfeccionaron sus actos antes de irse rumbo a Las Vegas. Y es de las calles de Atlantic City, finalmente, que el juego de ꞌMonopolioꞌ tomó los nombres de las propiedades. A finales de los años sesenta Atlantic City había ganado un nuevo tipo de renombre. La ciudad se había vuelto el mejor ejemplo de la ruina y la decadencia urbanas. Los periodistas la llamaban ꞌEl Bronx de la bahíaꞌ y la comparaban con la Dresde bombardeada y la Beirut destrozada por la guerra. Para el fin de la década los comediantes habían incluido la caída de la ciudad en sus rutinas humorísticas. «Esta ciudad realmente se mueve», bromeó un artista en 1970. «Todos los viernes en la noche compramos hasta las 10 pm en el supermercado»” (1). La ciudad se desmoronaba frente a todos, sus hoteles eran cerrados y demolidos, sus resorts se encontraban desolados, su economía colapsaba, la pobreza y el desempleo consumían a todos.

Atlantic City (1980)

¿Qué había ocurrido? La otrora capital de los casinos, las apuestas y el juego era un espectro que vivía de su pasado, de esos días cuando a Atlantic City se iba en tren y las personas se hospedaban ahí durante todas las vacaciones. En la post guerra fue más fácil tener automóvil e ir y venir de los casinos sin tener que pagar un caro hospedaje. Además el incremento en el nivel de vida hizo que la gente tuviera su propia piscina y otras formas de entretenimiento más cercanas a su residencia. También los vuelos aéreos hicieron más fácil disfrutar el clima soleado todo el año de la Florida. Cuando en 1976 se legalizaron las apuestas en los casinos de Atlantic City ya la mayoría de los hoteles emblemáticos del sector habían sido demolidos y la ciudad se debatía entre la pobreza, la drogadicción y los negocios ilegales. El marco perfecto para una película como Atlantic City (1980).

Aunque la ciudad y su ruina está permanentemente presente, esta es una historia de dos seres que viven ahí, contagiados quizá de la decadencia de la urbe, y por eso son víctimas de una resignación existencial que no es más que el reconocimiento y la aceptación de sus limitaciones personales. Él se llama Lou Pascal (nada menos que Burt Lancaster), se acerca a los 70 años, y se dice que en su juventud manejaba las apuestas de la ciudad. Se relacionó con los grandes de la mafia, pero nunca fue más que un soldado al servicio de los duros. Ella se llama Sally Matthews (Susan Sarandon, en esos momentos amante de Louis Malle), va llegando a los 35 años, y trabaja en un bar de ostras en uno de los grandes hoteles y casinos del lugar. Viene de un pueblo perdido en el mapa de Canadá y su anhelo es ser una gran crupier en un casino de Monte Carlo. Lou y Sally son vecinos, solo los separa una pared.

Atlantic City (1980)

Él sabe quién es ella. La ha observado, la ha espiado, en secreto la ha anhelado. Pero este relato no describe una pasión enfermiza. Lou tiene posibilidad de verla de cerca por ser su vecino, y no ha pasado inadvertida para él porque es una mujer muy hermosa. Le sirve para recordar viejos días de gloria, para reconfortarse en lo más íntimo, para –desde la costa del deseo- paliar la indignidad de una vejez en la que está reducido a mandadero y ocasional amante de la viuda de un ex jefe mafioso, y a colectar centavos haciendo apuestas dudosas, reducido a ser un small time crook, un pillo de poca monta. Quizá siempre lo fue. Pero ahora el peso de los años se ha hecho una carga difícil de soportar para él. Por fortuna no quedan muchos de sus colegas y amigos vivos para verlo envejecer así.

Los destinos de Lou y de Sally se van a cruzar. Esta es la anécdota central del filme y no voy a revelarla, pero sí quiero detallar lo que ese encuentro entre ambos significa, sobre todo para Lou. La mayoría de las personas nunca realizan todos sus sueños ni son capaces de triunfar, viven su existencia de una manera digna pero anónima, sabiendo que aunque nunca saldrán en la primera plana de los periódicos, no llevaron una existencia inútil. Ayudaron al prójimo, fueron buenos ciudadanos, contribuyeron con su trabajo a mejorar la vida de otros, tuvieron hijos saludables e inteligentes. Los famosos, los campeones, las estrellas, los exitosos, los que la gente reconoce en las calles son una absoluta minoría, pero eso no siempre lo aceptamos, llevando a frustraciones personales que pueden ser enormes y devastadoras. Lou nunca fue un gran mafioso, se vanagloria de haber compartido celda con el gánster Bugsy Siegel, así haya sido unas horas y el jefe mafioso ni se haya enterado de su presencia. Lou nunca mató a nadie, nunca tuvo poder ni dinero, no era siquiera un amante digno. Solo en sus fantasías fue un gran capo.

Atlantic City (1980)

Ahora en el otoño de su existir Lou vislumbra un rayo de sol entre las ruinas de su vida. Un inesperado y último rayo de sol que le permite alcanzar la fama, esos quince minutos de reconocimiento que todos ojalá nos mereciéramos, y poder alardear de haber hecho algo real, algo digno a sus ojos; poder ayudar a Sally, volverse su protector y su mentor, facilitarle la vida, hacer que ella lo vea como un hombre y reverdecer como amante. Es inevitable pensar en Burt Lancaster, pero ahora interpretando al Príncipe Don Fabrizio Salina en El gatopardo (Il gattopardo, 1963) a las órdenes de Visconti. Ese aristócrata nostálgico y envejecido también encontraba en la juventud y belleza de Angélica (Claudia Cardinale) un motivo de solaz, un bálsamo que le hacía sentirse de nuevo joven y atractivo, vivir un último momento de plenitud antes del derrumbe definitivo.

En Atlantic City ocurre algo similar: es conmovedor el encuentro a solas que ellos tienen, cuando Lou le confiesa que la ha espiado en silencio muchas veces, prendado de su carne joven. –“¿Qué haces cuando me miras?”, le pregunta ella. Y él le responde: -“Te miro. Te quitas la blusa y abres el grifo. Luego coges un frasco de perfume dorado. Después cortas los limones. Abres una caja de jabón azul. Tocas el agua para notar la temperatura. Pones el jabón en tus manos y…”. Lou no alcanza a decir nada más. Sally se le acerca demasiado, mirándolo fijamente. Y él la recibe complacido. Como afirma Kate Buford en la biografía de Burt Lancaster, “En El Gatopardo veinte años antes, había mirado a la bella y joven Cardinale bailar alejándose de él con la angustia desesperada del final de la vida; aquí su mirada está cautivada por esta última oportunidad de una repentina e inesperada alegría de la vida aún por ser vivida” (2).

Atlantic City (1980)

Para ella es seductor que un hombre mayor, sabio y gentil le preste tanta atención. Se siente halagada, importante y digna. Quiere aprender de él, quiere que le ayude a realizar sus sueños. Él parece saberlo todo, parece dispuesto a todo, no le pone condiciones ni barreras. No le exige nada, está ahí para ella. Y ella para él, sin importar la diferencia de edad, sin importar lo poco que sabe de su pasado. Son incondicionales. Desean que ese momento de felicidad dure hasta el infinito, sabedores que en realidad es una estrella fugaz lo que están viendo pasar frente a ellos. Louis Malle sintió una enorme compasión por esos personajes, por esos perdedores que somos todos; supo respetar su dignidad y les dio –sin criticarlos ni ironizarlos nunca- motivos para sentir, en medio de tanta ruina, que pudieron de verdad tocar el cielo. ¿Cómo no estarle agradecido?

Atlantic City (1980)

Atlantic City –que contó con un guion original del dramaturgo neoyorquino John Guare- tuvo su origen en una propuesta que Malle recibió tras rodar en Minnesota su documental God’s Country y ver como muchos de sus proyectos se venían abajo . El productor francés Alexandre Mnouchkine y un grupo de productores canadienses, Joseph Beaubien, John Kemeny y Denis Heroux, querían aprovechar unos fondos de deducciones de impuestos canadienses para financiar películas y le propusieron a Malle adaptar la novela The Neighbor de Laird Koenig, darle un presupuesto inferior a cinco millones de dólares y exigirle cumplir con un calendario que implicaba tener la película rodada antes de que finalizara 1979, como requisito para contar con esos dineros de impuestos. Malle aceptó las condiciones, pero tras leer el texto de Koenig no quedó convencido de sus bondades y decidió contactar al dramaturgo Guare -a quien conocía desde 1977- para proponerle escribir un guion. También logró convencer a los productores de que le dejaran cambiar el proyecto original.

Atlantic City (1980)

Respecto al trabajo con el guionista, Malle recordaba que “empezamos a hablar. En el invierno previo literalmente todos los días el New York Times traía algo acerca de los que ocurría en Atlantic City. Ellos acababan de legalizar las apuestas allí. Era muy controversial y habían todas esas historias respecto a que si la mafia se iba a mudar para allá. Dos casinos se habían acabado de abrir y estaban construyendo muchos más… Yo dije, ‘Quizá esto es algo que debamos mirar’. Y John dijo, ‘No podría estar más de acuerdo y sucede además que uno de los amigos de mis padres es el gerente del primer casino que va a abrir, Resorts International’. Lo llamamos, arrendamos un automóvil, conducimos hasta Atlantic City y pasamos como veinticuatro horas ahí. Pienso que ni dormimos. Su amigo nos mostró los alrededores, nos explicó qué pasaba y vimos con nuestros propios ojos los contrastes, todo el brillo. El resto de la ciudad era literalmente un tugurio. Antes de que legalizaran las apuestas Atlantic City, que había tenido un pasado glorioso entre 1920 y 1940, se convirtió casi en una ciudad fantasma” (3). Guare tuvo listo el guion en dos semanas y durante otros quince días él y Malle lo revisaron. Robert Mitchum y Henry Fonda fueron las primeras opciones del director para hacer el rol protagónico, que terminó en manos de Burt Lancaster, un hombre obstinado con quien Malle tuvo varias desavenencias.   El rodaje empezó a mediados de octubre de 1979 en la propia Atlantic City, con interiores filmados en Montreal. Diez semanas después el filme estuvo listo.

La película resultante ganaría el Festival de Cine de Venecia en 1980 y el galardón de la National Society of Film Critics, y fue nominada a cinco premios Óscar: mejor película, director, guion original, actor y actriz. No ganó ninguno. No siempre se gana. Ya lo tenemos claro.

Referencias:
1. Bryant Simon, Boardwalk of Dreams: Atlantic City and the Fate of Urban America, Nueva York, Oxford University Press, 2004, p. 11

2. Kate Buford, Burt Lancaster: An American Life, Nueva York, Knopf Doubleday Publishing Group, 2000, p. 389

3. Philip French (Ed.), Malle on Malle, Londres, Faber and Faber, 1996, p. 126

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

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