La ambigüedad del mal: Lacombe Lucien, de Louis Malle

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“Sin incluso mencionar el tema de la inocencia y la culpa, Lacombe Lucien con su manera tranquila, casual y desapasionada, se ocupa de él en un nivel más profundo que cualquier otra película que conozco”.
-Pauline Kael, The New Yorker (1974)

“Después de todo, si la gente está escandalizada por la ambigüedad, no debería ver mis películas”.
-Louis Malle

–“Es curioso, no consigo odiarle del todo”, le dice Albert, el sastre judío a Lucien. Es cierto. Pese a que Lucien representa al francés colaboracionista durante la Segunda Guerra Mundial y que Albert es casi que su prisionero, en su triple condición de judío, refugiado extranjero y en fuga de la París ocupada, Louis Malle ha hecho del personaje de Lucien Lacombe un ser lleno de contradicciones que permiten explicar –y hasta justificar– su militancia en la policía alemana de ocupación en Francia.

Es junio de 1944 y durante ese verano asistiremos a la metamorfosis de Lucien, un joven hecho adulto a la fuerza, un hombre pobre, sin mayor educación, y que trabaja haciendo el aseo en un hospicio en las afueras de Souleillac, un pueblo del suroeste de Francia. Su padre está preso, su madre se acuesta con el terrateniente dueño de las tierras donde queda su casa, cedida por ella misma a otra familia. Estamos en guerra, y con el país ocupado por los Nazis, para este joven el único camino posible parece ser unirse a la resistencia, a los llamados Maquis. Tiene a su favor su buena puntería, sus habilidades para la supervivencia y su desapego hacia cualquier persona o cosa, nada más.

Lacombe Lucien (1974)

Pero así como pudo terminar del lado de los Maquis, que no parecieron muy convencidos de sus bondades, vino a parar casualmente ubicándose en el bando de los colaboracionistas. Era demasiado joven, ignorante y falto de oportunidades como para notar la diferencia, por lo menos desde lo moral. Desde lo pragmático es obvio que una cosa era estar en la clandestinidad y otra ser parte del grupo que ostentaba el mando e imponía su ley. En su estudio sobre la obra de Louis Malle, Hugo Frey señala que “Malle construye a Lucien como la personificación de la ambigüedad y por tanto un sitio de prolongada fascinación visual. La estructura retórica de la película no permite que se hagan juicios morales plausibles sobre el personaje” (1).

Lucien carece de escrúpulos, lo suyo es tener ahora lo que nunca ha tenido: amigos, estatus, reconocimiento, buena ropa, capacidad de intimidación y, sobre todo, poder. Detentar ese poder, tener esa fuerza, es absolutamente seductor para él. Podría decirse que disfruta como lo haría un niño caprichoso con ese mando que ahora tiene. Ya no es Lucien (interpretado por Pierre Blaise, un actor natural que murió en 1975 a los 23 años), el don nadie que vacía las bacinillas de los ancianos del hospicio, ahora es un ser respetado y, sobre todo, temido. Es un tipo peligroso. Si ya era altivo y desprendido cuando no tenía nada, ahora es un hombre impredecible, que obra ante todo para complacer sus impulsos, por torpe que sean. Es fascinante la ambigüedad con que Malle y Patrick Modiano –que en 2014 iba a ganar el Premio Nobel de Literatura– construyen este personaje protagónico. No es un ser malo per se, es un hombre oportunista con unos impulsos violentos que encontró en el fascismo la mejor forma de liberarlos. Y de desquitarse de tantas injusticias padecidas.

Lacombe Lucien (1974)

El retrato de los fascistas franceses no se aleja mucho de los que hemos visto en otros filmes situados en la misma época. Ocupan un hotel abandonado, al que han adaptado como oficinas, bar, sala de fiestas y cámaras de tortura. Hay un hálito decadente y teatral en el sitio y en sus habitantes, mostrados como personajes amorales que quieren tomar revancha frente a maltratos o insultos previos, o que no les interesa perder sus privilegios de clase frente a una supuesta “amenaza bolchevique”. Malle no los juzga, los observa y trata de entenderlos, tratando a la vez de explicar el embrujo seductor que ejercieron sobre un joven ignorante pero ambicioso como Lucien.

El propio Malle describe a Lucien: “Quise explorar un personaje complejo en todas sus contradicciones. Al mismo tiempo de ninguna forma traté de excusarlo o justificarlo. Su comportamiento en muchas situaciones es objetivamente horrible y descrito como tal. A la vez quise hacer claridad que él fue accidentalmente llevado a una situación para la que no estaba preparado. Incluso no tenía los instrumentos culturales para comprender lo que estaba pasando. Fue arrastrado por la increíble gratificación de hacer lo que estaba haciendo” (2).

Lacombe Lucien (1974)

Igual de fascinante es la relación que Lucien establece con la familia de Albert Horn, el sastre judío interpretado con enorme dignidad por el sueco Holger Löwenadler. Un hombre acaudalado que huyó de Paris con su madre y su hija para refugiarse en el pueblo donde se sitúa la acción, Albert prácticamente es un prisionero de los colaboracionistas, que le brindan refugio y no lo denuncian a los nazis, mientras lo extorsionan de manera permanente; es una presa fácil: él es todo decoro y altura frente a la adversidad. Lucien se encapricha con France (Aurore Clément, debutando en el cine) la hija de Albert, una joven que al principio ve con temor las aproximaciones que este bruscamente le hace.

Lucien no sabe amar ni enamorar. Prefiere el miedo y la fuerza para meterse a esa familia, que ve -aterrada- como un colaboracionista parece querer ser parte de ellos, buscando seducir, como sea, a France. Sin embargo esta mujer es la única que es capaz de verlo realmente, de descubrir su fragilidad tras la máscara de hombre “duro”. Es muy interesante la manera en que ella lo mira, como si pudiera verlo por dentro y exponerlo. Se establecerá entonces un juego entre los dos, uno donde ella –que ha sido privilegiada y ahora lo ha perdido todo- se aprovecha de las ventajas de tenerlo a su lado en términos de diversión, libertad y regalos, mientras él –que nunca tuvo nada- tiene a su lado a una mujer que en otras circunstancias hubiera sido un imposible.

Lacombe Lucien (1974)

Ambos son frágiles, ella es judía, él es odiado y despreciado por traicionar a su patria, pero eso mismo –paradójicamente– los acerca. En el relato de su improbable romance la película crece en complejidad, mostrándonos las relaciones por conveniencia que en esa época podían llegar a establecerse, pese a la vergüenza o a la inmoralidad que pudieran suponer. Ambos viven una suerte de utopía romántica, algo que saben frágil pero que le da sentido a su existir en esos días de zozobra. He mencionado la mirada de France: hay un último plano de ella mirando a Lucien, pero ahora entendiendo que va a ser de él. Y de ella. Con estas características de madurez, Lacombe Lucien se encumbra hasta insospechadas alturas dramáticas dentro de la obra de Louis Malle.

La larga gestación de un filme incomprendido
Louis Malle retrotrae el origen de Lacombe Lucien hasta 1962, cuando visitó Argelia junto a Volker Schlöndorf –en esos momentos su asistente de dirección- y un periodista de Paris Match, y pasó 24 horas en una fortaleza militar francesa en el oriente argelino. Malle compartió habitación con un joven oficial que estaba haciendo su servicio militar allí. De civil el hombre era un contador, pero allá estaba a cargo de las torturas, sencillamente porque alguien tenía que hacerlas. Malle lo describe como un hombre de clase media, de comportamiento normal, con una novia a la que le escribía cartas a diario. El director tenía ante sus ojos a la banalización del mal. Aunque tomo notas, no prosperó ningún proyecto al respecto.

Lacombe Lucien (1974)

Sin embargo, los autores Southern y Weissgerber van más atrás aún en el tiempo al afirmar que Malle empezó a concebir el proyecto a mediados de 1954, cuando conoció a dos intelectuales fascistas, el periodista y escritor Lucien Rebatet y a Pierre Costeau, editor en jefe del semanario Je suis partout y hermano del oceanógrafo Jacques Costeau. Ambos hombres habían sido juzgados y condenados por su colaboracionismo, pero posteriormente fueron amnistiados. Malle pasó varias tardes en casa del patriarca de los Costeau, Daniel, oyendo a esos hombres, que salieron de prisión aún más convencidos de su fascismo. “Malle se preguntaba, abiertamente, como dos adultos inteligentes podían de manera concebible llegar a conclusiones tan abominables y crueles acerca del destino de la humanidad y el mundo a su alrededor. Para el joven cineasta socialista fue un preludio largo, lento y oscuro al descubrimiento del mal” (3).

Lacombe Lucien (1974)

Volvamos a la década de los sesenta: A finales de 1969 la prensa da a conocer los detalles de la masacre de Mỹ Lai en Vietnam, en la que el teniente William Calley y sus hombres violaron y asesinaron a entre 350 y 500 habitantes de un poblado al sur del país, haciendo pasar a varios como guerrilleros del vietcong y disminuyendo la cifra real de víctimas. Calley fue sometido a una corte marcial, pero a pesar de haber sido condenado a cadena perpetua solo pagó tres años de arresto domiciliario. Malle sentía que el tema volvía a él, pero también tenía la impresión que no debía ser él, sino un director norteamericano el que asumiera ese proyecto.

Pasa el tiempo y tras estrenar El soplo al corazón, Malle viajó a México, un país que frecuentaba mucho y en el que Gila von Weitershausen da a luz a Manuel, el primer hijo del realizador. En esos momentos la prensa había denunciado un escándalo que involucraba a la policía, que utilizaba jóvenes a los que capturaba por pequeños crímenes para, en vez de encarcelarlos, aleccionarlos e infiltrarlos en manifestaciones estudiantiles como una fuerza parapolicial y crear caos y delatar a los líderes que estaban en contra del gobierno de Luis Echavarría. Eran conocidos como “los halcones” y Malle elaboró un borrador de guion con un protagonista, Chucho, que ya prefigura a Lucien. Sin embargo el propio Luis Buñuel lo disuadió de continuar con esa propuesta.

Lacombe Lucien (1974)

Antes de que El soplo al corazón llegara a las pantallas francesas, Marcel Ophüls estrena el 5 de abril de 1971 su documental La pena y la piedad (Le chagrin et la pitié), que Malle y su hermano Vincent ayudaron a distribuir a través de una pequeña compañía que fundaron. El colaboracionismo de pequeña escala, el de los pueblos, el de la gente del común que mostraba el filme de Ophüls acabó de convencer a Malle. Ya con los documentales Humain, trop humain y Place de la République rodados, empezó en 1972 a investigar y a documentarse con seriedad sobre el asunto con la ayuda de historiadores y académicos. Es en ese momento en el que contacta y vincula a Patrick Modiano, de apenas 27 años, cuyas primeras tres novelas trataron sobre la ocupación: El lugar de la Estrella (La Place de l’Étoile, 1968), La ronda nocturna (La ronde de nuit, 1969) y Los paseos de circunvalación (Les boulevards de ceinture, 1972). Entre ambos escribirían el guion de Lacombe Lucien entre febrero y mayo de 1973.

En una reseña de la reimpresión de la traducción del guion al inglés, publicada en 2016, Alex Andriesse comentaba que “en sus primeras tres novelas Modiano había enfrentado el mundo de la Francia ocupada por los nazis. Había conjurado personajes, los enviaba a aventuras a veces alucinógenas y los narraba en prosa viva. Con Lacombe Lucien, sin embargo, Modiano empieza a renunciar a esta confianza juvenil en la representación del pasado. Comienza a darse cuenta, o comienza por lo menos a dejar que la audiencia se dé cuenta, cuánto una historia sobre el pasado debe omitir, suprimir o inventar. Es esta disposición a reconocer las limitaciones de la narración que hace que los libros posteriores de Modiano –tan entretenidos como los primeros- puedan ser tan melancólicos y tan hipnóticos” (4).

Lacombe Lucien (1974)

Ya terminando la escritura del guion, y como signo del destino, Malle encontró que el propietario de un garaje en Limogne, a quien quería entrevistar porque había sido miembro de la resistencia, le contó que existió una persona como Lucien Lacombe, llamada Hercule. Era un muchacho que 18 años con un hombro más alto que el otro y a quien la Gestapo adoctrinó para infiltrar a los Maquis en Cahors. La resistencia había ocupado la casa abandonada de la familia Malle y allí permanecieron unas semanas en enero de 1944. Hercule convivió con ellos y le sirvió a la Gestapo para ayudar a hacer redadas y capturas. Cuando Louis Malle compró la antigua casa en 1965 en las paredes estaba el logo Gaullista, la cruz de Lorraine, como símbolo de la presencia de los Maquis. Y de Hercule, un infiltrado, entre ellos.

También mientras trabajaba en el guion con Modiano, sus asistentes buscaban en la región de Toulouse a un joven que no fuera un actor profesional para el papel protagónico. Hicieron casting y entrevistaron a cientos de muchachos, incluso Malle describió en la radio el tipo de perfil que requería. Una vez, saliendo de las oficinas de Dépêche de Toulouse, tras entrevistar a otros candidatos, Malle fue abordado por un muchacho que había llegado tarde y que estaba ahí casi que obligado por su madre, sin mayor interés en hacer ese rol. El realizador vio en él algo único, lo invitó a un café y supo que ahí tenía a Lucien Lacombe. El joven se llamaba Pierre Blaise, vivía en Moissac y tenía 17 años. Había dejado la escuela tres años antes y trabajaba con uno de sus hermanos. Nunca había visto una película.

Lacombe Lucien (1974)

Una vez comprometido le dieron el guion para leer y cuando tenía dificultades con las líneas, Malle y Modiano las ajustaban según su propio lenguaje para hacerlas más auténticas, más suyas. A la semana de empezar a rodar en la localidad de Figeac decidió abandonar el plató, pues no se sentía a gusto con el modo en que lo trataban, dándole órdenes y menospreciándolo por su origen campesino. Malle les pidió a todo el equipo técnico que a partir de ahí lo trataran como si fuera Alain Delon. Y funcionó. “Pierre Blaise fue tan bueno que me metió en problemas. Mucha gente vio el filme casi como la apología a un colaboracionista porque Blaise era tan conmovedor e inquietante que uno no podía odiarlo por completo” (5), reconocía Malle.

Lacombe Lucien (1974)

Él también sabía que una cosa era la recepción de un documental como La pena y la piedad –amparado en lo testimonial- y otra la de una obra de ficción que inventara situaciones y personajes. Tenía claro que él y Modiano se exponían a una impredecible reacción al abordar un tema tan sensible para los franceses. La historia “oficial” solo reconocía que una minoría de franceses apátridas fue colaboracionista; la mayoría hicieron parte de la resistencia o estaban a favor de ella, negando cualquier posición intermedia, cualquier espectro de colores entre el blanco y el negro. Pero según escribe el periodista Guillermo Altares en 2014, “nada más lejos de la realidad: hubo franceses que combatieron en los dos bandos, en la milicia asesina de Vichy y en la resistencia, mientras que la mayoría, como ocurre siempre, trató sobre todo de sobrevivir a la guerra. Muchos podían haber acabado en cualquiera de los dos bandos dependiendo de factores que no tienen que ver sólo con la elección personal ni con el compromiso político” (6). En ese punto el filme de Malle ofrecía una mirada revisionista del mito oficial.

Pierre Blaise, Aurore Clément y Louis Malle durante el rodaje de Lacombe Lucien (1974).

Lacombe Lucien se estrenó el 30 de enero de 1974 y desde ese momento fue sujeto de todo tipo de comentarios. Inicialmente la crítica fue positiva, pero después empezaron los comentarios en contra, tachando el filme de peligroso y acusando a Malle de haber tergiversado la realidad hasta construir un personaje de extracción popular que se unía a los colaboracionistas –algo imposible según muchos franceses– y cuyos actos de maldad la película justificaba. En la revista Cahiers du cinéma subrayaron su “fascinación cínica” con el fascismo y el deprecio que exhibía por la lucha de la resistencia. Mientras tanto Michel Sineux en la revista Positif recibió con beneplácito que los personajes tuvieran “una opacidad, una ambigüedad, una profundidad y una complejidad que de ninguna forma difumina las lecciones políticas de historia”. La polémica fue intensa y dividió en dos a la crítica, la intelectualidad y la política francesas. Incluso el propio director participó junto al editor Rene Andrieu –que había pertenecido a la resistencia- en un debate publicado en abril de 1974 en L´Humanité dimanche. De nuevo Malle estaba, sin pretenderlo, en el centro del escándalo.

Pero no todo lo derivado de semejante exposición fue malo: Lacombe Lucien fue nominada al premio Óscar como mejor película extranjera y gano el premio BAFTA al mejor filme. Hoy pertenece al canon indispensable de Louis Malle. Es un retrato fiel de nuestra endeble condición humana y por ende tan contradictorio y tan ambiguo como somos. Como siempre seremos.

Referencias:
1. Hugo Frey, Louis Malle, Manchester, Manchester University Press, 2004, p. 94
2. Philip French (Ed.), Malle on Malle, Londres, Faber and Faber, 1996, p. 96-97
3. Nathan Southern y Jacques Weissgerber, The Films of Louis Malle: A Critical Analysis, Jefferson, McFarland & Company, 2011, p. 150
4. Alex Andriesse, Creating Dangerously: Louis Malle and Patrick Modiano`s Lacombe Lucien: The Screenplay, translated by Sabine Destrée, página web: Reading in translation, disponible online en: https://readingintranslation.com/2016/05/24/creating-dangerously-louis-malle-and-patrick-modianos-lacombe-lucien-the-screenplay-translated-by-sabine-destree/
5. Philip French (Ed.), Op Cit., p. 96
6. Guillermo Altares, “Modiano, un Nobel que cambió el pasado”, página web: El país, disponible online en: http://cultura.elpais.com/cultura/2014/10/09/actualidad/1412878762_570604.html

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