Lecciones de mimetismo: Barbara, de Mathieu Amalric

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Barbara fue el nombre artístico de la cantautora francesa Monique Andrée Serf (1930-1997), una popular cantante, pianista y compositora muy exitosa en las salas de concierto parisinas de los años sesenta y setenta. Su aspecto muy particular y la originalidad de sus composiciones la hicieron un ícono de la canción europea y del activismo a favor de la paz entre las naciones y en pro de los pacientes VIH+. En 1968 el escritor Jacques Tournier escribió un libro sobre su vida y andares, Barbara, ou, Les parenthèses.

Barbara incluso apareció en varias películas, pero el cine le debía una biopic. Barbara (2017) es el homenaje que el actor y director francés Mathieu Amalric le rinde a esta artista a la que admira, pero su aproximación no es exactamente la de una biografía fílmica convencional. Él opta por un acercamiento indirecto y metacinematográfico: en la película él interpreta a un director de cine que está haciendo una película sobre Barbara, para lo cual vincula a una actriz, Giselle, al proyecto. A Giselle le da vida Jeanne Balibar (quien fuera compañera sentimental de Amalric). Entonces en la diéresis de esta cinta tenemos a una cantante y actriz llamada Giselle, que participa en el rodaje de un filme biográfico sobre Barbara. Y lo que veremos será entonces el rodaje de esa película.

Barbara (2017)

Hasta ahí todo parece más o menos claro, pero Amalric toma la arriesgada decisión de fundir “realidad” y ficción, y así muchas veces no sabemos si estamos viendo a Giselle en su cotidianidad o si lo que presenciamos es parte del rodaje y ella está en esos momentos encarnando a Barbara (hay una gran similitud física entre ambas) sin que lo notemos, excepto que la escena se detenga o la cámara gire y veamos aparecer al equipo técnico. Para sumar complejidad, Amalric inserta fragmentos de las películas en las que Barbara apareció y llega un punto en que no sabemos si estamos viendo a la Barbara real, a la Barbara que interpreta Giselle o a Giselle… así de grande (y logrado) es el mimetismo formal de esta película. Hay una escena con todo el aspecto de un rodaje documental de los años sesenta en que Barbara firma autógrafos, pero de repente vemos al director de la película, Yves (Amalric), pedirle uno, desbaratando la ilusión que teníamos. -“¿Estás haciendo una película sobre Barbara o sobre ti? –le pregunta ella con disgusto. –“Es igual”, le responde él.

Barbara (2017)

Como ejercicio de estilo rompedor y arriesgado, Barbara es digna de elogio. Consigue que uno como espectador se involucre tratando de armar en la mente un rompecabezas narrativo tan atractivo como retador. Pero si el formalismo es avasallante, la dramaturgia es su punto débil: realmente no hay una progresión de las escenas hacia un desarrollo y un desenlace. Lo que vemos son fragmentos del rodaje (que incluye la interpretación que Balibar hace de las melodías de Barbara), momentos de la existencia de Giselle y la irrupción de la propia Barbara en fragmentos de los filmes en los que apareció. ¿Algo más? Sí. El amor obsesivo de Yves (ya lo saben, el propio Amalric) hacia Barbara. La película que él está rodando es su carta de amor hacia una cantante que en su adolescencia fue su musa y que ahora tiene la oportunidad de recrear, de volverla a sentir viva. Su emoción es la misma de ‘Scottie’ Ferguson en Vértigo (1958): la de un hombre que ha hecho revivir a su añorado objeto de deseo. Así pues, entre muchas capas formales, simbólicas y dramáticas se mueve Barbara, dejándonos por momentos perplejos e incapaces de saber si entendimos en realidad lo que Amalric quiso expresar.

Barbara (2017)

Barbara se disfruta más al recordarla que al verla, pues durante su visionado estamos hiperalertas a cualquier signo que nos indique en que plano de la “realidad” o ficción estamos. Al concluir el relato y luego de recuperar el aliento comprendemos que el exigente proyecto épico de Amalric cumple a cabalidad su propósito y que funciona como homenaje, declaración, poema, divulgación y cancionero (no exactamente como película). Solo tenemos abrir bien los ojos -y la mente- y darnos cuenta.

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

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