Dicen que soy un payaso: Yoyo, de Pierre Étaix

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“Dos veces en mi vida he comprendido lo que significa ser un genio: la primera vez fue cuando busqué la definición en un diccionario; y la segunda vez, cuando conocía a Pierre Étaix”.
-Jerry Lewis

Hay una escena de Los payasos (I clowns, 1970), de Federico Fellini en la que Pierre Étaix y su esposa Annie Fratellini invitan a Fellini a su casa. Annie es nieta del payaso Paul Fratellini, quien con sus hermanos Albert y François, constituyeron un trío cómico de gran éxito en el periodo entre guerras. Étaix quiere mostrarle a Fellini un pequeño filme de 1924 sobre los Fratellini. En esa sala de estar hay muchas fotos de los Fratellini, pero también hay dos retratos de Buster Keaton –uno en su juventud y otro en su vejez- y un póster de Yoyo (1965), el segundo largometraje de Étaix. La proyección no funciona, pero Fellini se encarga de que evoquemos, en una divertida secuencia homenaje, a estos payasos que hacían sus shows también en orfanatos y cárceles.

Fellini y Étaix en Los payasos (I clowns, 1970)

Fellini y Étaix en Los payasos (I clowns, 1970)

Lástima que Étaix no aprovechara esa ocasión junto a Fellini para rememorar juntos el tributo que le hizo en Yoyo, que es en sí mismo una preciosidad cinéfila. En ese filme Étaix interpreta a un aristócrata francés que perdió toda su fortuna el desastre bursátil de Wall Street, y ahora recorre junto a su mujer y a su hijo Yoyo los pueblos europeos con un pequeño circo ambulante. Acaban de llegar a uno de esos poblados y el niño saca un letrero que anuncia la presentación de su espectáculo esa noche a las 8 ½ pm. Su padre, señalando hacia algo que no vemos le hace caer en cuenta en que llegaron tarde. El niño hace un gesto de lamento y se van. La cámara ahora se mueve hacia la derecha para mostrarnos una motocicleta y un redoblante, acompañados de un cartel que anuncia que hoy a las 8 ½ se presentan otros dos cirqueros: Zampano y Gelsomina. No hay nada más que decir. Solo llenarnos asombro y sonreír. La elegancia de ese homenaje es solo una de las muchas maravillas de Yoyo.

Homenaje a Fellini en Yoyo (1965)

Homenaje a Fellini en Yoyo (1965)

La admiración que Étaix sentía por Fellini tiene que ver con el gusto –la fascinación, mejor- que el director italiano profesaba por el circo, empezando por ese mito según el cual de niño se escapó de casa para irse con un circo, impactado por la presentación del payaso Pierino. El mundo circense siempre tuvo abundante y exuberante espacio en la obra de Fellini y eso para Étaix era absolutamente seductor: él se consideraba, llanamente, un payaso. Cuando renunció a seguir trabajando para su mentor, que era nadie menos que Jacques Tati, lo hizo por una razón clara: “él había encontrado lo que realmente quería hacer en la vida –ser un payaso” (1).

Sus años junto a Tati, entre 1954 y 1959, fueron de intenso aprendizaje del mundo interno del cine. Junto a él fue diseñador, creador de bromas visuales, sonidista, asistente de dirección, actor y dibujante de una versión novelizada de Las vacaciones del señor Hulot que escribió Jean-Claude Carrière. Étaix experimentó junto a Tati todo lo que representó hacer Mi tio (Mon Oncle, 1958), pero no podía quedarse toda su vida a la sombra de este creador. Sin embargo para Tati la partida de Étaix fue una suerte de traición. Según se cuenta pretendía que él protagonizara un filme basado en un guion autobiográfico llamado El ilusionista (L’illusionniste) que Tati nunca rodó. Es probable que también presintiera el surgimiento de un gran competidor.

Jean-Claude Carrière y Pierre Étaix

Jean-Claude Carrière y Pierre Étaix

Étaix empieza su carrera en el cine de la mano de Carrière realizando dos cortometrajes: Ruptura (Rupture, 1961) y Feliz aniversario (Heureux anniversaire, 1962), que gana el premio Oscar en su categoría. Su primer largometraje es El pretendiente (Le Soupirant, 1962) que gana el premio Louis Delluc, después viene otro corto – Insomnio (Insomnie, 1963)- y desembocaremos en Yoyo, que llega a las pantallas francesas el 19 de febrero de 1965. Ese año Godard estrena Alphaville y Pierrot, el loco, pero Étaix es impermeable a olas y vanguardias. Lo suyo es algo atemporal, algo que va a ser eterno. Y Yoyo en su exquisitez, va a demostrarlo.

La película abre en 1925, el año precisamente en que murió Max Linder, uno de los modelos humorísticos de Étaix. El protagonista de Yoyo es un millonario solitario, abúlico y nostálgico que vive en una gigantesca mansión. El personaje –que el propio Étaix interpreta tiene el vestuario y las maneras de Linder, pero el aspecto físico y el distanciamiento es el de Buster Keaton, mientras el estilo de humor del filme es el del elaborado gag visual propio del cine de Jacques Tati, haciendo de la minuciosidad la regla. Obviamente prescinde de las palabras y durante el segmento de apertura incluso hay intertítulos como en el cine mudo, solo los divertidos efectos sonoros nos recuerdan que estamos en una película hecha con posterioridad.

Pierre Étaix en Yoyo (1965)

Pierre Étaix en Yoyo (1965)

Las palabras aparecen en el cine y en Yoyo al final de esa década, coincidiendo con el crash de Wall Street. El millonario pierde su fortuna pero reencuentra el amor y a su hijo, que es quien en realidad se llama Yoyo. Son los años más felices, cuando como familia componen un circo ambulante. Ahora el relato avanza una década, hasta los albores de la Segunda Guerra Mundial. Ahora Étaix es el que interpreta a Yoyo adulto, un payaso profesional. Seguiremos su vida, la nostalgia por el pasado, la irrupción de la televisión, y como lentamente Yoyo empieza a imitar el modelo de vida que tenía su padre, a reconstruir la mansión y a rechazar el amor (o mejor, a no verlo pese a que lo encarne la bella Claudine Auger). ¿Terminará convertido en ese ser solitario que fue su padre y el filme hará un círculo completo? Ahí está el filme para que lo descubran por sí mismos.

Yoyo (1965)

Yoyo (1965)

Pese a tratarse de la vida (con tono autobiográfico) de un hombre y su hijo, Yoyo hace también la crónica de cuarenta años en la vida del siglo XX, los que están marcados por la irrupción de las tecnologías –el cine sonoro, la televisión- y las hecatombes, sean financieras o bélicas. Aunque el hilo conductor es siempre la elegancia formal y la sorpresa visual, Étaix y Carrière son lo suficientemente inteligentes para adobar su relato con homenajes artísticos (El ángelus, de Millet) y humorísticos (Chaplin, Groucho Marx), sátira (la guerra, Hitler), comentario social (la vacuidad de la vida de los ricos y famosos que Fellini plasmó en La dolce vita) y surrealismo. Todo eso en apenas 92 minutos.

Yoyo (1965)

Yoyo (1965)

Termina el filme y uno aún no comprende del todo el tamaño de la maravilla que acabó de ver. Es posible que eso sea común en las grandes obras artísticas: que su sentido último se nos escape en la primera visión o que sencillamente nunca lo captemos. Yoyo es un filme inaferrable, etéreo, construido a veinte centímetros por encima del suelo, flotando sobre nuestra inútil racionalidad. Un hombre es redimido por el circo o sea por la fantasía, por el arte, por la capacidad de imaginar que es posible escapar –así sea unas horas- a la convencionalidad de una existencia dictada por las obligaciones y los compromisos. ¿Hablo de Piere Étaix o de Yoyo? ¿Hablo de un niño italiano que en el verano de 1927 intentó huir de su pueblo uniéndose a una tropilla circense? Quizá hable de todos ellos, quizá me esté refiriendo al lector de este texto. O a mí mismo.

Referencia:
1. David Bellos, Jacques Tati, Londres, The Harvill Press, 2001, p. 227

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

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