La ciudad furiosa: Metrópolis, de Fritz Lang

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Los espectadores que asistieron al estreno de Metrópolis en Berlín el 10 de enero de 1927 encontraron una película que escapaba a cualquier cosa que hubieran visto. En sus 2 horas y 33 minutos de duración los llevaba hasta un futuro en el que los poderosos mantienen subyugados a los obreros y operarios de una enorme maquinaria subterránea que da vida a una ciudad moderna, llena de rascacielos, autopistas y aviones que la surcan. La portentosa puesta en escena, cortesía de los diseñadores Otto Hunte, Erich Kettelhut y Karl Vollbrecht servía para empequeñecer aún más a los hombres que, como borregos, asumen en resignada fila india su entrada al complejo industrial donde cumplen pesadas labores como operarios de las máquinas que son el corazón eléctrico de la gigantesca urbe.

Visualmente la película era extraordinaria para su época. Los efectos especiales, que incluyen miniaturas, fotografía de stop-motion, sobreimpresiones y por primera vez el proceso Schufftan, que por medio de espejos lograba insertar a personas en decorados dibujados o fotografiados. Todo parece posible en este filme donde una robot perfecta se hace mujer, donde una máquina se convierte en un monstruo que devora hombres o donde una inundación por poco anega una ciudad subterránea.

Metropolis (1927)

Metropolis (1927)

Señalando los peligros de la industrialización desmedida, Metrópolis puede leerse como una metáfora de redención mesiánica, encarnada en la figura de Freder, el hijo del magnate todopoderoso de la ciudad, Jon Frederson. El una vez ocioso y aniñado Freder toma consciencia de la subyugación a la que son sometidos los trabajadores y – con la ayuda de María, una mujer que catequiza a los obreros en una especie de capilla en la catacumbas- está dispuesto a asumir un papel mediador entre ellos y a su padre. Freder es el elegido, el que esperan que llegue para salvarlos, el “corazón” que debe interceder entre la “cabeza” y las “manos”, tal como el epígrafe de la película nos ilustra. Sin embargo tan idealista propósito va a encontrar un sinnúmero de dificultades, incluyendo un disociador clon de María, hecho partir de una robot creada por un científico loco.

Pese a lo arriesgada de su propuesta visual y de diseño, el director Fritz Lang parece quedarse corto en su ideología de corte socialista, tal como lo reconocería él mismo años después: “Es absurdo decir que el corazón es el intermediario entre las manos y el cerebro, o sea entre el empleado y el empleador. El problema es social y no moral”, comentaba en una entrevista para la revista Cahiers du Cinéma realizada en 1965. La resolución pacífica y romántica de esta historia de sublevación y anarquía hizo que muchos se sintieran defraudados con una narración que pareció temer al curso que estaban teniendo los hechos relatados y prefirió ser conformista y simplista, adobando todo con “una salsa de sentimentalismo completamente peculiar”, como la tildó el escritor H.G. Wells.

Metropolis (1927)

La leyenda dice (recordemos que el cine vive de mitos como este) que Fritz Lang obtuvo la inspiración para esta película gracias a un viaje a Estados Unidos, país al que fue enviado en 1924, junto al productor Erich Pommer, por la productora alemana UFA para promocionar el estreno de Los nibelungos (Die Niebelungen, 1924). Según sus palabras, “Mientras visitaba Nueva York pensaba que era el cruce de caminos de múltiples y confusas fuerzas humanas, enceguecidas y golpeándose unas a otras, en un deseo irresistible de explotación y viviendo en una ansiedad perpetua. Pasé un día entero caminando por las calles. Los edificios me parecían un velero vertical, chispeante y muy luminoso, un lujoso telón de fondo suspendido en el cielo oscuro para deslumbrar, distraer e hipnotizar. De noche la ciudad no daba simplemente la impresión de estar viva: vivía como viven las ilusiones. Sabía que debía hacer una película de todas estas impresiones”, relataba en la misma entrevista ya mencionada.

La actriz Brigitte Helm en Metropolis (1927)

La actriz Brigitte Helm en Metropolis (1927)

Sin embargo todo indica que desde hacía por lo menos un año venía preparando la idea de plasmar una utopía futurista que era más parecida al infierno del presente que al cielo del progreso. Junto a su esposa y guionista, Thea von Harbou, empezó inspirarse de fuentes como la película rusa de ciencia ficción Aelita (1924), el drama de Karel Capek, R.U.R., escrito en 1920 y las novelas de H.G. Wells. Von Harbou hizo primero una novela con estas ideas, obra que incluso ya estaba terminada cuando Lang regresó a Berlín a finales de 1924. La UFA quería competir con los productos de Hollywood y por eso aceptó un proyecto de una envergadura inimaginada, que implicaría dos años de trabajo y más de un millón de dólares invertidos en una producción que tuvo (según los boletines de prensa) 8 actores en papeles protagónicos, 750 personas en roles secundarios y 37.000 extras. Sin contabilizar quedó el apocalíptico temperamento de Fritz Lang, que parecía deleitarse haciendo sufrir a todos los actores y al equipo técnico con sus exigencias.

A pesar de la buena respuesta del público durante del estreno del filme (curiosamente los intelectuales y los partidos políticos se dividieron entre quienes la denominaban fascista y los que la alineaban al comunismo), la UFA le quitó media hora a la película a las tres semanas de su debut. Al momento de su estreno en los Estados Unidos, en marzo de 1927, los distribuidores -tanto alemanes como extranjeros- ya habían decidido aprovechar al máximo lo que el filme podía darles en la taquilla y por eso la dejaron en menos de 90 minutos de duración, con intertítulos escritos por el dramaturgo Channing Pollock, que dejó por fuera el simbolismo de los textos originales. Tras décadas de ser presentada de manera incompleta y sin restaurar, en 1984 la herejía se hizo mayor, al ser presentada con una banda sonora de pop y rock cortesía de Giorgio Moroder y que incluía canciones de Freddie Mercury y Pat Benatar, con escenas añadidas de diversas copias, fotos fijas y virajes a color a partir del blanco y negro original.

Metropolis (1927)

Metropolis (1927)

El camino de la restauración

En 1987 Enno Patalas y el Archivo Fílmico de Munich presentaron una nueva versión con intertítulos y fotos fijas reemplazando a las escenas. En el 2001 la Murnau Foundation, con supervisión del restaurador Martin Koerber, presentó un montaje restaurado de 124 minutos a partir del material reunido por cuatro archivos fílmicos. Pero faltaba una auténtica sorpresa: en el 2008 el curador del Museo del Cine de la ciudad de Buenos aires anunció el hallazgo de una copia negativa en 16mm de Metrópolis prácticamente con el metraje original que presentó Lang en 1927, incluyendo 25 minutos nunca vistos después del estreno berlinés. Esa versión inédita llego a la Argentina hace más de 80 años gracias al distribuidor Adolfo Z. Wilson, para luego pasar a las manos del coleccionista Manuel Peña Rodríguez, que a su vez la vendería luego al Fondo Nacional de las Artes, donde se hizo la copia de respaldo en 16mm a partir del original en nitrato.

Tras este hallazgo se hizo una nueva restauración a cargo de la Murnau Foundation y su restauradora Anke Wilkening, trabajando junto a Martin Koeber, en ese momento curador del Departamento de cine de la Cinemateca Alemana. Con un costo de 600.000 euros, esta nueva Metrópolis digitalizada integró el contenido encontrado en Buenos Aires y le devolvió a la película su estructura original.

Metropolis renació. Pensé que ya la había visto hacía años. Pero no, estaba engañado. Había visto –como muchos otros- versiones truncadas, copias deterioradas, sombras que sin embargo no ocultaban del todo el ingenio de esta obra maestra del cine alemán, que ahora brilla sin nube alguna. Esa es la versión definitiva que ahora puede disfrutarse y con ella maravillarnos de lo que Fritz Lang supo volver imágenes.

Publicado originalmente en el suplemento “Generación”, del periódico El Colombiano (Medellín, 02/09/12), con el título “Metrópolis renace”, págs. 16-17
©El Colombiano, 2012

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