La frontera final: High Life, de Claire Denis

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“Pienso que mis películas tienen cierta ternura, cierta humanidad y eso es para mí lo que cuenta”
-Claire Denis

High Life (2018), aunque lo parezca, no es una película de ciencia ficción. En realidad es una película de Claire Denis ambientada en el espacio exterior en un futuro especulativo, en el que ya es posible viajar en una nave tripulada más allá del sistema solar casi a la velocidad de la luz. La directora francesa aprovecha esta puesta en escena claustrofóbica para contarnos una historia abundante de símbolos religiosos y de reflexiones acerca de los límites de la naturaleza humana sometida al aislamiento y a la anarquía.

Los ocupantes originales de la nave espacial “7” son prisioneros, pero no solo por su obligado enclaustramiento, sino por su origen: todos en la Tierra eran presos condenados a muerte a los que se les dio la opción de cambiar su ejecución por un viaje espacial hacia lo desconocido. Por eso no se comportan como astronautas, ni nada en High Life corresponde a las expectativas preconcebidas que tenemos sobre filmes de viajes espaciales. Ni la nave, ni su ambientación, ni su tecnología ni sus ocupantes, ni el desarrollo de la misión, nada.

High Life (2018)

Todo parece corresponder a una sublimación de la realidad, a un proyecto espacial secreto de Europa del Este, a unas capacidades informáticas predigitales, a un experimento con seres humanos. High Life es por sí misma un experimento, un guiño a la atmósfera que planteó Andréi Tarkovski en Stalker (1979) y en Solaris (1971), un thriller en el que ya sabemos qué fue del destino de la mayoría de los tripulantes, pero no sabemos cómo ocurrieron los hechos, un facsímil del jardín del Edén, una radiografía de la ansiedad sexual, una insinuación del tabú innombrable, de los riesgos de ir contra la naturaleza…

La película tiene la perspectiva de uno de los ocupantes, Monte (Robert Pattinson): él mismo narra los hechos y reflexiona sobre ellos. Con Monte iremos atrás y hacia adelante en una narración que en la mayoría del metraje está estructurada como un flashback, con esporádicos saltos aún más atrás en el tiempo, a la vida en la Tierra, a los motivos que llevaron a Monte a estar allá.

High Life (2018)

La disculpa de la misión es estudiar los agujeros negros como posible fuente de energía en la Tierra, pero en realidad hay motivos adicionales que tienen que ver con el plano bioético –Juliette Binoche interpreta aquí a una oficial médica con antecedentes penales- y con la subordinación que implica que los tripulantes de la nave sean prisioneros y se comporten como tal. El encierro, el choque de voluntades, la negación del placer mutuo, el onanismo como respuesta degradada, la enfermedad física y la impotencia frente al destino van a cobrar sus víctimas. Y ahí High Life se torna un thriller tan existencialista como violento. Nos hace acordarnos que esta no es exactamente una nave espacial, que esta es una cárcel.

Principio y fin (para leer después de ver High Life)
Un día Monte amanece con una joven mujer en su litera. Una joven que no habíamos visto antes en la nave, pero que para él no parece ser una extraña. El recuerdo cinéfilo retrocede hasta las bellas alucinaciones de Solaris, pero no, no es una alucinación. Es el tiempo -los días, los meses, los años- el que tiene la explicación. Ambos están ahora solos. Son la única pareja en ese punto del universo. Pero corresponden, así mismo, a un relato bíblico: “Entonces el Señor Dios hizo caer sobre el hombre un profundo sueño, y cuando este se durmió, tomó una de sus costillas y cerró con carne el lugar vacío. Luego, con la costilla que había sacado del hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre. El hombre exclamó: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Se llamará Mujer, porque ha sido sacada del hombre”.

High Life (2018)

Ahora él y ella están llegando a un agujero negro que parece el apropiado para ser estudiado. Por ello se lanzan al vacío, abandonando la nave en una cápsula, abandonando el jardín del Edén que ahí había. Es la frontera final, es el punto de no retorno. Antes de dejarlos ir, Claire Denis nos lleva a una muy breve escena previa, de apenas dos primeros planos. Monte le dice “¿Vamos?” y ella responde, “Sí”. ¿A qué la invita? ¿A abandonarse en el espacio exterior o abandonarse a él, rompiendo el último tabú? No importa, ya no hay marcha atrás. Fade to black.

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

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