Lo terriblemente hermoso: Godland, de Hlynur Pálmason

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A veces una película requiere del mito para gestarse. Y el que dio origen a Godland (Vanskabte land, 2022) es muy sugestivo y suculento. Leamos lo que nos dicen a manera de prólogo de este largometraje: “Se encontró una caja de madera en Islandia con siete fotografías de placa húmeda tomadas por un sacerdote danés. Estas imágenes son las primeras fotos de la costa sureste. Esta película está inspirada por estas fotografías”. ¿Dónde se encontró esa caja? ¿Hace cuánto? ¿Qué muestran las fotos? ¿Cuáles de ellas se reproducen en el filme? Esas preguntas surgen en la cabeza de cualquiera al enterarse de este suceso y con esa expectativa nos lanzamos al universo de Godland esperando respuestas o por lo menos encontrar una ficción que le haga justicia a tal hallazgo histórico.

Godland (2023)

El director y guionista Hlynur Pálmason –islandés, pero que estudió en la Escuela Nacional de Cine de Dinamarca- parte de esa anécdota para hablarnos de las relaciones entre ambas naciones y lo que representaba para la Islandia de fines del siglo XIX estar aún bajo dominio danés y que se le impusiera un idioma y unos dogmas religiosos que no eran los suyos. Pero esto no se traduce en un discurso panfletario ni en un filme político explicito, sino en una magnífica película sobre  el encuentro entre un hombre de fe con una tierra ajena que lo acoge con prevención y sin intención alguna de ser dócil. Lucas, el sacerdote protestante danés que protagoniza Godland, lleva a todas partes consigo una cámara de placas de madera de 8 x 10 pulgadas con su pesado trípode, presto a documentar su misión de construir una iglesia en suelo islandés antes que arrecie el invierno. El paisaje que descubre le sorprende –tanto como a nosotros- por agreste, por ser terriblemente hermoso, por inconquistado e inconquistable. Para Lucas se vuelve un reto misional y una penitencia atravesar a caballo esa nación colonizada por los suyos y que ahora lo recibe con inocultable desdén.

Godland (2023)

Este no es un filme paisajista. Hlynur Pálmason tomó la decisión de rodarlo en formato académico  (1.37:1), que se asemeja a lo que la cámara del sacerdote registra, y nos hace pensar en Godland como un documento histórico en sí mismo, como una crónica que surgiera del pasado; y gracias a esa rigurosidad formal evita que el pintoresquismo se apodere de la narración. Los bellos paisajes naturales de una tierra prácticamente virgen están ahí como símbolo altivo de resistencia –volcán incluido- no solo como expresión pura de la naturaleza. La película les da un sentido, incluso los convierte en símbolo inexorable del paso del tiempo. Lucas (Elliott Crosset Hove) admira lo que ve, pero también le teme, esos parajes indómitos son la extensión de lo que los pobladores islandeses sienten hacia él.

Godland (2023)

Ragnar (Ingvar Sigurðsson) representa al islandés veterano, desconfiado y altivo, conocedor profundo de su terruño y sus secretos. Él será –a regañadientes- el guía de Lucas y de su traductor, pero no hará nada más allá que conducirlos hacia su lugar de destino. Para él Lucas es el invasor, el país extranjero que impone un idioma y un credo que le son ajenos. Por eso ese desprecio y esa indolencia que le demuestra, sentimientos que van calando en Lucas, haciéndolo olvidar los postulados cristianos de su fe. No hay empatía, ni misericordia, ni perdón en su corazón. Solo una rabia muy humana, pero a la vez muy alejada de los mandatos humanistas que deberían  gobernar su apostolado. Es como si Islandia hubiera nublado al pastor y hecho aflorar al hombre con todas sus flaquezas… y sus dudas. 

Godland (2023)

La coraza de fe de Lucas se va derrumbando a medida que se acumulan infortunios, cansancio, enfermedad y climas extremos, situaciones inexplicables para un hombre que lleva consigo una misión pastoral que él considera santa y por ende intocable. ¿Cómo permite Dios que esto le pase? Y él le reza, “Ayúdame, aconséjame y sé fiel a todo lo que has prometido”  y ante su silencio él mismo se responde. Dios calla, como ocurrió tantas veces en el cine de Ingmar Bergman, dejando un enorme vacío vital en sus personajes. Más adelante, ya al construir la iglesia  Ragnar le pregunta a Lucas como escuchar a Dios, y este le responde “No se trata solo de escuchar. Es más un sentimiento”. Pero ante el silencio absoluto, ese sentimiento en el sacerdote se va desmoronando.  El director Hlynur Pálmason, citando a un poeta islandés, menciona unos versos que explican la angustia existencial del protagonista: “Y aquí estás abandonado. Abandonado por todos, excepto por Dios. Pero Dios no existe”.  

Godland (2023)

Al español Lope de Aguirre lo cegaba la ambición de encontrar la ciudad de El Dorado y no supo ser humilde ante lo que implicaba la implacable selva amazónica que no se rindió antes sus pies, tal como nos lo mostró Werner Herzog en Aguirre, la ira de Dios (Aguirre, der Zorn Gottes, 1972). Desprovisto de sus certezas espirituales, Lucas no pudo soportar que en su momento de mayor incertidumbre fuese un hombre y no su Dios quien lo salvara. Y por eso sucumbió ante la ira, la sed de desquite y la lujuria. Todo fue en vano, tanto para Aguirre como para él. El Dorado no existía. Tampoco existen las fotografías de placa húmeda tomadas por un sacerdote danés en Islandia: eran un mito. Se los dije.  

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

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