El teatro de los secretos: El último metro, de François Truffaut

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“Para Truffaut, el teatro es similar al cine, y ambos son similares a la vida”.
– Armond White

“Yo tenía 11 años. [Robert] Lachenay me había dicho que uno podía dormir en las estaciones más profundas del metro, que habían sido convertidas en refugios. Yo fui allá. Estaba lleno de gente. Nos dieron una manta, pero nos despertaron a las 5 en punto de la mañana para que el metro pudiera entrar en operación. En ese momento, estaban dando un litro de vino a cambio de 125 gramos de cobre, así que yo me robaba los pomos de las puertas y vendía el vino” (1), evocaba François Truffaut sobre sus vivencias en plena ocupación alemana de Francia. Hacer una película que reflejara esos años se antojaba para él una idea atractiva, considerando que desde su primer largometraje había hecho de su infancia un lienzo para su cine. Sin embargo, en las etapas iniciales de su carrera confeccionar una película sobre ese tema requería unos recursos económicos y técnicos de los que carecía, aunado esto a su inexperiencia como realizador. Además el ver el enorme documental de Marcel Ophüls, La tristeza y la piedad (Le chagrin et la pitié, 1969) le llevó a cuestionarse sobre la imposibilidad de hacer una película de ficción que estuviera a su altura.

El último metro (Le dernier métro, 1980)

Sin embargo, al escribir el prólogo a la recopilación de textos de André Bazin, recogidos en 1975 en el volumen Le Cinéma de l’Occupation et de la Résistance, Truffaut revivió esos recuerdos y se convenció de la necesidad de volver sus ojos sobre el tema. Al año siguiente le escribe una carta a su amigo Jean-Loup Dabadie, el guionista de Una chica tan decente como yo (Une belle fille comme moi, 1972), hablándole de una novela de Sarah Gainham, Night falls on the city, en la que una actriz en Viena continua actuando mientras su esposo, supuestamente exiliado o muerto, está escondido en el sótano del teatro. “Aquí está la premisa de una historia que puede ser un cruce entre El diario de Anna Frank y Ser o no ser de Lubitsch” (2), le dice Truffaut, pero el guionista no se muestra interesado en el proyecto y en la época que transcurre, de la que había en los años setenta una avalancha de filmes estrenados. Paralelamente a este interés personal sobre la ocupación alemana, Truffaut venía recogiendo desde hacía años un archivo de textos, documentos y libros sobre el mundo del teatro y sus principales actores y actrices, buscando prepararse para un futuro proyecto.

El último metro (Le dernier métro, 1980)

En los primeros meses de 1979, cuando estaba decidiendo el tema para su siguiente filme, pensó que era buena idea unir los temas de la ocupación y del teatro. Ya con La noche americana (La nuit américaine, 1973) había explorado con éxito el mundo del cine desde el punto de vista de un rodaje, y ahora veía la oportunidad de mirar entre bastidores la escena teatral. Él y Suzanne Schiffman –su habitual continuista y coguionista– se pusieron a escribir entre ambos el guion en la primavera de ese año, mezclando sus recuerdos (Suzanne había sido una niña judía en esa época) y las anécdotas que habían escuchado. “Trabajaron codo a codo para fusionar ambos proyectos. Leyeron mucho –memorias de actores y directores, periódicos, libros de historia- y añadieron a sus lecturas sus propias recopilaciones y las de sus colegas y amigos” (3). También influyó sobre el guion una obra teatral de Jean Renoir, Carola, que fue convertido en una película para televisión por Norman Lloyd en 1973.

El último metro (Le dernier métro, 1980)

Las vicisitudes del día a día de los franceses en esa época, que implicaban –por ejemplo- apurarse para tomar el último metro del día antes del toque de queda nocturno, quedaron reflejados en ese filme, llamado precisamente, El último metro (Le dernier métro, 1980). El guion quedó prácticamente listo en septiembre de 1979, pero antes de iniciar el rodaje, Truffaut pidió la ayuda del dramaturgo Jean-Claude Grumberg para que escribiera diálogos adicionales, buscando una mayor autenticidad. Había una urgencia de tener éxito, tal como lo recordaba el cinematografista del filme, Néstor Almendros: “sus dos películas anteriores fueron un desastre de taquilla. Truffaut con El último metro se jugaba el todo por el todo: su propia empresa, Les Films du Carrosse, peligraba hacia una posible bancarrota” (4).

El último metro (Le dernier métro, 1980)

En ese momento de su carrera a Truffaut le interesaba la época, pero básicamente como un marco narrativo; su propia infancia no iba a ser de nuevo protagonista, ni iba a tratar de recrear minuciosamente la París de esos años. Más bien optó por una estilización extrema de la puesta en escena –se rodó en el teatro Saint-Georges y en la abandonada fábrica de chocolates Moreuil, que convirtieron en un estudio- a la que contribuyó el manejo de la luz que hizo Néstor Almendros y unos colores que restringió al café, ocre y rojo. “Este trabajo de precisión en el color da a la película una atmósfera artificial y suave, haciendo que toda la vida francesa bajo la ocupación parezca como un escenario teatral” (5). Sin duda, esa era la intención de Truffaut. Es más, optó por utilizar imágenes sacadas del cortometraje La Première Nuit (1958), de Georges Franju, para darle contexto histórico a su relato, que mayoritariamente ocurre en la tras escena teatral.

El último metro (Le dernier métro, 1980)

Como siempre, este director va a privilegiar la interacción humana sobre las circunstancias políticas y sociales coyunturales, y en El último metro el tema es el mundo del teatro y su resiliencia frente a la adversidad, no exactamente el nazismo en Francia. Este último es la amenaza latente, el enemigo omnipresente que obliga a ser recursivos e ingeniosos, a estar unidos, a resistir reinventándose. “Jamás fuimos tan libres como bajo la ocupación alemana” (6), expresaba Jean Paul Sartre en su texto La república del silencio y eso lo tiene claro Truffaut cuando expresaba que “El mundo estaba viviendo una tragedia, pero en lo que tiene que ver con la vida artística, este fue un gran periodo, especialmente para el teatro. La televisión aún no existía, la gente estaba viviendo en soledad, frio, con restricciones y ansiedad. El teatro podía brindarles una rara forma de escape. Los autores y los actores competían por el talento. Durante ese tiempo, se escribieron los mejores dramas de Sartre, Montherlant, Claudel y Anouilh” (7).

El último metro (Le dernier métro, 1980)

Con eso en mente, Truffaut construye un relato alrededor del montaje en 1942 de una obra teatral de origen noruego, La desaparecida, a cargo de la compañía de actores del teatro Montmartre en París, en cabeza ahora de Marion Steiner (Catherine Deneuve), ante la huida de su esposo, el director judío Lucas Steiner (Heinz Bennent). Ella contrata como coprotagonista masculino a un joven actor proveniente del Grand Guignol, Bernard Granger (Gérard Depardieu), completando así la nómina para la obra, que va a ser dirigida por uno de los actores de planta más veteranos de la compañía, Jean-Loup Cottins (Jean Poiret), siguiendo al pie de la letra las indicaciones precisas que Lucas Steiner dejó antes de marcharse de Francia. Con ellos actuará Nadine Marsac (Sabine Haudepin, quien fuera la niña actriz de Jules y Jim, y La piel suave) y un niño, Jacquôt. En el teatro hay una decoradora, Arlette (Andréa Ferréol), una vestuarista, Germaine (Paulette Dubost, que actuó en La regla del juego, de Jean Renoir); un gerente, el señor Merlin (Marcel Berbert) y un tramoyista y hombre de oficios varios, Raymond (Maurice Risch). Es de lo que ocurre entre ellos de lo que se nutre El último metro. Aunque la película tiene la estructura de un triángulo amoroso entre Marion y dos hombres, la verdad es que el relato es coral, sirviéndose de la cotidianeidad para extraer de ahí tanto drama como inesperada comedia.

El último metro (Le dernier métro, 1980)

Sobre ellos gravitan otros personajes externos de importancia. Está Daxiat (Jean-Louis Richard), el crítico teatral y oficial colaboracionista de la censura, está Martine (Martine Simonet), una amiga de Raymond que les provee productos del mercado negro y resulta ser aliada de los Nazi por conveniencia, y está Christian (Jean-Pierre Klein), un amigo de Bernard que hace parte de la resistencia. Ellos son el puente con el mundo exterior, su contacto con la realidad circundante. Es a través de ellos que nos damos cuenta de lo que ocurre más allá del escenario, los camerinos y las oficinas donde ensaya y convive la compañía teatral, pues su grado de abstracción frente al drama de la guerra es casi total. A Truffaut se le criticó ese aislamiento de los personajes, a lo que él respondía que, “Mi película es indulgente con los que no se comprometieron, con los que siguieron trabajando como si todo siguiera igual. Estoy en contra de aquellos que hicieron mal, contra aquellos que denunciaron, como Daxiat, el crítico. Yo no juzgo a Francia; yo pienso que simplemente estaba al acecho” (8).

El último metro (Le dernier métro, 1980)

Pese a tratarse de un relato aparentemente transparente, la verdad es que El último metro está concebida dramáticamente como un arsenal de secretos que los personajes ocultan: cada uno tiene algo que esconder, una suerte anhelos paralelos ocultos para los demás y que lentamente se irán revelando. Esa fue una época en la que todos los franceses, voluntariamente o no, callaban algo como mecanismo de supervivencia: su religión, su afiliación política, su estado civil, sus apetencias sexuales, su amor por alguien, el paradero de un ser querido. Parecía inevitable mentir. El teatro entonces va a funcionar realmente como una fachada. “Todo era paradójico. Nos decían que fuéramos honestos y estábamos mientras tanto rodeados de ejemplos de la deshonestidad necesaria para sobrevivir” (9), recuerda Truffaut de su infancia durante la ocupación.

El último metro (Le dernier métro, 1980)

De esa necesidad se sirve esta película para enriquecerse narrativamente, pues hay tres capas en esta historia: la representación teatral de La desaparecida, la vida pública de los actores y miembros de la compañía, y la vida que nos ocultan, que es la que define su accionar. Todas tres operan al unísono, aportando complejidad al relato. Era tal ya el oficio de Truffaut que incluso hay unas escenas irresolutas que se da el lujo de introducir sin que echemos de menos su explicación. “Destaca el dominio escénico que ejerce Truffaut, capaz de mover con extrema habilidad una mera anécdota sentimental abundante en tópicos sobre el mundo del teatro” (10). Donde sí creo que faltó fuerza es en el enamoramiento de Marion hacia Bernard, pues tal como la biógrafa Annette Insdorf lo explica: “el amor vacilante entre ellos es realmente tan sutil que algunos espectadores pasaron dificultades creyendo en su atracción” (11). Es curioso que un director tan afín a mostrar el amor en el cine haya sido tan indirecto a la hora de definir dos de los lados de este triángulo romántico.

El último metro (Le dernier métro, 1980)

Sin embargo, el resultado final es un filme exquisito, que exhibe unos altos valores de producción que se reflejan en una puesta en escena sólida, perfectamente interpretada y con unos personajes secundarios llenos de vida que animan un relato tan entrañable y escapista como todo lo que Truffaut hacía y que está impregnado de ese cálido humanismo imbuido por el cine de Jean Renoir. Sus personajes sienten, y nosotros con ellos. Estrenada en Francia el 17 de septiembre de 1980, El último metro atrajo 126.000 espectadores en la primera semana en cartelera. En enero del año siguiente ganó diez de los doce premios César a los que había sido nominada, incluyendo los galardones a mejor película, director y guion. Otros doscientos mil espectadores se sumaron a la taquilla en las siguientes cinco semanas después de la ceremonia. También fue candidatizada al premio Óscar y al Globo de oro a mejor película extranjera.

El último metro (Le dernier métro, 1980)

Para terminar es hora de enlazar a El último metro con La sirena del Mississippi (La sirène du Mississipi, 1969), el trabajo previo de Truffaut con Catherine Deneuve. Ambos personajes se llaman Marion y los parlamentos finales de La desaparecida están sacados de diálogos de La sirena del Mississippi entre ella y el personaje de Belmondo. Sin duda, él quería que el público relacionara ambos largometrajes, que el segundo evocara al primero. En el pressbook del filme está la respuesta, en palabras del mismo Truffaut: “al filmar El último metro yo quería satisfacer tres sueños de larga data: llevar la cámara a la tras escena teatral, evocar el clima de la ocupación y darle a Catherine Deneuve el rol de una mujer responsable” (12). Pasaron once años para que la actriz pasara en su cine de estafadora a heroína. Pero lo logró.

Referencias:
1. Anne Gillain, François Truffaut: The Lost Secret, Bloomington, Indiana University Press, 2013, p. 102
2. Carole Le Berre, Truffaut at Work, Londres, Phaidon Press, 2005, p. 265
3. Paul Duncan (ed.), Robert Ingram, François Truffaut, Cineasta 1932-1984, Colonia, Taschen, 2004, p. 164
4. Néstor Almendros, Días de una cámara, Barcelona, Seix Barral, 1996, p. 255
5. Antoine De Baecque, Serge Toubiana, Truffaut, a biography, Nueva York, Alfred A. Knopf, 1999, p. 357
6. Horacio González [et. al.], Jean-Paul Sartre, actualidad de un pensamiento, Buenos Aires, Ediciones Colihue SRL, 2006, p. 195
7. Anne Gillain, François Truffaut on cinema, Bloomington, Indiana University Press, 2017, p. 301
8. Ibid., p. 301
9. Annette Insdorf, François Truffaut, Nueva York, Touchtone, 1989, p. 233
10. Carles Balagué, François Truffaut sensibilidad extrema, Madrid, Ediciones JC, 2017, p. 161
11. Annette Insdorf, Op Cit., p. 234
12. Ibid, p. 232

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

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