Nuestra tragedia, nuestro dolor: La primera noche, de Luis Alberto Restrepo

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Saludamos con enorme satisfacción el estreno local de La primera noche (2003), primer largometraje del realizador antioqueño Luis Alberto Restrepo. Luego de su paso exitoso por el Festival de Cine de Cartagena y por otras latitudes, la película alcanza ahora a su público natural, aquel para el que sin duda fue concebida, pues fuera de Colombia es imposible captar por completo su mensaje y su alcance.

Es natural que los espectadores vean con recelo su exhibición y que muchos estén tentados a dejar de verla, influidos por los malos antecedentes del cine nacional, que ha llenado la pantalla de comedias baratas y dramas truculentos de ingrata recordación. Pero en este caso no hay prevención que valga: estamos ante un filme valioso, valeroso y digno. Un instante del cine colombiano que no podemos dejar de ver, pues refleja una realidad que tampoco estamos en capacidad de ignorar.

Creo que el lector estará de acuerdo conmigo en que la violencia se ha afincado como tema recurrente de nuestro cine y que son más los malos recuerdos que las satisfacciones que esta elección ha dejado, pero depende de la sensibilidad y la humanidad de aquellos tras la lente: quienes pretenden una visión manipuladora y tremendista de nuestro conflicto armado -urbano y rural- han hecho un cine que no vale la pena ni mencionar. Pero a diferencia de esos, Luis Alberto Restrepo ha logrado sintetizar, en una historia desprovista de truculencia, el cruel panorama de nuestro país, mezcla de dolores, tragedias e incertidumbres.

La película empieza por la mitad del relato y nos llevará en dos direcciones, hacia adelante siguiendo la historia de Tiño y Paulina en su tránsito rumbo a Bogotá y a esa primera noche en la urbe; y hacia atrás haciendo un recuento de las circunstancias que los llevaron a huir, desplazados de una violencia que parece autopropagarse y amplificarse, sembrando de dolor y desesperanza nuestros campos.

Dos hermanos se disputan a una mujer y ambos quedarán en bandos distintos del conflicto: uno en la guerrilla y otro en el ejército, con la presencia de los paramilitares como factor desencadenante de los eventos que llevarán a que uno de los jóvenes y la mujer del otro sean obligados a huir buscando algo indeterminado en la gran capital.
Esa primera noche en las calles bogotanas está circunscrita a una unidad espacial que le permite al director hacer una radiografía del desarraigo y del abandono que deben padecer los desplazados. Cuántas gentes no recorren las calles de nuestras grandes ciudades sin un presente y sin un futuro claros, a cuántos ignoramos sin saber el dolor que arrastran. Este filme nos lleva detrás de esos rostros que pretendemos no ver pidiendo ayuda en un semáforo y nos cuenta lo que los llevó a dejar su paraíso ingenuo para recorrer un asfalto que les es ajeno.

Sin ánimo aleccionador, sin pretender hacer un sermón o construir una parábola, La primera noche consigue -gracias a sus bondades narrativas, al excelente nivel de sus protagonistas y el acertado trabajo técnico y de dirección- que nos asomemos al abismo de nuestra indiferencia y contemplemos que hemos hecho con la patria que nos dieron los ancestros.

Publicado en la columna Séptimo arte del periódico El Tiempo (edición Medellín). 19/09/03.Sección 2, p. 2
©Casa Editorial El Tiempo, 2003

Primera noche

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