Un testigo del horror: Los fantasmas de Goya, de Milos Forman

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Que la suma de talentos individuales no siempre concluye en una buena película lo confirma con dolor Los fantasmas de Goya (Goya’s Ghosts, 2006), un proyecto rodeado de figuras por los cuatro costados: producción de Saul Zaentz, el responsable de títulos como Atrapado sin salida o La insoportable levedad del ser; guion de Jean-Claude Carriere y Milos Forman, y dirección además de este último. Carriere fue guionista de Luis Buñuel en obras claves como Bella de día y Ese oscuro objeto del deseo, mientras al checo Forman se le deben filmes como Los amores de una rubia y Amadeus. Como actores vincularon a Javier Bardem, Natalie Portman y Stellan Skarsgard. Todo un dream team creativo y artístico a las órdenes de una historia que prometía mucho.

El resultado dista de esas promesas. El problema básico fue crear falsas expectativas. Esta no es una película sobre Francisco de Goya, esta es una película que se lucra de su figura y de su obra como disculpa para escenificar una historia ambientada en los últimos años de la inquisición en España y en medio de la turbulencia política y social que se vivió en esa época, donde el poder cambiaba de manos con ambiciosa facilidad, a costa del sufrimiento, el dolor y la sangre del pueblo.

Los fantasmas de Goya (Goya's Ghosts, 2006)

Los fantasmas de Goya (Goya’s Ghosts, 2006)

A un lado, como testigo y sobreviviente del horror está Goya (interpretado por Skarsgard), dejando testimonio de lo vivido en sus dibujos y grabados. Es fácil entender el origen del pesimismo y de la oscuridad de su obra: son las del difícil momento que le tocó vivir, por fortuna a salvo de sobresaltos mayores gracias a su talento artístico y a sus contactos con la realeza y la Iglesia.

Sin embargo -y esto es llamativo-, Milos Forman lo deja como un figurante secundario, carente de profundidad e introspección, un desperdiciado punto de confluencia de otros personajes que transitan perezosos y estáticos por esta narración artificiosa que prefiere apelar por lo seguro, por un melodrama convencional de novelescas y manipuladoras intenciones que involucra a una joven prisionera que es víctima de abuso (Portman), a una hija perdida e improbablemente encontrada tras tres lustros de desaparición, y a un sacerdote inquisidor (Bardem, algo incómodo en su primer papel en inglés) que deja los hábitos para abrazar la causa revolucionaria, mientras oculta un secreto. Todo esto entre válidas pero superficiales denuncias al fanatismo, al totalitarismo y la intolerancia, los unos y la otra tan vigentes en ese entonces como ahora.

Un folletín nada digno del pedigrí de los involucrados.

Publicado en el periódico El Tiempo (Bogotá, 16/10/08). Columna Cine, pág. 1-18
©Casa Editorial El Tiempo, 2008

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