Los colonos, de Felipe Gálvez

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“Se trata de un gran tragedia. La más grande cometida contra los pueblos indígenas en el territorio chileno. Fue un proceso de exterminación lo que allí ocurrió. Se trata de un genocidio. Entre las últimas décadas del siglo diecinueve y las primeras del siglo veinte, la política de concesiones del Estado y la introducción del ganado lanar en las estepas del sur del mundo condujeron a la eliminación física de buena parte de los Aónikenk, a la totalidad de los Selk’nam y a prácticamente todos los pueblos canoeros, Kawésqar y Yagán”, reza el informe de “La Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato con los Pueblos Indígenas” de Chile que se entregó al presidente Ricardo Lagos en 2003.   

Los colonos (2023)

A finales del siglo XIX, el gobierno de Chile le entregó la concesión de un millón de hectáreas en Tierra del fuego al portugués José Nogueira y trescientas mil a Mauricio Braun.  Para consolidar el emporio ovino que iba a llamarse “Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego”, Nogueira se casó con la hermana de Mauricio, Sara Braun. Al morir su esposo, ella se convirtió en la cabeza de la empresa. Pero faltaba otro socio para añadir a la familia: el latifundista José Menéndez, de origen español, que tenía haciendas a ambos lados de Los Andes: Josefina, la hija de Menéndez, se casó con Mauricio Braun. Todo el negocio quedaba en familia. Solo faltaba deshacerse de los “incómodos” indígenas de la región.

Los colonos (2023)

Los Selk’nam (también conocidos como Onas) con sus costumbres nómadas, rompían las cercas de alambre que contenían los rebaños de ovejas, se robaban los animales y se los comían, pues los ovinos habían desplazado a los guanacos que eran su alimento. Además sus campamentos se atravesaban en el traslado de los rebaños hacia los puertos. Desde la óptica de los empresarios entorpecían el progreso de la región y había que tomar medidas en el asunto. De eso se encargaron los empleados de las haciendas, incluyendo mercenarios como el suboficial británico Alexander MacLean, “chancho colorado”, capataz de las haciendas de Menéndez y principal cazador de indios de la región. Las vejaciones colectivas que MacLean y sus hombres cometieron contra los Selk’nam y otras tribus de la Patagonia son inenarrables. Peese a eso, la historia oficial fue la del progreso y la pujanza comercial de la Tierra del fuego. El genocidio indígena quedó casi como un pie de página. Tal fue su exterminio que apenas en octubre de 2023, fue promulgado el reconocimiento legal al pueblo Selk’nam, convirtiéndose en el undécimo pueblo indígena oficial de Chile.

Los colonos (2023)

Esta contextualización que he hecho es necesaria para entender la dimensión de lo que ocurre en Los colonos (2023), la opera prima de Felipe Gálvez, que transcurre entre 1901 y 1097, en Tierra del fuego. La película es “la otra” conquista del oeste, ya no en territorio estadounidense, sino en Chile, pero el tono de western se mantiene. Alexander MacLean (interpretado por Mark Stanley), se va junto a un cowboy norteamericano, Bill (Benjamin Westfall) y a un mestizo cuya única bondad es ser buen tirador, Segundo (Camilo Arancibia), rumbo al fin del mundo. Los tres son empleados de José Menéndez (el gran Alfredo Castro) y sus órdenes son claras: buscar indios que matar. Como toda road movie, Los colonos es episódica, pero es tal la sublimación y extrañeza de los sucesos y encuentros, que la película llega a parecerse –he ahí la fascinación que causa- a Apocalypse Now (1979), que es también una búsqueda, en su lirismo y en su capacidad de sorprendernos. Es como si mientras más al sur fueran ellos, más extraña sea la realidad que encuentran y más la sospecha y la desconfianza que se cierne dentro de cada uno de los protagonistas.

Los colonos (2023)

Dividida en capítulos, cada uno con un nombre, Los colonos tiene no solo una mirada objetiva, también tiene la de Segundo, un joven que se encuentra en medio de varias guerras: la que debe enfrentar contra los indígenas, la que tiene con sus compañeros de viaje y la que debe enfrentar consigo mismo como mestizo. Aunque proviene de la isla de Chiloe y no es su ancestro nativo el directamente afectado, no puede sencillamente cerrar los ojos frente a lo que ocurre, así sea empleado de José Menéndez y esté recibiendo dinero por su tarea. Su actitud renuente y pasiva demuestra esa lucha interna que lo consume ante la barbarie que no solo atestigua, sino que valida con su presencia y con la falta de decisión frente a dejar todo de lado, huir o matar a sus compañeros de viaje. Esas contradicciones lo consumen, pero son las mismas de aquellos chilenos que dieron la espalda a lo que ocurrió y que con su mutismo fueron cómplices de semejante genocidio.

Los colonos (2023)

La película no tiene que ser muy explícita para mostrar el tamaño de la tragedia. Bastó solo una secuencia, un ataque a mansalva a un pequeño grupo de nativos –prácticamente una familia-  para entender la lucha tan desigual que se libraba y que incluía además el abuso sexual de las mujeres. Lo demás es desolación geográfica y humana, embriaguez, encuentros con grupos humanos diversos, la desacralización del geógrafo Francisco Moreno, sadismo…en fin,  el corazón de las tinieblas humanas. Es tan abstracto lo que se vive en Los colonos que no hay un cierre narrativo al relato de las aventuras de MacLean. El epilogo unos años más tarde es apenas el comienzo de la búsqueda de justicia y reparación. Aún amañadas a favor de los poderosos, pero por lo menos presentes. También –y lo valoro- es un homenaje a la resistencia civil indígena. A no dejarse presionar a entrar en un juego de representaciones ficticias que deje las almas tranquilas en la capital. Kiepja (Mishell Guaña), la mujer de Segundo, cambió su nombre a Rosa. Es ya suficiente sacrificio como para posar ahora siendo lo que no es.  

Los colonos (2023)

Los colonos es una película que invita a esa resistencia. Sus intenciones son revisionistas y por ende políticas. El director Felipe Gálvez y Antonia Girardi escribieron un guion, junto a Mariano Llinás, que ante todo busca denunciar el silencio. Un silencio de más de un siglo, un silencio tan atronador que sus ecos terminan resonando por toda América latina, la doblemente colonizada, primero por los españoles y después por los mismos criollos a las órdenes de unos gobiernos que nunca vieron hacia adentro, hacia sus propios pueblos ancestrales, hacia la herencia afroamericana, hacia lo que nos convirtió en lo que somos, pero que seguimos empecinados en negar.  

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.    

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