Héroes de ocasión: Stalag 17, de Billy Wilder

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«Stalag 17, esa es una de mis películas favoritas. ¿No es agradable? Fue muy Buena. Fue un éxito comercial, en Broadway también, pero creo que la mejoré un cien por ciento, así lo diga yo».
-Billy Wilder

La desacralización del héroe de guerra norteamericano que Wilder había empezado a plantear en Berlín Occidente (A Foreign Affair, 1948) -al convertir la figura del militar valeroso que liberó a Alemania en un ventajoso y recursivo comerciante del mercado negro, que tenía como amante a una alemana pronazi, mientras seducía a una congresista de su país- continuó con nuevos bríos en Stalag 17 (1953), al centrar la acción en las vivencias de un grupo de sargentos norteamericanos prisioneros de guerra en un campo de concentración alemán, en un stalag.

De nuevo Wilder se resiste a sublimar y a exaltar convencionalmente la figura del militar y en vez de retratarnos a un prohombre abnegado que soporta con dignidad y entereza patriótica su cautiverio, lo convierte en un avivato egoísta que aparentemente sólo busca su beneficio personal. El protagonista es J.J. Sefton (William Holden, en el papel que le daría el premio Oscar al mejor actor) y a la primera oportunidad que lo vemos apuesta a que dos de sus compañeros, que se acaban de fugar por un túnel, no van a tener éxito. Terminará ganando la apuesta, para desconcierto y asco de los demás prisioneros. Sefton es un personaje incómodo, un aprovechado que hace negocios con los nazis para su propia conveniencia, sin rastro alguno de solidaridad o escrúpulos. Es un hombre que está adaptado a sobrevivir por sí mismo sin contar con nadie, un materialista que no depende de los demás.

Stalag 17 (1953)

Wilder ve en Sefton un símbolo imperfecto del espíritu humano, capaz de encontrar las soluciones más recursivas con tal de no dejarse derrotar, de que no le maten las esperanzas y las ganas de seguir vivo. La patria quedó a un lado: el asunto es ahora de supervivencia del más fuerte. Nada que hacer, es tan sólo un ser humano -Wilder nunca pierde eso de vista- y por eso su retrato es así: frágil, falible y contradictorio. Para realzar aún más su condición, Wilder lo rodea de caricaturas, de personajes cómicos entre los cuales Sefton se ve como un ave aún más rara, como un ser defraudado de la especie humana, un aguafiestas demasiado cínico como para querer integrarse a los demás y divertirse. Pero esperen un momento: ¿divertirse en un campo de prisioneros nazi? Wilder, según los críticos de la época, había llegado demasiado lejos en su atrevimiento.

¿Es Stalag 17 una comedia? Aunque han sido muchas las opiniones al respecto, en la superficie ese es su tono y como tal no puede ser juzgada con el mismo rigor de un drama, sino dentro de las convenciones del género cómico, donde muchas licencias son posibles, incluyendo que se juguetee con la muerte, con el encierro, con la tortura y con la desesperanza, para a partir de ellas obtener una luz -siquiera mínima- de fe, de ánimo para continuar con vida, para tener un motivo para levantarse al día siguiente. Que esos hombres sacaran fuerzas de donde no había era el mejor homenaje que Wilder podía hacerle al coraje de unos soldados que lucharon por un país que ahora estaba ya lejos y que no podía hacer mucho para ayudarles.

Stalag 17 (1953)

Pero Wilder también estaba interesado en hacer una crítica, una que se dirigía directamente a una situación que se vivía en los Estados Unidos a comienzos de los años cincuenta. El crítico español Diego Calleja, en un texto sobre este filme publicado en un dossier de cine y guerra por la revista virtual miradas.net, lanza una teoría interesante que he querido reproducir, por creerla de gran interés: “Conociendo un poco la biografía de Billy Wilder y mirando el año de la película, no creo ir muy lejos afirmando que el papel de William Holden representa a todos los judíos del mundo. Es el astuto comerciante, capaz de sacar dinero de las piedras, el ser incomprendido y solitario, el extranjero en cualquier parte, el hombre capaz de adaptarse mejor que nadie a los tiempos de penuria. Pero también es el hombre que despierta odios y envidias. No por casualidad es elegido en la película como el cabeza de turco cuando las cosas van mal, igual que el pueblo judío fue acusado por los nazis y siglos atrás por casi todas las naciones de Europa. No sé si Billy Wilder y Edwin Blum escribieron intencionadamente esta alegoría, pero la reveladora escena del linchamiento, la nacionalidad del auténtico delator (que en la película recibe el irónico sobrenombre de “Información”) y la súbita decisión de huir, que le hacen aparecer como un héroe ante los demás pero que a mi entender es bastante inexplicable, creo que no dejan lugar a dudas sobre su significado. El patriotismo que el director muestra, por muy agradecido que pudiera estar a los Estados Unidos, no es el de las barras y estrellas, pues Holden no parece tener su sitio ni entre los alemanes ni entre los norteamericanos. El nacionalismo que Wilder ensalza es el de los judíos errantes que en la fecha en que se rodó la película ya habían encontrado su patria”.

Stalag 17 (1953)

Cuando en un momento dado del filme los sargentos prisioneros sorprenden a su guardián alemán poniéndose todos un mostacho similar al de Hitler, no sólo están haciéndole una broma: como el metraje lo demostrará, se van a comportar tal como los alemanes lo hicieron con los judíos, excluyendo a Sefton por ser diferente y tener éxito, juzgándolo de manera sumaria, golpeándolo casi hasta morir, repartiéndose su propiedad privada. El director nos estaba mostrando que en circunstancias extremas de temor, encierro o necesidad, cualquiera saca a flote sus prejuicios y es capaz de proceder tan despiadadamente como los nazis. Y eso incluía a los miembros del Senado de los Estados Unidos.

La película era la respuesta del director al pregonado patriotismo de la época de los senadores J. Parnell Thomas y Joseph McCarthy y sus temibles audiencias en el senado, donde tantos fueron acusados y juzgados por, aparentemente, no ser leales a su país. Sefton, en su ambigüedad, era mucho más auténtico que los patriotas de papel a los que McCarthy y sus secuaces pretendían proteger de seres -he ahí la contradicción- de tan dudosa calaña como podría serlo el mismo Sefton, acusado de traidor por sus propios compañeros y posteriormente linchado, sólo por el hecho de ser diferente. «William Holden me rogó que le escribiera una línea de diálogo que mostrara que su personaje era realmente anti-Nazi, pero este tipo era por completo un oportunista sin sentimientos. De otra forma no hubiera sido tan exitoso en esos negocios», según refiere el director la biografía de Ed Sikov.

Stalag 17 (1953)

No era posible traicionar al personaje haciendo que al final se despachara en un discurso de alto patriotismo. Su único triunfo ha sido recuperar su dignidad, puesta en duda por todos. Dignidad que el Congreso de los Estados Unidos, a través del Comité de Actividades Antinorteamericanas, le estaba quitando a muchas personas relacionadas directamente con el cine, condenándolas a la cárcel o al ostracismo laboral si no delataban a otros. Pero Hollywood no se quedaría quieto: se creó un Comité de la Primera Enmienda, conformado por Henry Fonda, Ava Gardner, Paulette Godard, Benny Goodman, Ira Gershwin, Van Heflin, Myrna Loy, Burgess Meredith, Gregory Peck, Cornel Wilde, Robert Young y Billy Wilder.

Stalag 17 (1953)

Otro de los miembros de este Comité -que llegó a ser considerado una organización paracomunista- fue John Huston, quién recuerda en su biografía An Open Book un episodio que involucra a Wilder: «Para conservar sus puestos, se le exigió a la gente que hiciera un juramento de fidelidad. Esto me parecía infantil e insultante a un tiempo, así como un precedente extremadamente peligroso. En una junta general de la Asociación de Directores Cinematográficos, un tipo maquiavélico llamado Leo McCarey -un director irlandés de comedias sofisticadas- propuso que la cuestión de sí debíamos hacer el juramento o no se decidiera a mano alzada, en lugar de por votación secreta, para que nadie se atreviera a oponerse. Contemplé asombrado cómo todo el mundo en la sala, excepto Billy Wilder y yo, levantaba su mano en un voto afirmativo. Incluso William Wyler, que estaba sentado fuera de mi vista, hizo lo mismo que los demás. Billy estaba a mi lado, y siguió mi ejemplo. Cuando le tocó el turno al voto negativo, yo alcé la mano, y Billy, vacilante, hizo otro tanto. Dudo de que supiera por qué, pero por el sordo rugido que se produjo a continuación, se dio cuenta de que iba a tener graves problemas. Estoy seguro de que fue uno de los actos más valerosos que Billy, como alemán nacionalizado americano, había realizado. Había entre ciento cincuenta y doscientos directores en esta reunión, y aquí estábamos Billy y yo, los únicos, con la mano alzada en protesta contra el juramento de lealtad. ¡Yo sentía ganas de volcar la mesa sobre aquel atajo de cretinos! Pasó mucho tiempo antes de que yo volviera a asistir a otra reunión de la Asociación y, cuando lo hice, fue en circunstancias bien distintas».

Stalag 17 (1953)

El Comité de Actividades Antinorteaméricanas inicialmente buscó combatir el nazismo, pero una vez concluida la guerra se lanzó a buscar el comunismo debajo de cada alfombra e indirectamente mostró un soterrado antisemitismo que era imposible de disimular. Wilder venía jugando con la idea de incluir un personaje judío en su cine, incluso pensó en un momento dado que el oficial americano de Berlín Occidente podría ser en realidad un judío que tenía a una alemana nazi como amante, pero descartó la idea. Sin embargo en Stalag 17, amén de la lúcida teoría del crítico Calleja, sí hay un judío. Pero para encontrarlo hay que irse al bando opuesto.

Otto Preminger (centro) en Stalag 17 (1953)

El coronel nazi Oberst Von Scherbach, comandante del campo de prisioneros de guerra, está de plácemes. Gracias a un infiltrado ha logrado capturar a un teniente norteamericano que saboteó con una bomba un tren alemán. Lo tiene en sus cuarteles, cansado del interrogatorio, y ya es hora de reportar la captura a Berlín. El coronel está en calcetines y mientras solicita la comunicación telefónica le ordena a su ayudante de cámara que le ponga las botas. Al momento de informar la captura hace entrechocar fuertemente los talones en actitud marcial durante cada frase, como subrayando sus palabras. Cuelga satisfecho… y obviamente ordena que le quiten de nuevo las botas: ya han cumplido su labor. Es un momento de enorme sutileza cómica, como quizá sólo Billy Wilder podría hacerlo. Y así es. A ese coronel nazi de Stalag 17 lo interpreta un director judío, Otto Preminger. La ironía de Wilder está en poner a Preminger a interpretar un papel sin duda paradójico, pero apenas acorde con su actitud marcial, insensible y déspota detrás de cámaras. Incluirlo en el reparto fue un éxito. «A Preminger se le olvidaban algunas líneas de diálogo, pero nunca se le pasaba un envase de caviar. Era muy divertido y un buen director, pero como actor se le olvidaban los parlamentos. Cuando le contraté, le dije que cada vez que se equivocara me debería un envase de caviar. Puede que no haya sido el mejor actor, pero el campeón mundial de pagar deudas. Se le olvidaba el diálogo, pero nunca olvidaba mandarme el caviar. Sólo enviaba el mejor. Ahora bien, eso no tenía que hacerlo», rememoraba Wilder con humor frente a la biógrafa Charlotte Chandler.

Stalag 17 (1953)

La obra de Broadway en la que Stalag 17 se basa fue escrita por Edmund Trzcinski y Donald Devan, quienes realmente fueron prisioneros de Guerra, confinados junto a otros cuarenta mil militares -la mayoría rusos, polacos y checos- en el Stalag 17B real, cerca a Krems, Austria. En Nueva York se estrenó en 1951, producida y dirigida por José Ferrer y tuvo éxito inmediato, con más cuatrocientas presentaciones. Wilder y Edwin Blum hicieron muchos cambios al diálogo del libreto de la obra teatral, lo cual disgustó a Trzcinski. «El escritor ya no reconocía el personaje de William Holden, con todas sus actividades de mercado negro y apuestas en carreras de ratas. Tal como recuerdo, pienso que dejó de hablarme. Si yo hubiera sido él, también lo habría hecho», admitía Wilder.

De todos modos Trzcinski obtuvo un pequeño papel en la película como uno de los prisioneros. Otros que también pasaron de Broadway a Hollywood con su personaje fueron Robert Strauss y Harvey Lembeck, quienes en sus papeles respectivos de Animal y Shapiro soportan todo el peso cómico del filme, haciendo con su actuación saturada casi una variante del slapstick de la época del cine de Mack Sennett. Robert Strauss estaba tan feliz de haber sino nominado al Oscar como mejor actor de reparto, que mandó imprimir en los periódicos de Los Ángeles su discurso de aceptación del premio antes de la ceremonia, en la que fue derrotado por Frank Sinatra. Después de Stalag 17 participaría en más de treinta películas antes de su muerte en 1975.

William Holden con el premio Óscar obtenido por Stalag 17 (1953).

La película se rodó entre febrero y marzo de 1952 en Snow Ranch en Calabasas, California y se aprovechó la locación natural para reflejar la situación de los prisioneros entre el barro y la lluvia. «Toda la gente que pasaba por allí veía lo desaliñados, embarrados y sucios que estábamos y agitaban con reprobación la cabeza, cuando la lluvia convirtió aquel campo en un pantano, ¡cómo si un campo de prisioneros fuera una fiesta de lujo! A pesar de todo fue una época bonita y la película tuvo un maravilloso éxito», rememora Wilder. Se estrenaría en los Estados Unidos el 1 de julio de 1953. En su reseña del estreno, la revista Time la catalogó de “entretenida” y “fluida”, pero también recalcó su “falta de corazón” y lo “sardónico” de Wilder.

El público la convertiría en un rotundo suceso de taquilla, obteniendo más de diez millones de dólares sólo en Estados Unidos. Al parecer la Paramount le retuvo a Wilder parte sustancial de esas ganancias para compensar las pérdidas generadas por Ace in the Hole (1951), cosa que disgustó sobremanera al director. Ni siquiera las tres nominaciones al Óscar mitigaron su decepción. Sabrina (1954) ya estaba en producción y Wilder iba a honrar su contrato. Pero parecía que sus días en la Paramount estaban contados.

Publicado originalmente en el libro Elogio de lo imperfecto: El cine de Billy Wilder, Medellín, Editorial Universidad de Antioquia, 2008, p. 66-72
©Editorial Universidad de Antioquia, 2008.

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