Nostalgia del león

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Juan Carlos González A.

Va a empezar la película. Es uno de mis musicales favoritos, Un americano en París. Antes de los créditos -con el collage de la música de George Gershwin- está el león de la Metro Goldwyn Mayer, enmarcada su cabeza por el lema “Ars Gratia Artis”. Sin duda es un símbolo de poder y de grandeza empresarial. Su rugiente aparición dura un par de segundos pero es suficiente para generar en el espectador –de ayer, de hoy- esa confianza de estar frente a un producto de gran factura. Miren por ejemplo la ficha técnica de esta película: producción de Arthur Freed, dirección de Vincente Minnelli, coreografía y actuación de Gene Kelly, dirección de arte de Cedric Gibbons, vestuario de Orry-Kelly y música de los hermanos Gershwin. No fue casualidad que el filme obtuviera 6 premios Oscar, no había alternativa distinta ante semejante conjunción de genialidad y calidad.
La MGM hacia cine así, a gran escala, con los mejores hombres, con los más talentosos artistas. Era el ideal que todos identificábamos con Hollywood. Por eso mismo se preciaron con orgullo de tener más estrellas que el cielo. Y en un momento dado parecía ser cierto: era la casa de Greta Garbo, Clark Gable, Douglas Fairbanks, Joan Crawford, los hermanos Marx, Judy Garland, Spencer Tracy… toda una constelación que aún brilla en el recuerdo.
Pero todo se vino abajo y con una deuda acumulada de 4.000 millones de dólares, el estudio que Marcus Loew creó en 1924 al fusionar Metro Pictures con la Goldwyn Pictures y traer a Louis B. Mayer para que administrara el naciente emporio, se declaró el pasado 3 de noviembre oficialmente en bancarrota, acogiéndose al capítulo 11 de la ley de quiebras de los Estados Unidos. Tras acordar esta decisión con sus acreedores, la MGM cree superar el proceso de suspensión de pagos en aproximadamente un mes. Luego de su reestructuración y saneamiento, que incluye una reducción profunda de su tamaño, la compañía pasaría a ser dirigida por la productora Spyglass Entertainment y quizá podamos verla seguir adelante con la franquicia de James Bond y con otros proyectos por ahora suspendidos.
Lo que le pasó a la MGM es muy complejo de explicar en términos económicos, pero responde al agotamiento del antiguo sistema de estudios y a una falta de flexibilidad que no le permitió reorientar su modelo de negocios para afrontar los retos que desde 1973 le impidieron seguir produciendo filmes activamente. Y a lo mejor de nostalgias podemos vivir los cinéfilos, pero no las empresas.
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