Keaton, a través del espejo: Sherlock Jr., de Buster Keaton

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“Las artes de la ficción han explotado tanto la perfección del desdoblamiento como el obstáculo opuesto a la penetración. Poética del doble, que se supone siempre escapado de algún espejo; ficciones de la penetración en un mundo que se parece al nuestro, y que de repente notamos extraño”.
– Jacques Aumont

Buster Keaton da inicio a Sherlock Jr. (1924) con un proverbio muy significativo: “No intentes hacer dos cosas a la vez y esperar hacer justicia a ambas”. Y aunque encaja perfectamente con la descripción del oficio del protagonista del filme -proyeccionista en un pequeño teatro y al tiempo aprendiz de detective-, es también la clave que define esta película prodigiosa, que se refiere a la dualidad, al reflejo que vemos al otro lado del espejo y que aquí alcanza alturas de magia pura.

Dos profesiones, dos miradas, dos perspectivas, dos mundos son lo que nos ofrece Buster Keaton. Haciendo añicos las palabras del proverbio, el director -que para acabar de darle sentido a lo que estamos afirmando, también es el actor protagónico-, le hace justicia a todos: su película posee un ritmo perfecto, rabiosamente preciso y singularmente divertido. Llegando a la cima de su carrera, en medio de Our Hospitality (1923) y The Navigator (1924), Keaton se ingenia -conscientemente o no – un homenaje surrealista al mundo del cine, en una época cuando este arte aún no cumplía treinta años de vida.

Sherlock Jr. (1924)

Sherlock Jr. (1924)

Sabiendo que las libertades narrativas que pretendía realizar acá podían ser incomprendidas por un público apenas acostumbrado a la gramática audiovisual convencional, el director decidió hacer de su relato una fábula onírica, donde todo podía estar permitido, donde no había freno a la imaginación, distinto a las limitaciones técnicas propias del momento. Con tales licencias creativas, Keaton funde entonces el arte de proezas físicas que lo había hecho famoso desde sus primeros cortometrajes, con los trucos inagotables que su escenarista Fred Gabourie le proveía, y el resultado -libérrimo y pasmoso en su modernidad- está frente a nosotros. Pero no por eso estamos ante una obra atípica de este director: Sherlock Jr. es Keaton auténtico, con algunas peculiaridades -sí-, pero tan estilizado, misterioso e inaferrable como todo su cine.

El breve argumento nos muestra a Keaton encarnando un proyeccionista de un cine que, jugando a detective, trata de encontrar al verdadero ladrón de un reloj perteneciente al padre de su amada, y por cuya perdida lo han inculpado y arrojado al ostracismo romántico. El verdadero culpable es otro pretendiente de la joven, pero Keaton -incapaz de descubrirlo tras una infructuosa persecución- se va a su trabajo en el cuarto de proyección de un teatro y, mientras duerme, en sueños se introduce -literalmente hablando- a la película que está proyectando y en la que se vive una situación similar. En la película dentro de la película, Keaton es ahora el detective Sherlock Jr., un paladín de la justicia que, tras múltiples peripecias, fácilmente da con el culpable y se queda con la chica. Al despertar de su sueño, el Keaton proyeccionista se entera que su enamorada ha resuelto, sin su ayuda, el caso.

Sherlock Jr. (1924)

Sherlock Jr. (1924)

Partiendo de un argumento de tal simpleza, Keaton construye una alegoría al mundo de la ilusión derivado del cine. Sus personajes, por primera vez innominados por completo en toda su filmografía, encarnan los ideales románticos propios de los galanes y las divas de las películas de los años veinte. Que el personaje que interpretara Keaton no llevara nombre no era inusual, pero el que ninguno de los demás tampoco lo tuviera si es llamativo: lo que él pretende es que sean vistos como arquetipos antes que personajes concretos, simples modelos de conducta con los cuales el espectador pudiera identificarse. Ahora bien, esos arquetipos están construidos, a su vez, de una forma que se asemejen a las figuras del cine de esos días: el proyeccionista sin duda anhela emular a John Barrymore, cuyo Sherlock Holmes –dirigido por Albert Parker- se había estrenado apenas dos años antes; la chica con su corte de pelo y su peinado imita a Mary Pickford, la estrella del momento; mientras el otro que disputa sus amores, un galán avejentado y burdo, cuyo único apelativo es “el jeque”, representa a Rodolfo Valentino, el seductor por excelencia. En el segmento de la vida “real” que muestra la película, estos personajes son una copia rústica, una parodia de las estrellas de cine, mientras en el segmento de película dentro de Sherlock Jr., los mismos personajes son ahora aristocráticos y elegantes, tal como el imaginario colectivo veía al mundo del cine, entre esmoquins, vestidos de noche y fiestas eternas.

Sherlock Jr. (1924)

Sherlock Jr. (1924)

El anhelo del espectador de cine siempre ha sido vivir las aventuras que ve en la pantalla y Keaton va a complacerlo. La película que está proyectando, llamada Hearts and Pearls o The Lounge Lizard´s Lost Love, una producción de Veronal Pictures (aludiendo a un somnífero en boga en esos días), refiere del robo de un collar de perlas que la familia de una chica de alta sociedad sufre por parte de su novio, con la complicidad del mayordomo del hogar, quien incluso la secuestra. Los actores que vemos no son los mismos del episodio de la vida real (o sea Keaton proyeccionista, chica, y el ladrón del reloj), pero al ingresar Keaton al mundo de la pantalla, encarnando al detective, mágicamente los actores de la vida real son ahora quienes están protagonizando Hearts and Pearls. Keaton traslada a su sueño toda la problemática personal que está viviendo, haciendo entonces que quienes la integran pasen también a la pantalla, asciendan en la escala social y sean ahora interpretes de dos películas: la que estamos viendo (Sherlock Jr.) y la que están representando en la pantalla (Hearts and Pearls).

Sherlock Jr. (1924)

Sherlock Jr. (1924)

Ya allá se empieza a vivir una problemática afín a la real pero, como parte de su propia fantasía onírica, todo lo que al Keaton proyeccionista le había salido mal, al Keaton-Sherlock le sale bien. En el resto de su filmografía, Búster Keaton interpretó a un personaje impasible ante las adversidades, pero tal posición salía –básicamente- de no entender lo que ocurría a su alrededor. La inmutabilidad y el pasmo absolutos que lo caracterizaban surgían de una mezcla de candor, desapego y la completa incapacidad de captar la mecánica de las cosas que le circundaban. Pero en Sherlock Jr. no ocurre así: el detective al que personifica es totalmente seguro de su mismo. Su imperturbabilidad surge de tener todo lo que lo rodea bajo su dominio, convencido de sus capacidades profesionales. Poniendo las situaciones, ya vividas en la vida “real”, en espejo, escapa con donaire a las trampas que los culpables le ponen, gracias a su fiel ayudante Gillette (William Gillette es el nombre del primer actor que interpretó a Sherlock Holmes en la escena norteamericana) y a un armamental de trucos que escapan a la física convencional y lo acercan al surrealismo, pero que se antojan validos dentro del mundo caprichoso de Hearts and Pearls, donde todo se vale. El recurso onírico era el favorito de Keaton a la hora de justificar sus peripecias, tal como puede apreciarse a lo largo de su hermosa filmografía. Era una forma de crearse un mundo alterno, cuyas reglas él era el único que sabia aplicarlas, donde la vida le sonreía y donde sus trucos acrobáticos no se veían excesivos.

Sherlock Jr. (1924)

Sherlock Jr. (1924)

Algunas de las proezas que aparecen en Sherlock Jr. son totalmente gratuitas, como para demostrar que Keaton –y sólo él, no Chaplin ni Harold Lloyd- podía hacer lo que quisiera con su cuerpo, pero hay que reconocer que todas son de un ingenio y una creatividad que despiertan más admiración que risa. Consecuente con todo su cine, la elaboración de sus “bromas” (gags) supera el resultado final, menos risible de lo que él quisiera, a veces por una colocación de la cámara que impedía que se comprendiera por completo el truco. Keaton llamaba “trayectorias” a sus complejas demostraciones de esfuerzo físico, que incluían desplazamientos, caídas, saltos y una extraña relación con un sinnúmero de maquinas y aparatos. Al no depender de situaciones dramáticas o sentimentales coyunturales, su cine ha devenido entonces en atemporal y tan moderno hoy como cuando se estrenó. Puede que un romance de los años veinte se vea ya como una pieza arqueológica, pero una carrera de obstáculos seguirá siendo atractiva, no importa el tiempo que pase, y a ese efecto le apuntaba Keaton, persuadido de sus bondades. En Sherlock Jr. nos muestra un larguísimo viaje horizontal que, personificando al detective, emprende sentado en el manubrio de una motocicleta que nadie conduce, sorteando todo tipo de obstáculos móviles e inmóviles en su errático andar, y poniéndose en un peligro que se antoja excesivamente real. Recordemos también que en esta película sufrió una fractura cervical, cuando -en otra secuencia- al descolgarse por un tubo alimentador de agua de trenes, fue empujado hasta el suelo por el enorme e inesperado caudal que de allí salió y que, sin embargo, no le impidió continuar el rodaje.

Sherlock Jr. (1924)

Sherlock Jr. (1924)

Probablemente el truco más celebrado es el homenaje que Keaton hace al montaje cinematográfico. Luego de intentar ingresar a la fuerza a la pantalla, el proyeccionista es expulsado por los personajes y al tratar de entrar de nuevo, es sorprendido por un montaje veloz que lo pone en situaciones diversas sin que pueda reponerse ni intentar escapar de ellas. De un risco, pasa a una cueva de leones, de allí al desierto, la costa marina, la nieve. La secuencia es gratuita y no narrativa, en nada se relaciona con lo que estamos viendo en Hearts and Pearls, pero sirve como “rito de paso” para que Keaton acceda, ahora sí, al interior del mundo del cine.

Esta mezcla de realidad y ficción puede servir como proyección de ciertos aspectos de la vida del espectador, a partir de qué tanto se identifica uno con lo que ve, qué tanto de nuestros deseos inconclusos son llenados por el cine, qué tanto es capaz de reflejar la pantalla nuestra propia existencia. Esto nos muestra como las películas son capaces de inspirar la imaginación, presentándonos una realidad distinta, quizá mejor a la que tenemos, o sugiriéndonos otras maneras de mirar el mundo, a lo mejor más amables. Así, sin duda, lo entendió Woody Allen cuando realizó, en abierto homenaje a esta película, su genial La rosa púrpura del Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985), parte del hermoso acervo de películas sobre el cine, las cuales por lo general polarizan su posición de amor u odio hacia este medio: por cada Noche americana (La Nuit américaine, 1973), aparece un The Player (1992), para recordarnos que la ilusión tiene espinas. Pero Sherlock Jr. pasa por encima de esa balanza para exponer el sentido mismo del medio cinematográfico.

Sherlock Jr. (1924)

Sherlock Jr. (1924)

Si nos fijamos bien, lo que Keaton hace, en este filme pionero, es un comentario muy agudo respecto a todo lo que el cine es e implica: analiza el rol de las películas como oasis donde es posible perderse en fantasías cinéfilas y dejarse arrastrar por ellas; ve en los filmes elementos donde la gente cumple sus sueños de progreso, belleza y reconocimiento social; alcanza a vislumbrar la capacidad que tienen de enseñar, con su influjo, toda suerte de valores positivos y negativos; y por último reflexiona sobre la naturaleza misma de la realidad y la delgada línea que la separa de la fantasía audiovisual a la que nos arrastra voluntariamente el celuloide.

Al final de la película vemos a Keaton en la cabina de proyección junto a su chica. Mientras tanto, en Hearts and Pearls está ocurriendo algo similar y Keaton, inexperto, se fija en la pantalla para aprender como abrazar y besar a su amada, tal como está pasando frente a él. Al igualar frente a nosotros la película real y la película dentro de Sherlock Jr., Keaton nos está diciendo -por si lo habíamos olvidado- que ambos son filmes, que ninguno es más real que el otro, tal como lo implica este paralelo visual. La vida imita al arte -parece decirnos- pero no la supera, tal como todo el metraje previo nos lo indica. Es el cine modelándonos, influyéndonos, embrujándonos.

Toda una síntesis teórica, en sus escasos cuarenta y cinco minutos de brillantez absoluta. Truffaut repetía que el cine era mejor que la vida. Sherlock Jr. está ahí para confirmarlo.

Publicado originalmente en la revista Kinetoscopio no. 69 (Medellín, vol. 14, 2004), págs 94-97
©Centro Colombo Americano de Medellín, 2004

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