Volver al pasado: Retratos en un mar de mentiras, de Carlos Gaviria

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Nuestro cine tiene el derecho -y hasta el deber- de relatar y dar testimonio de lo que somos. Y eso incluye, así les pese a algunos, nuestros dolores. Un sector del público se declara cansado de narcotráfico y sicarios en la pantalla, pero el cine y sus realizadores no tienen cómo tapar el sol con las manos. Nuestra sociedad incubó muchos males y mal haría un arte -audiovisual, masivo- como este en ocultarlos. El desplazamiento forzado es uno de esos dolores, uno que convirtió a muchos conciudadanos en seres que deambulan sin esperanza buscando un lugar en el mundo que logre reemplazar el que les arrebataron.

Marina es una de esas personas y Retratos en un mar de mentiras es su historia. Su director, Carlos Gaviria, quiere hacer una denuncia, pero pasándola a través de filtros estéticos y ficticios que la diferencien claramente del documental y del panfleto político. Por eso le mezcla elementos de humor popular -que no populista- y un entrañable recorrido geográfico por el país, juntando como improbables compañeros de viaje a una taciturna Marina (Paola Baldión) y a su locuaz primo, Jairo (Julián Román) a bordo de un Renault 4.

El de ellos es un viaje al pasado, a la tierra costeña que un día Marina abandonó a la fuerza y que ahora pretenden ambos recuperar. Su plan es frágil, pero no hay nada más. Ella arrastra consigo traumas y fantasmas, como apretado grillete que no la deja ser feliz, que no la deja sentirse viva. Temerosa y desconfiada, Marina necesita algo que la ponga en paz consigo misma. Quizá volver sea lo que necesita. Quizá.

Aunque este sea el primer largometraje de Carlos Gaviria, su experiencia previa en cine y en televisión como cinematografista, documentalista y realizador salta a la vista. Su película está bien concebida en lo visual y su relato atrapa y conmueve. Mantiene, además, con buen pulso un rango restringido de información para el espectador, logrando revelarle todas las piezas faltantes del rompecabezas narrativo en un clímax violento que funde el presente y el pasado de Marina y que resulta toda una prueba actoral -superada con honores- para Paola Baldión.

“Los fantasmas no están unidos a los lugares, sino a la gente, a los vivos”, dice un personaje de la película de Weerasethakul que ganó la Palma de Oro en Cannes el pasado domingo. Y eso lo descubre Marina al concitar los espectros de los que amó, para enfrentarse a ellos, para exorcizarlos por fin.

Ahora frente al mar real, no el océano ficticio que era telón de fondo para las fotos de Jairo, Marina ha terminado el viaje y ha vuelto a sus raíces. Pero, ¿estará en paz?

Publicado en la columna Séptimo arte del periódico El Tiempo (Bogotá, 27/05/10). Pág.1-20
©Casa Editorial El Tiempo, 2010

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