Los límites de la teoría: Oppenheimer, de Christopher Nolan

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Oppenheimer (2023) es la primera biopic que Christopher Nolan escribe y dirige, y por ende tenía que ser todo lo ambiciosa y over-the-top que el prestigio de este realizador ameritaba. Era entonces un claro reto personal y artístico para un autor que, como Nolan, despierta a veces cierta irritación por sus crípticos laberintos narrativos y por la ansiedad de éxito que se nota en sus creaciones. Oppenheimer resulta ser una suma de sus bondades como autor, insertas en un relato más cercano al público que creaciones como Tenet (2020) –de todos modos al basarse en personajes reales debía circunscribirse a hechos históricos concretos, sin por ello sacrificar las improntas de su cine.

Oppenheimer (2023)

Obviamente el personaje elegido para la biopic debía estar a la altura de las circunstancias y el físico cuántico J. Robert Oppenheimer resultaba ser el héroe americano perfecto: tuvo en su momento un enorme renombre y un prestigio más que merecido, pero no era ahora excesivamente conocido más allá de los círculos científicos e históricos, y además también resultó ser víctima de la doble moral estadounidense. Súmense sus ideas progresistas y de izquierda, su influjo político, su genialidad, la culpa y el desengaño que sintió frente a su invención, y tendremos un protagonista ideal para el filme. Nolan contó además con una excelente biografía como apoyo: “Prometeo americano: El triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer”, de Kai Bird y Martin J. Sherwin, publicada originalmente en 2005.

Oppenheimer (2023)

La película está dispuesta en tres planos temporales distintos, intercalados hábilmente entre sí. Uno es el de la vida de J. Robert Oppenheimer (Cillian Murphy), desde su época como estudiante en Europa, su llegada a Estados Unidos como profesor en la Universidad de California en Berkeley, y su posterior vinculación al proyecto Manhattan en 1942, que llevó al desarrollo de las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki. El segundo plano temporal sucede en 1954 cuando tras ser denunciado al FBI, se le suspenden sus acreditaciones de seguridad, impidiéndole por ello acceder a documentos militares secretos. Al apelar esta suspensión, Oppenheimer fue sometido a una sesgada audiencia de autorización de seguridad. El tercer momento es en 1959, cuando vemos al almirante Lewis Strauss (Robert Downey Jr., en una magnífica interpretación) enfrentarse a una comisión del Senado para confirmar la nominación que el presidente Dwight D. Eisenhower le hizo para convertirlo en Secretario de Comercio de Estados Unidos. Strauss, que fue presidente de la Comisión de Energía Atómica, había nombrado a Oppenheimer como presidente de su Comité Asesor General y por ende se conocían bien. Ambos “juicios” (ninguno lo es, en realidad, aunque lo parezcan) le sirven a Nolan para escarbar mediante flashbacks la vida del protagonista y recalcar la paranoia política que se vivía en la época macartista. Entremezclándose en estas tres narraciones hay una escena entre Oppenheimer y Albert Einstein que funciona como el “Rosebud” de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941): como la revelación a donde todo va a concluir.

Oppenheimer (2023)

Robert Oppenheimer fue un personaje polémico y así lo presenta Nolan, sin concesiones nostálgicas o laudatorias. Nada sabremos de su familia, más allá de una mención a su padre y de la existencia de su hermano Frank, con quien compartió reuniones sindicales promovidas por el partido comunista norteamericano, al que Robert nunca se afilió, pero con el que evidentemente simpatizó. Allí en esos encuentros semiclandestinos conoció a Jean Tatlock (Florence Pugh), una médica que iba a convertirse en su amante, relación que se prolongó incluso cuando Robert se casó con Kitty Puening (Emily Blunt), otra activista comunista. La relación explicita con Jean añade capas de humanidad al perfil, nada rígido, de Robert Oppenheimer, que la película muestra. Sus declaradas ideas liberales y de izquierda, y sus vistosos amoríos con varias mujeres no fueron impedimento cuando el gobierno de Estados Unidos lo necesitó para liderar el proyecto Manhattan y hacer de Los Álamos, en Nuevo México, el centro de operaciones que reunió las mejores mentes del país en pro de ganarle a los nazis la carrera por tener una bomba atómica, una vez que se descubrió que era posible la fisión nuclear.

Oppenheimer (2023)

Esta sección del filme, en la que comparte créditos y responsabilidades con Leslie Groves (Matt Damon), el coronel a cargo del proyecto, es la más convencional en términos narrativos: la empresa común, la suma de esfuerzos colectivos, la lucha de conceptos y egos, los problemas que surgen a lo largo de un sendero que fluctuaba entre las posibilidades –y limitaciones- de la teoría versus lo que implicaba poner en práctica eso conceptos, la necesidad de entregar resultados contra reloj enfrentados a un poder de alcance desconocido. Por fortuna este relato se intercala en el montaje con los otros dos momentos que son posteriores en el tiempo, de ahí que nos llegue permanentemente información del pasado y del futuro del personaje, completando las piezas del rompecabezas de su existir, lo que exige que haya un espectador muy atento a los saltos temporales de la narración.

Oppenheimer (2023)

El montaje es el gran diferenciador de Oppenheimer: Nolan lo usa para que nunca perdamos de vista que pese a su éxito, el protagonista pasó de héroe a villano en un instante, cuando ya dejó de ser útil y sus ideas de control y prevención de uso de armamento nuclear empezaron a sonar incómodas y demasiado “rojas” en la guerra fría. Si el montaje visual “a tres bandas” complementa la información, el diseño y el montaje sonoros (a cargo respectivamente de Randy Torres y de Michael W. Mitchell, habituales del cine de Nolan) realizados a la banda sonora del compositor Ludwig Göransson, establecen el tono y la pauta emocional narrativa. La música se mete en las situaciones que vemos y en el estado mental de Robert Oppenheimer, y en ambos casos taladra, hurga, altera y realza el drama a niveles asombrosos. El trabajo sonoro modifica la experiencia sensorial y la transforma en algo más allá de la suma de las partes audiovisuales, algo que recuerdo haber experimentado a menor escala en The Velvet Undergound (2021), de Todd Haynes y en Moonage Daydream (2022), de Brett Morgen, pero en ambos casos se trataba de documentales musicales, no de obras de ficción. Esta es una sensación que, sencillamente, hay que vivir en la pantalla grande. También en una secuencia clave hay un enorme silencio, que es igual de elocuente.

Oppenheimer (2023)

El courtroom drama es un género casi infalible en el cine y Nolan tiene en Oppenheimer dos audiencias a su disposición. El director se sirve acá del interrogatorio ácido y agudo, del cruce de testimonios, y de las revelaciones escondidas que salen a la luz con violencia y dolor. La audiencia ante el Senado del almirante Lewis Strauss evoca el vértigo de JFK (1991), de Oliver Stone: el uso del blanco y negro, el manejo de cámaras, las preguntas y respuestas, y los testigos, remiten al filme de Stone. Ambos filmes exploran los intereses políticos que existen a la hora de mantener oculta la verdad. La audiencia de 1954, en la que Robert Oppenheimer es “el acusado”, es más feroz desde la parte acusatoria, más punzante y degradante. Es un hombre acorralado, enfrentado a su pasado, a sus convicciones, a sus “pecados” por acción y omisión, y que busca recuperar su buen nombre, hecho harapos.

Oppenheimer (2023)

Pero independientemente de juicios externos, el dilema de Robert Oppenheimer es moral y ocurre en su interior. El poder que desencadenó con la bomba atómica lo confronta, lo asusta y lo cuestiona. No imaginó que ese invento podría ir más allá de ser un instrumento disuasorio, para volverse ofensivo. Tampoco supuso que sus creencias políticas importarían más que su inmenso saber científico. Oppenheimer no es por ello una película sentimental ni hagiográfica, es una película fría y torturada. Brilla como el destello atómico, pero lo que queda al final es el rescoldo de ceniza que asfixia no solo el cuerpo, sino sobre todo el alma.

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A. – Instagram: @tiempodecine

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