¿Quién le teme a Luis Buñuel?

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“Durante toda mi vida he conservado algo de mi paso –poco más de tres años- por las filas exaltadas y desordenadas del surrealismo. Lo que me queda es, ante todo, el libre acceso a las profundidades del ser, reconocido y deseado, este llamamiento a lo irracional, a la oscuridad, a todos los impulsos que vienen de nuestro yo profundo”, escribía Luis Buñuel en su libro de memorias Mi último suspiro, y sin duda esas palabras revelan con precisión el origen de su inquietante cine.

Esta semana se conmemoraron treinta años de la muerte de Buñuel y además la Muestra de Cine Español -organizada por la Consejería Cultural de la Embajada de España en Colombia- está exhibiendo en la actualidad una retrospectiva itinerante de doce de sus películas. Hay que hablar de Buñuel, escribir de Buñuel, ver su atrevido cine y, sobre todo, suponer el estupor que producía.

Iconoclasta, temeraria, incómoda y adelantada a su tiempo, su obra es una amalgama de temas obsesivos mal disimulados que nos llevan en un viaje hacia los pasadizos menos iluminados del alma humana, allá donde afloran pasiones inconfesables, deseos inconclusos, perversiones y actos que no queremos recordar. Buñuel logra conducirnos hasta allá sin dificultad gracias a unas películas alegóricas disfrazadas de narraciones aparentemente convencionales, pero que esconden un aguijón tremendamente agudo. Nadie queda indemne tras ver su cine, algo se nos retuerce por dentro, como ocurre cuando hemos sido descubiertos in fraganti.

Sin embargo ya no se le teme a Luis Buñuel. Otros narradores contemporáneos han reemplazado su obligada sutileza y la han convertido en imágenes explicitas, en golpes directos, en nauseas francas. Los espectadores contemporáneos han perdido el pudor, ya nada les impresiona o les impacta. El cine de Buñuel se ve entonces elemental, demasiado sometido a las constricciones de la censura y menos escandaloso de lo que aparenta. Al pensar así el público se queda en la superficie y se pierde de disfrutar las fuertes corrientes ocultas que atraviesan su obra, unificándola y a la vez haciéndola única. Buñuel fue un autor que solo se parecía a sí mismo, nadie tenía su valor ni su peculiar concepción del cine.

Acérquense a Los olvidados, admiren a Viridiana, interróguense con El ángel exterminador, sorpréndanse con Bella de día. Encontrarán una obra compleja, retadora y fascinante. Y lo mejor: aún viva.

Publicado en la columna “Séptimo arte” del periódico El Tiempo (Bogotá, 01/08/13). Pág. 18
©Casa Editorial El Tiempo, 2013

Viridiana (1961)

Viridiana (1961)

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