Quitarse la venda: Martin Eden, de Pietro Marcello

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El hombre que le habla a una cinta magnetofónica que graba sus palabras en la primera escena de Martin Eden (2019) es el protagonista de este filme que lleva su nombre como título. Ese Martin que vemos y escuchamos ahí nos habla desde un futuro al que esta narración va a llevarlo. Lo que dice –puesto como prólogo de la película- funciona como sinopsis de lo que apenas vamos a empezar a ver y puede que en ese momento no entendamos el sentido de esas palabras. “Así que el mundo es más fuerte que yo. Contra su poder no tengo nada, excepto a mí mismo, lo cual en cualquier caso es algo considerable. Porque mientras yo no me deje avasallar, yo también soy una fuerza. Y mi fuerza es temible mientras tenga el poder de mis palabras para contrarrestar la del mundo. Quienes construyen prisiones no se expresan tan bien como quienes construyen libertad”, afirma.

Martin Eden (2019)

Ahí está el credo de Martin Eden (maravillosamente interpretado por Luca Marinelli), un hombre que va a enfrentarse a un mundo que es social, cultural y económicamente adverso a él. Y va a hacerlo con la fuerza de sus palabras y sus ideas, fruto de una educación autodidacta que él mismo se construyó buscando ser digno del amor de una mujer, una que pertenecía a una clase social poderosa, excluyente y endógamica, que no es la suya. Martin Eden es una historia épica sobre la vida de un hombre que va a buscar la emancipación a través de la educación: ese sendero es el de gran parte del filme, que nos muestra a un joven marinero prácticamente analfabeta al que una ilusión romántica lo hace reaccionar y buscar cómo educarse por sus propios medios, con la esperanza de volverse escritor, y quizá así conquistar a esa mujer objeto de su deseo. No es tarea fácil y Martin verá muchas veces como sus buenas intenciones se estrellan contra un estado de las cosas al que le conviene su ignorancia y la docilidad derivada de ella.

Martin Eden (2019)

Como inicialmente a Martin lo mueve el romanticismo, la película tiene en esos momentos un tono idealista y optimista, que incluye un despliegue de fervor amoroso y un cruce epistolar entre él y su amada Elena (Jessica Cressy), parecido al que Truffaut nos mostró en Las dos inglesas y el amor (Les deux Anglaises et le continent, 1971). Es el punto de su vida en el que él cree que su voluntad autodidacta es suficiente para conquistar sus fines, sin saber que el camino al éxito está erizado de obstáculos. A medida que aprende más, se quita la venda de ingenuidad que le tapaba los ojos y le impedía ver el porqué de su ignorancia. Y por eso entiende que debe desconfiar de la política y abrazar el individualismo que siempre ha predicado. La lectura de la obra del pensador inglés Herbert Spencer acabó de convencerlo: tenía que convertirse él solo en el más apto para sobrevivir.

Martin Eden (2019)

Esto, sin embargo, acaba pervirtiendo sus fines. En últimas lo que este hombre va a lograr en su viaje vital es una desilusionada toma de consciencia sobre sí y a entender que pese a todo lo que consiga, siempre estará excluido, siempre tendrá dudas sobre las intenciones de quienes a él se acercan, nunca será del todo feliz. Ese Martin Eden exitoso es un ser cínico, viviendo en un estado de sopor en medio de su arrogancia intelectual. Ahí el tono del filme se acerca a la ruina emocional y a la decadencia moral descrita por Visconti en su cine. Martin está espiritualmente muerto, su intelectualidad y su individualismo no lo salvaron. Pese a todo nunca dejó de ser una víctima de ese mundo capitalista y mercantilista que era más fuerte que él.

Martin Eden (2019)

¿Qué mundo habita Martin Eden? No lo sabemos con claridad. La película intencionalmente es una amalgama de anacronismos de la Italia del siglo XX. ¿Son los años treinta? ¿Acaso dos décadas más tarde? ¿Será la década del sesenta? Ese rango amplio, al que contribuyen imágenes de archivo que se integran orgánicamente al relato, lo que pretende es mostrar que Martin Eden, más que un personaje es un arquetipo, un símbolo atemporal que en el que cualquiera puede verse, y que sirve para constatar que la iniquidad y la lucha de clases siempre han estado presentes, y que son transversales a cualquier época y a cualquier país, pues los guionistas del filme, Maurizio Braucci y el director Pietro Marcello, se inspiraron libremente en una novela autobiográfica de igual título publicada en 1909 por Jack London y que estaba ambientada en Oakland, California. Esta decisión, narrativa y formal, es tan atrevida como fascinante y convierte a Martin Eden en una obra potente, reflexiva y evocadora.

Es solo la vida de un hombre, sí. Pero su ansia, su sed y su desencanto son patrimonio humano, mostrado acá en su frágil contradicción, esa vibrante capacidad de hacer de todo ello un reino, o una prisión. O ambos.

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

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