El extraño caso de John Steed y Emma Peel: Los vengadores, de Jeremiah Chechik

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Las series televisivas de los años sesenta y setenta son pasto fértil para los realizadores de cine, ansiosos de aprovechar la nostalgia que despiertan entre aquellos que años atrás las disfrutaron y que no van a resistir la tentación de verlas otra vez, remozadas por y para la pantalla de celuloide. Por eso no es raro que hayamos visto recientemente a Misión imposible (Mission: Impossible, 1996), Godzilla (1998), Perdidos en el espacio (Lost in Space, 1998) o El santo (The Saint, 1997), todas con resultados indudablemente desafortunados. A la seguidilla de fracasos, hemos de sumar ahora uno de veras protuberante y doloroso, pues Los vengadores (The Avengers, 1998) ha llegado al cine por una puerta falsa.

La serie Los vengadores, producida por la Associated British Corporation, y que se originó y presentó en Inglaterra entre 1961 y 1969, nos presentaba a una pareja de agentes secretos del gobierno británico, que primero fueron dos hombres, el Doctor David Keel (Ian Hendry) y John Steed (interpretado por Patrick Macnee). Tras la salida de Hendry, los productores hicieron acompañar a Steed de una contraparte femenina, primero Cathy Gale -a cargo de la bella actriz Honor Blackman-, luego Venus Smith, Emma Peel y por ultimo Tara King. A pesar de haber sido cuatro, tiende a recordarse y a identificarse con la serie a la Señora Peel -encarnada por Diana Rigg-, quizás porque fue con ella cuando la serie empezó a exhibirse en Norteamérica, donde los episodios con Cathy Gale no fueron presentados.

Los vengadores de la serie de televisión :Patrick Macnee y Diana Rigg

Steed -impecablemente vestido con un traje Pierre Cardin, un sombrero bowler y un paraguas al que no desamparaba- era el tipo suave, gentleman imperturbable y efectivo, que debía enfrentarse no sólo a diversos maleantes y científicos locos que ponían en peligro la seguridad del reino, sino además a su hermosa compañera, mezcla de belleza glacial, misteriosa sofisticación, experticia en artes marciales e inteligencia perspicaz. La enorme y singular química entre ambos los envolvía en un vaivén humorístico, que se lucraba de todos los puntillosos e irónicos detalles que constituían el hecho de ser ingleses, en una mezcla muy interesante de acción, fantasía, estilo y sátira, que la hacía entretenida e inolvidable.

Steed y Peel llegaron de la mano de la ABC a los Estados Unidos en 1966 y de allí el paso a Latinoamérica se antojaba aperas obvio: nuestra televisión nos trajo a Los vengadores cuando aún la pequeña pantalla lucía el inalterable blanco y negro con el que crecimos los que hemos superado ya la treintena. En 1976 se intentó revivir la serie con The New Avengers, un fallido y violento experimento de apenas veintiséis episodios que confirmó aquello de que segundas partes nunca fueron buenas. Ni segundas partes, ni adaptaciones cinematográficas, como ya veremos.

Los vengadores (The Avengers, 1998)

Las noticias que recibíamos sobre la versión fílmica de Los vengadores hacían presumir cosas interesantes, empezando por un reparto que incluía a Ralph Fiennes como Steed, Uma Thurman como Peel y un villano que era nadie menos que Sean Connery. El director asignado sí levantaba todo tipo de sospechas, pues Jeremiah Chechik era el hombre responsable de Las diabólicas (Diabolique, 1996) fracasado remake de la película que dirigiera Clouzot en 1954 y eso sí era suficientemente grave. A mediados del año, un trailer promocional nos devolvía la confianza, mostrándonos veloces apartes de una película que se antojaba atractiva. Sin embargo, la falta de promoción de la cinta de Estados Unidos era una mala señal, aunada al hecho de que la. Warner decidió no hacer un preestreno promocional para los medios, temerosa quizás de una mala recepción por parte de la crítica y luego por parte del público. Sus temores no eran, desafortunadamente para todos, infundados.

La secuencia introductoria de la cinta es una curiosa premonición de lo que el resto de la película va a ser: caminado por una típica calle inglesa, Steed es atacado -sin motivo claro- por una serie de personas aparentemente comunes, que no son más que parte de una prueba de sus superiores. Todo es falso, incluida la calle que vemos, que es sólo decorado y fachada. Detrás no hay absolutamente nada: tal cual es la estructura de la cinta. Sin introspección alguna, los personajes de Los vengadores son sólo una estilizada máscara y nada más: no te atrapan, no hay nada en ellos que te interese. Sin humor, sin sentido narrativo alguno, la cinta avanza a trompicones, con enormes lapsos de lógica, como si algún segmento crucial no hubiera sido proyectado, confundiendo nuestra apreciación.

Los vengadores (The Avengers, 1998)

El argumento nos cuenta de un alucinado millonario, Sir August de Wynter (Sean Connery), obsesionado por lograr el dominio del clima, que diseña una máquina -creo yo- que hace que pueda controlarlo a voluntad. Ambicioso, decide someter a Londres a un enfriamiento completo, no sé exactamente para qué, considerando el clima ya de por sí bastante malo de la city. El hecho es que nuestra pareja de agentes secretos se va a interponer en sus planes, para tranquilidad de Tony Blair. Tampoco está muy claro dónde es que las cosas ocurren, pues la cinta parece hecha con retazos de secuencias hiladas al azar, con transiciones espaciales inconsistentes: ellos llegan a alguna parte, algo de acción ocurre, salen de allí con una nueva pista, van otro sitio, etc. Nada talentoso, ningún giro inesperado, nada comprensible. El guion de Don MacPherson no tiene salvación: ha arruinado y vampirizado por completo el espíritu original de la serie, despojándola de cualquier rezago de agudeza e inteligencia.

Los vengadores (The Avengers, 1998)

Fiennes y Thurman tratan de evitar el desastre, pero están atrapados en una historia que no los deja respirar y donde no tienen ninguna libertad de acción. Además, no hay entre los dos ninguna interacción cálida o que suene real: el beso que se dan es una de las experiencias más gélidas y prefabricadas que el cine recuerde. Sus diálogos, aparentemente picarescos y fungiendo de doble sentido, tampoco van hacia ningún lado y se quedan ahí, sin tocarnos o impactarnos, pues ellos, como los personajes, carecen de emoción y de humanidad. Es más, Uma Thurman parece por momentos repetir con sus gestos y actitudes el papel de Poison Ivy que nos mostró en Batman y Robin (1996). Algo similar ocurre con Sean Connery, que luce distante e irritado por un rol donde se le ve incomodo y completamente impostado. Es más, la postsincronización del sonido fue tan irregular que su voz nos llega siempre un poco después que el movimiento de sus labios, craso error que es imperdonable en una película de estas proporciones presupuestales.

Los vengadores (The Avengers, 1998)

La serie británica tenía estilo: la moda que exhibía la Señora Peel estaba adelantada a su tiempo y la hacía muy atractiva. La película frente o nosotros pretende reproducir ese estilo, pero sólo logra contagiarse de las frías intenciones de Sir de Wynter. Si bien la caracterización que hizo el diseñador de vestuario, Anthony Powell, para transformar a Uma Thurmon en Emma Peel rememora los atuendos exóticos de Diana Rigg, no deja de ser curioso el ambiguo trabajo de ambientación de Stuart Craig, que mezcla segmentos que parecen extraídos de los años sesenta con elementos de los noventa, ubicados por este escenógrafo en una Londres extraña, donde nadie más habita, que de noche se cree -sin conseguirlo- la Ciudad Gótica que Anton Furst creó para Batman (1989) Y que para el día aparenta ser una copia del trabajo que Christopher Nowak realizó para Los archivos X (The X Files: Fight the Future, 1998).

Pero estos aspectos meramente formales de la puesta en escena podrían haber sido ignorados por completo si la historia nos hubiera ofrecido algo para discutir, analizar o simplemente para disfrutar. Y atención, este juicio desilusionado no pretende mirar a Los vengadores con una óptica distinta a la del cine de entretenimiento, que es a donde pertenece. Sin ir más lejos, comparémosla con las películas de James Bond, colega de Steed y Peel. Allí hay gracia, buen humor, personajes agradables y acción minuto a minuto, donde aquí sólo hay extrañeza y bostezos mal disimulados. Además, si usted fue atraído a la sala de cine por las secuencias del trailer, su extrañeza y desconsuelo tienen que ser mayores: muchas de tales escenas no están en la película.

Los vengadores (The Avengers, 1998)

Hollywood pretende que con espejos y reflejos puede dejarnos satisfechos. Pero la misma industria ha creado un espectador exigente, que demanda productos comerciales cada vez más elaborados y que no se conforma con películas que ofrecen sombras y lamentos cuando otras le ofrecen una descarga de adrenalina casi inverosímil. La víctima inocente en esta ocasión fue una serie añorada y recordada con aprecio, convertida por la incapacidad de su director en una cinta incoherente, pobremente estructurada y tediosa hasta la nausea.

El Agente 007 puede estar tranquilo, Los vengadores no han llegado, lastimosamente, para quedarse.

Publicado en la Revista Kinetoscopio no. 48 (Medellín, vol. 9, 1998), págs. 69-71
©Centro Colombo Americano de Medellín, 1998

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