¿Recuerdan a Robert De Niro?

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Con su nominación al premio Oscar como actor de reparto por su papel en Los juegos del destino, la carrera de Robert De Niro parece, por fin, enderezar su rumbo.

Max Cady es un hombre temible. Un exconvicto psicópata que desea vengarse de quien lo puso tras las rejas. Y para ello empleará todas las formas de intimidación y violencia posibles: amenazas verbales, acoso y crueldad psicológica, agresión física hasta las últimas consecuencias. Max Cady hará lo que sea para desquitarse, pasando de la trampa refinada al más brutal de los ensañamientos. El modo en que Max seduce a la hija adolescente de su supuesto enemigo es uno de los momentos más sexualmente tensos que el cine contemporáneo recuerde. Por su papel como el implacable Max Cady en Cabo de miedo (Cape Fear, 1991) Robert De Niro recibió una nominación al premio Oscar como mejor actor en 1992, pero fue derrotado por Anthony Hopkins, que hizo historia con El silencio de los inocentes (The Silence of the Lambs, 1991).

El año previo De Niro había sido también nominado en la misma categoría por su rol de un paciente catatónico que se recupera. La película se llamó Despertares (Awakenings, 1990) y fue dirigida con mucha condescendencia por Penny Marshall. Antes de esas postulaciones consecutivas ya había recibido dos premios Oscar, uno como mejor actor de reparto por El padrino parte II (The Godfather: Part II, 1974) y otro como mejor actor principal por Toro salvaje (Raging Bull, 1980); entre ambos premios fue además nominado al Oscar por Taxi Driver (1976) y El francotirador (The Deer Hunter, 1978). Nos encontrábamos ante el actor más importante de su generación, un asombroso camaleón que no le temía a ningún reto y que los asumía con total entrega. El socio perfecto para un director tan dotado y arriesgado como Martin Scorsese, quien lo convirtió en símbolo de su cine y elevó su carrera a alturas inalcanzables para cualquier otro intérprete.

Robert De Niro en Toro salvaje (1980)

Robert De Niro en Toro salvaje (1980)

Lo que no sabía De Niro, ni nosotros, era que tras hacer Cabo de miedo para Scorsese su carrera iba a difuminarse tanto. Cuando el pasado 10 de enero Seth MacFarlane y Emma Stone anunciaron a primera hora del día que Robert De Niro había sido nominado como mejor actor de reparto por Los juegos del destino (Silver Linings Playbook, 2012), se rompió una larga brecha de 21 años durante los cuales su trayectoria como actor fue completamente ignorada por la Academia de Hollywood. Entre Cabo de miedo y Los juegos del destino, De Niro participó en la nada despreciable cifra de 48 largometrajes. En ese lapso hizo su última película con Scorsese (Casino, 1995), debutó como director con Una historia del Bronx (1993) y El buen pastor (2006), hizo dos filmes para Michael Caton-Jones, tres para Barry Levinson, dos veces compartió créditos con Al Pacino –Heat (1995) y Righteous Kill (2008)- , participó en Grandes esperanzas (1998) de Alfonso Cuarón y cometió algunas de las decisiones más absurdas, en cuanto a elección de roles, que uno pueda imaginar.

En los últimos quince años prácticamente no hizo ni un solo rol en una película valiosa o memorable. Empezó por parodiarse a sí mismo con Analízame (Analyse This, 1999) y en su secuela Analízate (Analyze That, 2002), un par de comedias relativamente inteligentes y exitosas en los que logró burlarse de los papeles de mafioso que había interpretado, a la manera que Marlon Brando lo hiciera con Un novato en la mafia (The Freshman, 1990), pero cayó más tarde en la tentación de la comedia gruesa: La familia de mi novia (Meet the Parents, 2000), Los Fockers: la familia de mi esposo (Meet the Fockers, 2004) y Los pequeños Fockers (Little Fockers, 2010), se convirtieron en el desfiladero por el que su carrera se vino abajo. Y lo peor: las nuevas generaciones de cinéfilos lo identifican casi que exclusivamente por estos filmes, ignorando por completo su noble trayectoria previa. Para ellos De Niro es una especie de payaso de mala leche.

De Niro y Billy Crystal en Analízame (1999)

De Niro y Billy Crystal en Analízame (1999)

Pero eso no fue todo: la mala fortuna lo acompañó en roles como los que hizo en 15 Minutes (2001), The Score (2001), Showtime (2002) –en el que se unió a Eddie Murphy sin ningún éxito-, Godsend (2004), Hide and Seek (2005), Stardust (2007), Los realizadores (What Just Happened?, 2008), Machete (2010), Año nuevo (New Year’s Eve, 2011) y una que aún azota las carteleras colombianas, Poderes ocultos (Red Lights, 2012). ¡Que entre el diablo y escoja! Semejantes descalabros sucesivos minan la confianza de cualquiera, productores incluidos, y aunque su nombre sigue siendo atractivo, cada vez se pierde más la confianza en los proyectos que emprende.

Es difícil explicar que ha ocurrido con su carrera. Usualmente los actores de gran nombre cuidan mucho su imagen y no se embarcan en realizaciones de dudoso origen e improbables resultados económicos, a menos que las propuestas dignas escaseen (como ocurre cas inevitablemente cuando envejecen) y haya necesidad de trabajar en lo que les ofrezcan, sin importar la calidad de los filmes. De Niro es un hombre con muchas iniciativas de negocios (festivales de cine, restaurantes) y una familia numerosa, y es probable que haya requerido recursos económicos continuos –como cualquier mortal- y no por pulsos, como ocurriría si fuera muy exigente al seleccionar sus papeles. Para él, según se desprende de las entrevistas en las que habla del tema, cada rol es simplemente un trabajo, sin importar el tamaño o la trascendencia del filme. Hace años que ya no tiene que probarle nada a nadie en términos de calidad interpretativa y por eso se da el lujo de quemar su imagen con filmes que podríamos llamar “alimenticios”.

De Niro y Jacki Weaver en Los juegos del destino (Silver Linings Playbook, 2012)

De Niro y Jacki Weaver en Los juegos del destino (Silver Linings Playbook, 2012)

David O. Russell, el director de Los juegos del destino, fue hasta la casa del actor para discutir el guion y se sorprendió al ver cómo la historia lo impactó: “Mientras estábamos hablando sobre el guión, pensaba que estaba con fiebre del heno y entonces, mientras hablábamos de la historia del padre y sus hijos, me di cuenta que estaba llorando lo cual fue muy incómodo para mí. Lo vi llorar diez minutos, y luego reanudamos la reunión cuando se calmó”. Esa conexión fue fundamental para Russell, cuyo hijo padece una enfermedad bipolar, una patología psiquiátrica que lo inspiró para realizar esta película.

Los juegos del destino es un drama disfrazado de comedia romántica. El tema es serio (la enfermedad mental bipolar) pero los medios que Russell utiliza para desarrollarlo –para dulcificarlo, podría decirse- aproximan al filme a la caricatura, aprovechándose del histrionismo derivado de los episodios maniacos que padece el protagonista del filme, y añadiéndole la historia paralela de una joven mujer con antecedentes de desórdenes mentales similares que sirve de catalizador de un floreciente interés romántico. Sin embargo, el núcleo de este filme sigue siendo profundamente dramático y ligeramente perturbador (la cámara “nerviosa” de Russell contribuye al efecto). Bradley Cooper y la muy hermosa Jennifer Lawrence, son Pat y Tiffany, la pareja de “desadaptados” sociales y mentales que sin querer terminan apoyándose uno al otro. Entre dos es más fácil soportar lo difícil que es vivir siendo el bicho raro, parecen decirse. El consuelo mutuo los redime.

Robert De Niro interpreta al padre de Pat, un hombre con tendencias obsesivas que estuvo vinculado con el fútbol americano, fue sancionado y ahora se dedica a las apuestas. Al verlo es imposible no suponer que su personaje será también una caricatura, un cascarrabias salido del mundo de los Fockers, pero De Niro lo dota de la sensibilidad que requiere para sacarlo a flote, para rescatarlo. La escena en la que Pat, en plena noche, se desespera buscando el video de su boda y termina por despertar a todo el barrio y enfrentándose a su padre tras golpear involuntariamente a su madre es un recordatorio del calibre de Robert De Niro, una muestra de capacidades integras, de fuerza interpretativa saliendo de un adormecimiento cómodo. Esta y en todas las escenas en que padre e hijo interactúan se nota un profundo amor por el personaje y por lo que este siente por ese hijo de alas fracturadas.

Los juegos del destino se antoja un feliz retorno para un hombre que nos brindó la oportunidad de verlo exigirse a extremos imposibles para meterse en la piel y el espíritu de sus personajes con Scorsese y que ahora parece estar reencontrándose y exigiéndose a sí mismo el respeto que su imagen y su trayectoria merecen. La futura Malavita de Luc Besson parece ir por este mismo sendero. Ojalá así sea. Este 17 de agosto Robert De Niro cumplirá 70 años: un buen momento para mirarse al espejo y ver de nuevo el rostro de un absoluto triunfador.

Publicado en el suplemento “Generación” del periódico El Colombiano (Medellín, 24/02/13). Págs. 8-9.
©El Colombiano, 2013

De Niro, Weaver y Cooper en Los juegos del destino (2012)

De Niro, Weaver y Cooper en Los juegos del destino (2012)

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