Incendiemos París: Bailarina, de Eric Summer y Éric Warin

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Son muchas las películas dirigidas a los niños y a los jóvenes que traen mensajes como “el cielo es el límite”, “vive tus sueños”, “alcanza lo que te apasiona”, “vibra con lo todo que haces”. Entendido. Estamos criando una generación de viajeros, soñadores apasionados, artistas, ecologistas y espíritus libres, pero lo malo es que a ninguno parece interesarle el esfuerzo que se requiere para tener éxito en alguna de esas actividades. Con padres que parecen surtirlos de todo lo que requieran (son a la vez banco, hotel, restaurante, seguro de vida y provisión de contactos e influencias), a los “millennials” (y a los que vienen detrás) no les van los estudios a largo plazo, ni los compromisos, ni los trabajos estables. Lo suyo es “vivir experiencias”. ¿Suena conocido, verdad?

Bailarina (Ballerina, 2016)

Pues bien, aunque Bailarina (Ballerina, 2016) –una coproducción franco canadiense con el respaldo de la Gaumont y que contó con un presupuesto de 30 millones de dólares- apunta en la misma dirección, su énfasis es en la disciplina, en los enormes esfuerzos, sacrificios y renuncias que se exigen para triunfar en eso que nos apasiona, sea el ballet, el deporte de alto rendimiento, la creación pictórica o literaria. No hay atajos para el éxito, hay un largo camino de tropiezos, constancia, práctica cotidiana y voluntad puesta a prueba a todo momento. La protagonista del filme, Félicie (voz de Elle Fanning en la versión original), es una huérfana que escapa con un amigo de un orfanato en Bretaña buscando la gloria en la París de finales del siglo XIX. Ella supone que sabe bailar y que nació para el ballet, pero va saber de primera mano lo que se requiere para llegar a ser parte del ballet de la Ópera de París.

Bailarina (Ballerina, 2016)

Con un esquema que parece surgido de Dickens (orfanato, muchachos picaros, pobreza, una villana 100% malvada), Félicie y su amigo Víctor, dos niños al borde de la adolescencia, llegan a una París que no estaba esperando exactamente su aparición y que los acoge con frialdad. Cada uno vivirá su propia experiencia personal tratando de triunfar –ella como bailarina, él como inventor- pero el acento está puesto en la dificultad que eso implica, en el coraje que se requiere para aceptar que nos equivocamos, que no somos tan buenos como pensamos, que necesitamos volver a empezar, mejorar, superarnos, practicar, practicar, practicar…

Félicie tiene que pagar por sus errores, por no hacer caso, por obnubilarse por un bailarín ruso (ignorando a Víctor, que solo tiene un corazón puro que ofrecerle) y solo al final entenderá que se triunfa si se luchó por ello, no solo si se soñó con ello. En las historias de éxito no hay milagros: hay estudio, sudor, madrugadas, empeño y decisión.

Bailarina (Ballerina, 2016)

Bailarina cuenta con una animación que busca no ser diferente a los parámetros técnicos que Pixar y Disney han impuesto, y por eso los personajes tienen facciones fácilmente reconocibles para el público infantil. Eso en sí no tiene nada de malo, es solo una pretensión comercial que busca aceptación. Bailarina muestra sus valiosos rasgos distintivos en la ambientación parisina de fin de siglo, en esta torre Eiffel a medio construir que parece presidir la ciudad y los encuentros de los personajes, en el tono de aventura de folletín. Ahí nos damos cuenta que esta es una película de sangre europea.

Llegar lejos no es tener un tiquete aéreo que alguien te regaló. Llegar lejos implica un propósito, un plan, unas capacidades y valor para aceptar que tenemos mucho que aprender. Eso lo supo Félicie. No está nada mal como lección de vida.

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