Sin fijar la vista atrás: Belfast, de Kenneth Branagh

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“Aparte de las murmuraciones en 1935 y la habitual pelea de los sábados por la noche, este período hasta la década de 1960 estuvo relativamente libre de violencia sectaria u otros problemas de ese tipo. La proporción de protestantes a católicos en York Street era de dos tercios a un tercio, y trabajaban, comían y jugaban juntos en paz” (1), escribe Kenneth Branagh en su libro de memorias Beginning, a propósito de su infancia en Belfast. Esa convivencia entre vecinos de distintas religiones va a verse alterada por “The Troubles”, apelativo como se conoció al largo conflicto interno entre los unionistas protestantes y los republicanos católicos, algo de lo que Branagh fue testigo. Tras un prólogo en la ciudad actual, Kenneth Branagh en Belfast (2021) nos lleva atrás en el tiempo, al 15 de agosto de 1969, cuando el personaje que es su alter ego en el filme –Buddy- tiene 9 años y es testigo en su propia calle de un brutal estallido de violencia contra los católicos que han sido y son sus vecinos y amigos.

Belfast (2021)

Pero Belfast no es sobre “The Troubles” y Kenneth Branagh no es ni Ken Loach, ni Jim Sheridan, ni Steve McQueen, ni pretende serlo. Belfast es una historia idealizada sobre ser niño en un barrio de clase obrera en los años sesenta del siglo XX. Es la vida de Branagh pasada por un filtro de escapismo romántico que suaviza cualquier dolor y cualquier amargura que esa infancia haya tenido. Es tal la sublimación, que Branagh escogió a Jamie Dornan y a Caitriona Balfe para interpretar a sus padres: una pareja más bella y más atractiva no se consigue más allá de los límites de la ficción. Quiero pensar que así ve Buddy (Jude Hill) a sus progenitores, como ve todo el resto de la realidad que lo circunda: por eso es más importante para él el sentirse enamorado de una compañera de clases, que el sentir temor de ver en la esquina de su cuadra una barricada improvisada construida con las losas de la acera y estar custodiados por un tanqueta del ejército, mientras en las noches los vecinos patrullan la calle con antorchas.

Belfast (2021)

Esta mirada edulcorada no tiene nada de malo per se, siempre y cuando entendamos que es la visión de un niño, su perspectiva (incluso visual: por eso los personajes adultos se enfocan dese abajo para hacerlos aún más altos) y su conocimiento de lo que lo circunda lo que va dar sentido a la película. Para él es un enredo entender la diferencia entre protestantes y católicos (¿por el nombre?, ¿por el tipo de culto?, ¿por la posibilidad de perdón?), y lo que implica sentirse enamorado de una católica. Para él el trabajo de su padre en Inglaterra es un misterio, Para él es normal que sus padres bailen felices en la calle, mientras la zozobra rodea a todos.

Belfast (2021)

Bendecida con un glorioso blanco y negro, y con una banda sonora de melodías de Van Morrison, Belfast transcurre episódica entre episodios escolares, visitas a los abuelos paternos (Ciarán Hinds y Judi Dench), pilatunas de todos los estilos, el abrumador sermón dominical del pastor local y alguna que otra amenaza velada del líder barrial protestante, que quiere que el padre de Buddy tome partido activamente en la lucha contra los católicos del vecindario. Si el tiempo y la memoria aligeran y seleccionan los recuerdos, haciendo olvidar los malos ratos, entonces el ejercicio nostálgico que es Belfast es un triunfo para su director y guionista, que ha hecho un filme agradecido y benévolo sobre el sacrificio de sus padres y abuelos, que le permitió a él y a su hermano vivir seguros en Inglaterra lejos de “The Troubles”.

Belfast (2021)

Ser irlandés es saber decir adiós, nos dice Branagh con sus imágenes. El obligado destierro, un tema trascendental en el último tercio de la película, es visto como un acto de amor y de responsabilidad frente a unos hijos –Buddy y su hermano mayor- que merecen un futuro seguro, así implique marcharse sin fijar la vista atrás, cortando unas raíces que parecían completamente enterradas en ese terruño irlandés que para ellos era todo: su universo era esa calle, esos amigos, esa familia, su dialecto, sus costumbres. Esas cosas estaban profundamente arraigadas en ellos, y sin embargo iban a ser capaces de sacrificarlas, en una diáspora enorme que los desperdigó por el mundo y del que esta familia es solo un ejemplo. Por eso la película está dedicada tanto a los que se fueron, como a los que se quedaron, y a todas las vidas que se perdieron en esas décadas de intolerancia.

Belfast (2021)

Es innegable que Belfast es una película complaciente. Viéndola evoqué a La esperanza y la gloria (Hope and Glory, 1987), de John Boorman, con la que comparte la misma frivolidad en medio de una atmósfera de conflicto, pero tampoco se puede negar que este filme de Kenneth Branagh es conmovedor. En el punto medio entre las concesiones al público y la sensibilidad que el realizador demuestra, se encuentra la virtud de una película que es un personalísimo mensaje de agradecimiento a una ciudad que él lleva consigo sin importar donde viva.

Citas y referencias:

1. Kenneth Branagh, Beginning, Nueva York, W.W. Norton & Company, 1990, p. 6

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A. – Instagram: @tiempodecine

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