Cine que arde: Bastardos sin gloria, de Quentin Tarantino

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Quentin Tarantino es un blanco fácil. Se le endilga su arrogancia, su vampirismo cinéfilo, su reciclaje impune de fórmulas genéricas de éxito probado, la falta de tridimensionalidad de sus personajes, la capacidad que tiene de vaciar de significado las imágenes que componen sus supuestos homenajes al cine ajeno, delineando un estilo que es una “colcha de retazos” del trabajo de los demás y donde nada es propio, excepto la capacidad aparentemente infinita de manipular al espectador encandilándolo con fuegos artificiales que viéndolo bien no son más que humo.

Todo eso es cierto, pero tales juicios se enfrentan a una muralla sólida: el todo es aquí mayor a la suma de las partes. La mayor virtud del cine de Tarantino es saber mezclar en justa medida cada uno de los “retazos” que encuentra, ve, oye o lee por ahí y armar con tino unos relatos de calculada imperfección, visceral violencia, negrísimo humor y una banda sonora impagable, que vistos como un todo son piezas de entretenimiento que, aceptémoslo de una vez por todas, cautivan, quiérase o no caer en su juego. Porque para Tarantino –por favor no lo olvidemos- el cine es juego, un simple lienzo donde plasmar sus agudezas, su ingenio retorcido, su oído musical, su amor por el cine de serie B, elevado por él a la categoría de obra de arte influyente.

Bastardos sin gloria (Inglorious Basterds, 2009)

Bastardos sin gloria (Inglourious Basterds, 2009)

La conexión con el público, encantado con el juguete brillante que Tarantino les entrega cada tanto, es completa. Se trata de unos espectadores que han hecho un culto de su obra y para quienes las advertencias, admoniciones, reconvenciones y gritos destemplados de buena parte de la crítica frente a este director tienen una importancia cercana al cero absoluto. El fenómeno Tarantino supera entonces lo cinematográfico para acercarse a lo social y ante todo a lo publicitario, a la invisible y exitosa unión que se da entre un producto y aquellos que lo consumen. A él se le adora (abiertamente o como placer culposo) o se le odia, pero jamás se le ignora.

Ante Bastardos sin gloria (Inglourious Basterds, 2009) pasa lo mismo, pero su envergadura temática y técnica –que la diferencia claramente de sus otras películas- obliga a una serie de consideraciones diferentes a las que uno utiliza para referirse usualmente a un filme de Tarantino. Al tratarse de su primera película de época (situada en Francia entre 1941 y 1944) ha contado con unos elevados valores de producción, que se reflejan en una rica puesta en escena que contribuye en buena medida a la sensación de que se trata de una narración de corte clásico, y aunque esto es cierto en cuanto a la linealidad temporal del relato, la inclusión de elementos no diegéticos de carácter explicativo (una voz en off, flechas, avisos, una explicación sobre la combustibilidad de la película de nitrato) nos recuerda que este es el universo de Tarantino y que todo puede pasar, hasta la alteración e invención de sucesos de la Segunda Guerra Mundial. El carácter de fábula del filme (el primero de los capítulos en que está dividido se llama, no por casualidad, Había una vez en la Francia ocupada por los nazis) le permite licencias casi infinitas y la posibilidad de jugar a su amaño con las expectativas del público, que conoce la versión de los sucesos que la historia le ha enseñado, pero no la versión “tarantinesca” alterna.

Bastardos sin gloria (Inglorious Basterds, 2009)

Bastardos sin gloria (Inglourious Basterds, 2009)

Ya mencionamos indirectamente que es un filme aparentemente bélico, inspirado –por lo menos en su espíritu inicial- en Aquel maldito tren blindado (Quel maledetto treno blindato, 1978) el filme de Enzo G. Castellari que en inglés se conoció como Inglourious Bastards y que es fiel representante del género llamado macaroni combat, la respuesta y reinterpretación italiana a las películas de Hollywood sobre comandos de valientes/suicidas/renegados como Los doce del patíbulo (The Dirty Dozen, 1967), Donde las águilas se atreven (Where Eagles Dare, 1968) o Kelly´s Heroes (1970). Tarantino arma también su propio comando de élite, integrado por soldados norteamericanos judíos, y comandado por el Teniente Aldo Raine (Brad Pitt), con la misión de llegar a Europa, infiltrarse en las líneas enemigas y matar nazis. Cada uno de “los bastardos” del teniente tiene la misión de entregarle cien cabelleras nazis como símbolo del cumplimiento de su misión.

El escalpe se hace leyenda y pronto el oficial se conoce como Aldo “el apache”. Una pista adicional, por si ya no lo habíamos notado, de que Tarantino trata de hacer un western con Bastardos sin gloria. La monumental secuencia de apertura del filme remite, en sus planos generales y en su puesta en escena, a los spaghetti westerns de Leone como El bueno, el malo y el feo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966), con todo y música de Morricone, y en extraña simbiosis, al mismísimo John Ford de Más corazón que odio (The Searchers, 1956), en el plano en que la joven judía Shosanna (Mélanie Laurent) huye de la muerte y la vemos enmarcada por una puerta abierta, como a Ethan (John Wayne) en el clásico de Ford. Las emboscadas cuasi indias, el abaleo en un sótano de una taberna y la “pintura de guerra” de Shosanna previa al momento cumbre del filme nos remiten con claridad al far west…o eso pensábamos. Pero realmente no es así. Las referencias al western constituyen una de las habituales evocaciones cinéfilas de Tarantino y cuando de repente el caricaturesco accionar de “los bastardos” pasa a un segundo plano nos damos cuenta que Bastardos sin gloria es en realidad una emotiva película sobre el cine.

Bastardos sin gloria (Inglorious Basterds, 2009)

Bastardos sin gloria (Inglourious Basterds, 2009)

De la poco ortodoxa cinefilia de Tarantino no hay nada más que agregar: los (malos) ejemplos cunden en su propia obra. Sin embargo es todo un placer que en esta película las referencias cinéfilas no sólo sean tan concretas, exactas y elegantes, sino centrales a la trama, como si el director quisiera afirmar que lo suyo es antes que nada amor a todo el cine. G.W. Pabst, Leni Riefenstahl, Max Linder, Chaplin, David Selznick, Louis B. Mayer, Hawks y su Sargento York, el cine de la UFA, Emil Jannins, Clouzot y Le Corbeau, son sólo algunas de las más evidentes referencias, amén de la presencia de un crítico de cine como malhadado héroe de guerra inglés. El uso del cine como propaganda por parte del ministro Joseph Goebbels servirá a Tarantino para imaginar un plan para asesinar a la plana mayor de los nazis, Hitler incluido. Que Shosanna –unos años después de su fuga- regente una pequeña sala de cine en París será la disculpa argumental suficiente. Y que ella tenga ganas de venganza será el detonador principal de la “Operación Kino”, sin mencionar que “los bastardos” intervienen, sin saber que ella tenía la misma idea. Las películas como arma, la sala de cine como trampa… vaya metáfora. Lenin, citado por Mussolini durante la inauguración de Cinecittà, afirmó que “la cinematografía es el arma más fuerte”. Los gobiernos totalitarios los supieron bien en términos de propaganda, pero en esta película el arma tiene efecto boomerang, como lo entenderán quienes vean el filme y se dejen sorprender por su clímax ardiente.

Es fácil pensar que tantos elementos den como resultado un filme hiperviolento salido de control, pero Tarantino nunca pierde el pulso. Es más, las cuatro secuencias más tensas de la película son conversaciones alrededor de una mesa, diálogos cargados de inteligencia y riesgo. Dos palabras que definen bien un filme tan sugerente como Bastardos sin gloria.

Publicado en la Revista Kinetoscopio no. 88 (Medellín, vol. 19, 2009), pags. 119-121
©Centro Colombo Americano de Medellín, 2009

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