Un sayón reluctante: El verdugo, de Luis García Berlanga

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“La sociedad arrastra de la misma manera a la víctima que al verdugo”
-Luis García Berlanga

“Ya sé que Berlanga no es un comunista; es algo peor, es un mal español”
-General Francisco Franco

La imagen es de un poderío tan grande en su abstracción visual que quita el aliento. Estamos en un espacio cerrado y desolado, un ámbito carcelario blanco, enorme de pared a pared y de techo a suelo, y rematado al fondo por una puerta que conduce a otra estancia, a una donde hay un cadalso. La puerta se ve pequeñita a la distancia y hacia ella se dirigen dos cortejos fúnebres. Hay uno que lleva a un hombre resignado, al que acompañan abogados, quizá familia, un cura, el director de la cárcel. En el otro grupo hay un hombre en crisis, que no quiere aceptar su suerte y se resiste, lucha, se retuerce y se debate entre los dos policías que lo llevan casi a rastras y que deben pedir ayuda al cura y al director del penal para poder contenerlo y empujarlo hacia su destino final. Luego desaparecen todos tras la puerta. Solo queda un sombrero Panamá blanco -insólitamente festivo- en medio del recinto, sombrero que pertenece al hombre reacio a enfrentar su triste destino. Un policía lo recoge y se lo lleva. El primer sujeto, el que se dejó conducir voluntariamente, es el condenado a muerte. El segundo es el verdugo.

El verdugo (1963)

Leamos las palabras de Luis García Berlanga: “Es la primera vez en mi historia, en mi vida cinematográfica que he pensado antes la imagen que la idea. Entonces visualicé una enorme sala blanca, vacía, sin nada y esos dos grupos arrastrando a dos personas. Una de ellas era evidentemente la víctima y el otro el verdugo. Durante año y medio, dos años, decía «Tengo que hacer una película de esto», pero no pasaba más allá de esta imagen que era un segundo, medio minuto como máximo. Me costó mucho encontrar a hora y media que rellenase aquello y lo logré encontrar en colaboración con [Rafael] Azcona” (1). Esa imagen le vino a la mente después que un amigo abogado le relatara una ejecución de la que fue testigo. Se trató del caso de “la envenenadora de Valencia”, Pilar Prades, que fue condenada a morir por garrote vil. El ejecutor era un joven inexperto al que tuvieron que suministrarle algo para los nervios y luego prácticamente arrastrarlo para que cumpliera su misión. A partir de ahí iba a nacer El verdugo (1963).

El verdugo (1963)

Por supuesto que un guion que lleva la firma de Rafael Azcona (1926-2008) no es “hora y media de relleno”. Ambos ya habían hecho Plácido (1961), pero esta segunda colaboración no fue tan fluida. Berlanga decía que Azcona “se cansó de pasarse tres meses metidos en la cafetería de El Corte Inglés elaborando un guion. Nos gustaba el sitio porque era un fresco de la sociedad española, pero claro, yo, si bien me ajustaba a todo en cine: presupuesto, días de rodaje, etc., en el guion no: ahí siempre pedía tiempo indefinido” (2). Ambos contaron además con la colaboración de Ennio Flaiano, a quien se atribuye el diálogo final de la cinta.

Berlanga y Azcona se decantan por una tragicomedia sobre la relación amorosa entre dos marginados de la sociedad: José Luis (Nino Manfredi, exigencia de la coproducción italiana), empleado de una funeraria, y Carmen (Emma Penella), la hija de Amadeo (José Isbert), uno de los verdugos de la Audiencia de Madrid. Ninguno de los dos tiene ni ha encontrado pareja: el trabajo de él y la condición del padre de ella los han convertido en excluidos, en parias. Y si los dos se han encontrado, nada mejor que estar juntos definitivamente y establecer una familia. José Luis es un hombre que vive con su hermano mayor y la familia de este. Sueña con estudiar mecánica en Alemania y radicarse allá, pero El verdugo es la historia de la resignación de esas aspiraciones para –presionado por la sociedad y por sus obligaciones familiares– asumir en contra de su voluntad un cargo que jamás hubiera querido para sí. La película, en tono de sátira, aborda el conflicto moral de José Luis pero no le ofrece salida alguna. El protagonista le cuenta el dilema en que se encuentra a quien quiera escucharlo, pero nadie le presta atención. José Luis es la España de 1963, atrapada en contra de su voluntad en una espiral de degradación en la que los ciudadanos deben callar y hacer lo que se les ordena para poder seguir vivos, para evitar ser la siguiente víctima en un país donde la pena de muerte estaba vigente.

El verdugo (1963)

Pese a la desesperada situación de José Luis, el tono de la película desdramatiza su vivencia y la convierte en un cuadro de costumbres típicamente berlanguiano –simpático pero punzante- donde hay que estar atentos a la dosificada amargura y a la crítica social dispersas aquí y allá en medio de una puesta en escena aparentemente inofensiva. La genialidad de este autor radica en la minuciosidad antropológica de su mirada, capaz de revelar con mínimos gestos la real naturaleza de la que estamos hechos. Esta capacidad suya para la sugerencia era particularmente útil a la hora de enfrentarse a la censura estatal, que esperaba siempre la alusión gruesa y altisonante, no el grito camuflado con tal inteligencia. En El verdugo salen mal parados el libre albedrío, la iglesia, la burocracia estatal, la falta de oportunidades laborales, la inequidad social, la escasez de vivienda y, por supuesto, la pena de muerte.

El verdugo (1963)

Amadeo es un hombre con cuarenta años de experiencia en el oficio. Su posición frente al “garrote vil” es pragmática. Es tan solo un oficio que le permite estar en la nómina del estado y acceder a los beneficios de un empleado público, como por ejemplo la asignación de un apartamento. Es más, Amadeo defiende esta técnica por encima de la guillotina o la silla eléctrica, sin que en sus palabras haya un mínimo de sadismo, crueldad o humor negro: está tan acostumbrado a ejecutar que le ha quitado al hecho cualquier connotación moral o conflicto personal. Mientras su futuro yerno se toma un café, Amadeo saca sin problema alguno de su maletín los hierros con los que acaba de matar a un reo. Es la “banalidad del mal” que denunciaba Hannah Arendt encarnada en un anciano amable y conversador, pero que arrastra el estigma social del oficio que desempeña. La elección de José Isbert fue crucial para este rol, pues le da a Amadeo un aura necesaria de genuina bonhomía. No es un curtido asesino, es un abuelito laboralmente activo.

Y si bien Amadeo es ciego o inmune frente al desprecio que su labor genera, José Luis sí es consciente de lo que implica convertirse por obligación en un sayón. Moralmente está impedido para hacerlo, pero todas las circunstancias a su alrededor confluyen para llevarlo hacia allá, para convertirlo, paso a paso, muerto a muerto, en lo que es hoy su suegro. Esa es su tragedia, esa es la cuerda floja en la que se balancea con dificultad esperando nunca caerse, temiendo cada día ese salto al vacío del que ya no hay retorno. Hasta que un día nuestro improbable alambrista termina por perder el equilibro, empujado por un destino que no tuvo piedad con él.

El verdugo (1963)

El verdugo se sometió a la Comisión de Censura española que ordenó unos ajustes y cortes (las menciones de José Luis de irse a Alemania, el enmudecer el ruido de los hierros del garrote en el maletín de Amadeo). La película fue invitada por Luigi Chiarini a presentarse en el Festival de Cine de Venecia. Rumbo al evento, la película fue exhibida en Roma al embajador de España, Alfredo Sánchez Bella, quien al verla se escandalizó. Le dirigió una carta el 30 de agosto de 1963 a Fernando María Castiella, ministro de Asuntos Exteriores, en la que le advertía de las graves consecuencias de la presentación de la cinta en el festival: “la película me parece uno de los más impresionantes libelos que jamás se hayan hecho contra España; un panfleto político increíble, no contra el régimen, sino contra toda una sociedad. Es una inacabable crítica caricaturesca de la vida española”, anotaba. Pese a sus esfuerzos para impedirlo El verdugo llegó a Venecia –era una coproducción italiana- en medio de las protestas derivadas aún del fusilamiento del político comunista Julián Grimau (20 de abril) y los generados por la muerte a garrote vil de los anarquistas Francisco Granado y Joaquín Delgado (17 de agosto). La representación oficial española se había retirado del festival como protesta por la exhibición del filme. Paradójicamente, dado que a Francisco Franco le apodaban “el verdugo”, algunos anarquistas italianos pensaron que se trataba de un filme biográfico favorable al dictador y atacaron con piedras al grupo que fue a presentar el filme, que ganaría el Premio de la FIPRESCI.

El verdugo (1963)

Berlanga tuvo que esperar hasta el 17 de febrero de 1964 para estrenar El verdugo de manera limitada en algunos cines de Madrid. Apenas estuvo un par de semanas en cartelera. Pese a eso el filme logró el premio al mejor guion del Círculo de Escritores Cinematográficos de España, y Emma Penella, el de mejor actriz del Sindicato Nacional del Espectáculo. Pasarían tres años para que Berlanga reanudara su carrera como realizador con La boutique (1967), una coproducción con Argentina.

El finísimo retrato que hace  El verdugo de la sociedad española paralizada y atemorizada por el franquismo no tiene parangón. Para algunos era una tragedia, pero para otros…, para otros era mejor mirar hacia otra parte, o cerrar los ojos, o sencillamente pensar, de manera escapista, que nada pasaba. En los últimos planos de El verdugo la cámara hace eso: abandona el cuadro trágico, voltea a mirar hacia la derecha y ve ahí a un grupo que, despreocupado, baila a bordo de un pequeño barco de lujo. El barco sale del puerto. Las preocupaciones se quedaban en tierra.

Referencias:
1. Declaraciones tomadas del programa de televisión “La mitad invisible” de RTVE, grabado en 2009, pero emitido el 20 de febrero de 2012.

2. ‘El Verdugo’, 50 años de una obra maestra del humor negro, periódico El Mundo, página web: http://www.elmundo.es. Disponible online en:
http://www.elmundo.es/elmundo/2013/09/08/cultura/1378639359.html

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

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