La búsqueda interminable: Eso que llaman amor, de Carlos César Arbeláez

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Parece que nadie sabe con certeza que es a “eso” a lo que llamamos amor. Y como no es posible encontrar algo si no sabemos que es lo que buscamos, pues entonces los personajes del segundo largometraje de Carlos César Arbeláez, Eso que llaman amor (2016) andan a tientas, sin ninguna certeza o brújula que los oriente. Él pretende mostrarnos los diversos resultados de esa búsqueda infructuosa y por eso recurre a una narración coral que cuenta tres historias ligeramente relacionadas entre sí y que ocurren en la misma ciudad –Medellín– y en el mismo momento: durante la celebración del día de la madre.

Marlon “el selenita” y “la muchacha alegre” representan la ilusión romántica, la atracción, el acaso. Se acaban de conocer y disfrutan estar juntos. Erika encarna al deseo, pero en este caso no asociado al amor sino como sucedáneo suyo. Ella trafica con su cuerpo, da placer, pero no necesariamente lo obtiene. Lo suyo es un negocio, una transacción, un hondo vacío. Bernardo y Camila están el otoño de sus vidas, entre añoranzas tristes, soledades y ausencias. Se acompañan, se soportan, se toleran. Saben que no pueden vivir sin el otro. ¿En esto acaba el amor?, me imagino que se preguntan.

Eso que llaman amor (2016)

Ellos son los personajes de este filme, unos seres marginales, con una vidas quizá poco relevantes para los demás, pero en los que Carlos César Arbeláez se detiene, interesado en ellos, con ganas de que le ayuden a sustentar su tesis sobre la imposibilidad de saber que es el amor, si es que logramos definirlo más allá de una experiencia subjetiva y, por lo mismo, poco fiable. Sin embargo el director y guionista no pretende ser aleccionador ni evidente, sus historias no son cerradas ni tienen una moraleja, son momentos de unas existencias que tienen diversos afanes y urgencias, captadas a través de una lente que los trata con bondad, que en ningún momento se mofa de ellos o de sus dolores.

Marlon y “la muchacha alegre” son estatuas humanas que trabajan en la Plaza de Botero, incluso rivalizando entre ellos por el dinero que voluntariamente les dejan los transeúntes. Erika es una prepago de alto nivel, que busca reunirse con su hija en España, tenga que hacer lo que tenga que hacer. Bernardo es su padre, un jubilado afecto al alcohol, que vive junto a Camila, una mujer que llora la muerte violenta de su hijo. Ellos podrían ser personajes invisibles para nosotros, seres con los que a lo mejor nunca nos topemos o en los que no vamos a reflejarnos, pero a los que este filme visibilizó y ahora nos importan.

Eso que llaman amor (2016)

Contar historias paralelas no es sencillo, pues en ocasiones se hace énfasis en alguna y se descuidan las otras, o no todas alcanzan el mismo interés. Desde el punto de vista comercial, la historia de Erika (la actriz Linsy Holguín) es la más atractiva: se trata de una mujer hermosa y exuberante a la que acompañaremos a visitar a uno de sus clientes, un turista japonés. Sin embargo la belleza de su cuerpo no logra ocultar la progresiva desazón que invade a esta mujer, que parece de repente derrotada, incapaz de seguir con un plan que ella sabe condenado al fracaso. El segmento dedicado a Bernardo (interpretado por Cristóbal Peláez, un referente del teatro antioqueño) y a Camila, se antoja el más convencional. Ese desmoronamiento de una pareja, esos silencios y desencuentros, no ofrecen una perspectiva diferente a lo visto ya en cintas que hacen referencia a nuestras múltiples formas de violencia. Ellos acá son victimas y victimarios.

Eso que llaman amor (2016)

Para mi gusto, el relato más logrado y con más posibilidades expresivas es el de las dos estatuas humanas. Dos seres que se reconocen en sus carencias y deciden compartirlas para hacerlas menos duras. Los dos tienen un pasado, los dos quieren olvidarlo por un momento y darse una tregua en el cuerpo del otro. Hay mucha sensibilidad en el modo en que Carlos César Arbeláez los va relacionando, los va haciendo entrar en intimidad, nos descubre su verdadero rostro, nos hace sentir que son ellos los que –embriagados de ron y ganas- van a ser capaces de saber que es eso a lo que llaman amor.

Pero el amor es un objeto alado e inasible y escapa volando cuando intentamos atraparlo. Solo nos quedan las manos vacías, como las de Marlon, Erica y Bernardo. Pero lo más curioso es que pese a las derrotas esta búsqueda nunca termina para nosotros, nunca nos cansa, siempre estamos dispuestos a volverla a empezar. Así somos.

Publicado en la revista Kinetoscopio No. 116 (Medellín, vol. 26, 2016), págs. 34-36
©Centro Colombo Americano de Medellín, 2016

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