El último hombre en pie: 1917, de Sam Mendes

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Entre las funciones del montaje en el cine está la formación de elipses temporales, esto es minimizar o anular los tiempos muertos y dar agilidad a una narración para que en el lapso que dura la película –unos 120 minutos en promedio- pueda contarnos un relato que abarque varias décadas o incluso más tiempo. Ese “resumen” del tiempo es algo que aceptamos como espectadores de cine, es una convención que se da por hecho, y que por ende no genera extrañeza.

Pero si el realizador de una película se toma el trabajo de rodarla en un largo plano secuencia –donde no hay cortes, donde la cámara ininterrumpidamente acompaña en su movimiento a los personajes- entonces los conceptos de montaje y de elipse temporal desaparecen, pues en esas condiciones no es posible conseguir planos/contraplanos ni lograr hacer avanzar la narración más allá de lo que dure la acción que está siendo filmada. El arca rusa (Russkiy kovcheg, 2002), de Aleksandr Sokúrov, es un buen ejemplo. Se trata de un recorrido por el interior del Museo Hermitage, en San Petersburgo, mientras se recrean diversos momentos de la historia rusa, situándolos al interior de los salones del museo. La película fue rodada en una sola toma de 96 minutos.

1917 (2019)

Más difícil es concebir que un largometraje luzca como si fuera rodada sin cortes, con una cámara que siempre se ve delante, detrás o al lado de los protagonistas, pero que nos cuente un relato que tenga elipses. Eso ocurre con 1917 (2019), de Sam Mendes, pues los hechos que nos cuenta cubren dos días y sin embargo, hemos tenido la impresión de que la cámara nunca ha abandonado a los personajes y que siempre ha tenido un movimiento fluido, sin cortes. Esto lo consiguieron Mendes, el director de fotografía Roger Deakins y el montajista Lee Smith, llenando la pantalla con tal grado de acción y emoción, que nuestros sentidos no estaban atentos a la alteración espacial que estaba ocurriendo mientras veíamos la película. ¿A qué me refiero? A que en 1917 los lugares están más cerca de lo que en realidad se supone deberían estar: los protagonistas llegan más rápidamente a donde necesitan ir. Sus desplazamientos acortados son en sí mismos una elipsis, una muy elaborada forma de elipsis que queda sepultada por el desplazamiento continuo de los Cabos Blake y Schofield, dos soldados del ejército británico en la Francia de la Primera Guerra Mundial que deben cumplir una misión contrarreloj.

1917 (2019)

Haber dedicado tres párrafos de esta reseña para destacar el elaborado dispositivo formal de 1917 puede entenderse como negativo –se trata de un recurso tan protuberante que se lleva el protagonismo de la narración- o como positivo: convino a los propósitos narrativos de una película cuyo relato depende de llevar un mensaje a tiempo. Considero que ambos aspectos deben ser considerados: así haya elipses deliberadas, el efecto que se consiguió es que pensemos que no las hay, y ese logro –que no es menor- se obtuvo gracias a la agilidad de una narración episódica que no da respiro, que está siempre poniendo obstáculos y pruebas al par de soldados anónimos que se ven de repente comprometidos con una misión que se antoja superior a sus fuerzas.

Ahora bien, ¿era necesario simular que todo se rodó en un plano secuencia? ¿o es simplemente un recurso caprichoso? ¿Eso le añade profundidad y complejidad al relato, o es un elemento distractor? ¿Se hace porque se necesita, o se hace porque se tiene la capacidad para lograrlo? Respondería que se quiso hacer de esta forma como una demostración de virtuosismo, no porque estrictamente haya sido indispensable. Responde a las necesidades de la espectacularidad del cine de gran escala y como tal las satisface.

1917 (2019)

Es obvio que en una película como esta lo que se privilegia es la emoción sobre la motivación. Poco o nada sabemos o sabremos de Blake (Dean-Charles Chapman) y Schofield (George MacKay), más allá de que emprenden la misión que se les encomendó, sencillamente porque ese es su deber y las órdenes en el ejército no se discuten y menos aún en tiempos de guerra. 1917 no aspira a discutir el sinsentido de ese conflicto armado o de cualquier otro, o las implicaciones que un capricho de un alto oficial tenga sobre el destino de sus hombres. Para ese tipo de elucubraciones hay que remitirse a Paths of Glory (1957) y recordar que no todas las películas tienen las intenciones y el deber de darnos lecciones éticas.

Pese a que he considerado el cine de Sam Mendes como efectivo pero poco emotivo, esta vez logró confeccionar un relato estremecedor ayudado por la destreza técnica: el viaje de Blake y Schofield a través de la tierra de nadie y de las líneas enemigas, rumbo a lo desconocido, se antoja un descenso a los infiernos de la desolación humana, a esos sitios donde ya no hay nada que esperar, donde toda esperanza se ha perdido. Hay tal grado de alienación en su periplo que al final todo parece carecer de sentido, más allá de llevar un mensaje que se les ordenó entregar. La locura se refleja en el rostro de aquellos que son capaces de soportar situaciones tan extremas que rayan con el delirio.

1917 (2019)

En esta odisea hay al final un último hombre en pie, que sigue siendo un soldado anónimo, una pieza más en el inmenso e incomprensible ajedrez que otros juegan en su nombre. Quizá lo único que hizo fue aplazar un día o dos la fecha de su muerte o la de otros soldados, pero eso no le importa. Tiene claro que no depende de él volver a casa, pero también sabe que tiene una promesa que cumplirle a sus seres amados. Ya ejecutó una orden contra todas las adversidades, ahora sabemos dónde sacó la fuerza y el coraje para lograrlo.

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

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