El “tsunami” Miyazaki: Ponyo y el secreto de la sirenita

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Entre nosotros, de nuevo, el universo alucinado y alucinante del maestro japonés de la animación, el gran Hayao Miyazaki. Ponyo y el secreto de la sirenita (Gake no ue no Ponyo, 2008) es el noveno largometraje que realiza bajo el sello de su compañía, el estudio Ghibli, de donde han salido obras tan magníficas como La princesa Mononoke (1997), El viaje de Chihiro (2002), o El increíble castillo vagabundo (2004), con las que ha conformado una mitología personal influenciada tanto por oriente como por occidente, con filmes que se caracterizan por un desborde a partes iguales de fantasía, leyenda épica y belleza visual, combinación que las hace algo complejas para el público infantil.

Es posible que por eso y quizá pensando en agradar a esa audiencia Ponyo se antoje un volver la mirada hacia la simplificación temática, tal como una de sus obras iniciales para Ghibli, Mi vecino Totoro (1988) y así ganar en espectacularidad visual y narrativa lo que sacrifica en complejidad argumental. Pero no se piense por ello que Miyazaki ha hecho un filme banal: varias leyendas, historias y cuentos centenarios confluyeron acá para traernos la historia de Sosuke, un niño que encuentra y rescata en la orilla del mar a Ponyo, un pez dorado que vive con sus congéneres en las profundidades abisales y que ascendió curioso a la superficie para verse atrapado por una botella que alguien arrojó a las aguas, y que terminará convertido –tras curiosas aventuras- en una sirenita.

Ponyo y el secreto de la sirenita (Gake no ue no Ponyo, 2008)

La tradicional exuberancia visual de sus filmes -que no parece conocer límites a pesar de tratarse de una animación tradicional- se ve beneficiada por el misterio y el encanto insondables del fondo de los mares, un territorio fértil para la imaginación, y que en sus manos se convierte en un universo paralelo con dioses, hadas y espíritus protectores de las aguas. Cierta distancia y frialdad de sus narraciones y de sus personajes serían los únicos lunares de sus historias, incluida esta, pero eso es ya un asunto de su sensibilidad como autor y de la cultura en la que Miyazaki vive y trabaja.

El frágil equilibrio ecológico oceánico subyace a este relato de amistad y perseverancia. El director concibe una fábula donde la decisión de Ponyo de convertirse en humana, aunada a la contaminación de los mares lleva a un desastre con las características de un tsunami. Un mensaje del que carecen usualmente los filmes animados que vienen de este lado del mundo, que aunque inteligentes y sensibles, no llegan a las honduras dramáticas y artísticas de este honesto autor japonés, un verdadero tsunami del arte de la animación.

Publicado en el periódico El Tiempo 14/11/09. Pág.1-20
Casa Editorial El Tiempo, 2009

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

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