Sentirse renacer: El ladrón de París, de Louis Malle

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“Doloroso espectáculo el de esos sueños enérgicos y crueles condenados a rumiar sueños de independencia bajo el ojo húmedo de los castrados”.
-Georges Darien, El ladrón

-“Aparte del verdadero placer, el que escondemos dentro de nosotros, ¿hay algo por lo qué merece la pena luchar?”-, le pregunta Georges Randal a Jean-Francois Cannonier. Ambos son dos ladrones viviendo en la Francia de fin de siècle. El primero es un aficionado que ha ido ganando prestigio por sus eficaces golpes y el segundo es un gran pillo, un profesional que acaba de fugarse de la cárcel. Los dos sienten auténtica pasión por lo que hacen, el gusto que les genera entrar a una casa ajena y robar objetos de valor es algo que comparten y que se les nota que disfrutan.

La pregunta que le hace Georges es el credo de El ladrón de París (Le Voleur, 1967), un filme que trata sobre lo que implica sentir una pasión. Siempre hay algo de locura en el apasionarnos por alguien o por algo: se trata de una suerte de obsesión que jala, impulsa, mueve y también obnubila. Los que miran al apasionado no entienden el motivo de tal embeleso, solo aquel que la vive es capaz de entender la dimensión de esa sed. No importa que la pasión sea lícita (un deporte, un hobbie) o ilícita (un romance prohibido, un vicio), lo que importa es cuán vivos nos haga sentir, cuantas veces nos sintamos renacer ante el objeto deseado, amado o idealizado. Eso siente Georges cada vez que roba. Sabe que eso no es lo correcto, sabe a los peligros a los que se expone, sabe que tarde o temprano lo van a atrapar, pero no es capaz de detenerse. No está enfermo. Tiene una pasión. Y hay que tener una para entenderlo.

El ladrón de París (Le Voleur, 1967)

Los guionistas, Malle y Jean-Claude Carrière en su segunda colaboración juntos, así lo comprenden y por eso no lo juzgan. Nos muestran sus andanzas, nos explican los motivos que lo impulsaron a robar por primera vez y como eso deviene en una actividad que le genera un enorme placer, una gigantesca sensación de libertad. Malle y Carrière parten de la novela del anarquista Georges Darien, El ladrón, publicada en 1897, y con ella construyen un relato, en forma de un extenso flashback, que es benévolo con su protagonista y sus compinches, pero crítico de las circunstancias que lo llevaron a robar.

El libro es muy extenso y por eso los guionistas decidieron suprimir varios de los aspectos políticos del texto y centrarse en la historia de Georges (interpretado por la estrella francesa del momento, Jean-Paul Belmondo), los ladrones que conoce y le enseñan el oficio (interpretados por Julien Guiomar, Paul Le Person y Charles Denner), y las mujeres que por una u otra razón le rodean (un ramillete de hermosas actrices como Geneviève Bujold, Marie Dubois, Martine Sarcey y Bernadette Lafont) y que tendrán una gran importancia en su vida. Malle siempre estuvo muy satisfecho con el reparto de El ladrón de París, lo consideraba cercano a la perfección. Cumplía así con el segundo y último filme de un contrato que hizo con United Artists.

Sumemos también que

Además es una historia que él sintió muy personal: “Cuando releí el libro me identifiqué con George Randal. Había alcanzado cierto punto después de diez años de estar dirigiendo y pensé que podía usar el libro como metáfora de lo que me había ocurrido. No podía evitar comparar a Randal el ladrón con Malle el director. Ambos proveníamos de familias convencionales y adineradas y rompimos con ellas por rebelión, ira y el deseo de vengarnos y sacudirnos. Por supuesto luego sigue una vida romántica aventurera, muchas mujeres, éxito, dinero. La sociedad que tu rechazabas te aclama, y te encuentras de nuevo donde empezaste” (1), afirmaba el director. Sumemos también que en ese momento su vida personal estaba en crisis, su matrimonio con la actriz Anne-Marie Deschodt llegaría en 1967 a su fin, apenas dos años después de su unión.

El ladrón de París (Le Voleur, 1967)

En el fondo de este relato de época –perfectamente ambientado por Jacques Saulnier- hay una historia romántica. Georges empieza a robar por despecho y por venganza, y parece que todos sus actos delictivos son una forma de compensar una carencia económica y afectiva: la falta del dinero que su tío supuestamente invirtió mal, y el no tener el amor de una mujer de quien lo han alejado. Es como si en vez de haberse dedicado a beber para olvidar, haya optado por el robo, pues siempre hay en el fondo la nostalgia de lo que le quitaron, tanto afectiva como económicamente. Ese sentimentalismo, en medio de la historia obsesiva –situada en el pasado- de una pasión ilegal, filmada por la cámara de Henri Decaë y protagonizada por Belmondo, Charles Denner, Marie Dubois y Bernadette Lafont, remiten de inmediato al cine de François Truffaut, pero lo más curioso, es que hace pensar en el cine que Truffaut aún no había hecho, como La sirena del Mississippi (La sirène du Mississipi, 1969), Las dos inglesas y el amor (Les deux Anglaises et le continent, 1971) o Diario íntimo de Adela H. (L’histoire d’Adèle H., 1975), como si Malle con este filme lo hubiera influenciado en gran medida para hacerlas.

El ladrón de París (Le Voleur, 1967)

En lo que si difiere El ladrón de París de las futuras obras de Truffaut es en el elegante y delicioso tono de sátira que la recorre. A diferencia de las comedias previas que Malle había hecho, donde el humor era burdo, surrealista y muy primario, acá él y Carrière se deleitan haciendo de la sutileza, la ironía y el doble sentido unas herramientas humorísticas tremendamente efectivas para ridiculizar a la burguesía -con todas sus falsedades, dobleces, prejuicios e intereses- en la que se mueve Georges Randal, contrastándola con el submundo de los rateros profesionales, hábiles lectores de los puntos débiles de sus víctimas y excelsos trepadores sociales. En un mundo donde reinaba la hipocresía, como en el de la Paris de los albores del siglo XX, estos timadores no solo encajaban perfectamente, sino que además prosperaban, mimetizados entre los señores de bien. El papel de Julien Guiomar como el abate Félix La Margelle vale su peso en oro, no solo por la sorna con la que está construido el rol, sino además por el anticlericalismo –otro signo del cine de Malle- que demuestra.

El ladrón de París (Le Voleur, 1967)

El ladrón de París no tuvo el éxito esperado. Estrenada en febrero de 1967 en Francia, contó con una taquilla de 1.225.000 entradas. Su cinismo, el estar ambientado en el pasado y el tener a Belmondo convertido en ladrón, posiblemente influyeron en su resultado negativo. Malle añade que “la oportunidad del filme no fue buena. Salió un año antes de mayo del 68. Querían películas militantes. Todos eran maoístas en ese entonces” (2).

Referencias:
1. Philip French (Ed.), Malle on Malle, Londres, Faber and Faber, 1996, p. 55, 56
2. Ibid., p. 59

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

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