Regresar de la muerte: La sociedad de la nieve, de J.A. Bayona

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“Lo que ocurrió en los Andes es tan desmesurado que actúa como un lente de aumento resaltando lo relevante y dejando en evidencia lo intrascendente”

-Pablo Vierci

Empecemos por la conclusión: La sociedad de la nieve (2023) es imponente. Es cine contado con brío y desmesura, a nivel exacto de la historia real que la inspiró. No es una motion picture, es una emotion picture, para citar a Wenders. J.A. Bayona está acostumbrado a este tipo de proyectos de alta adrenalina –Lo imposible (2012) es excepcional- pero acá, partiendo de un hecho infortunado de la historia aérea del siglo XX ampliamente conocido, pero no por ello menos impactante, ha hecho una película que combina el cine de desastres con un aspecto que muchas veces se pasa por alto en ese género: el de la solidaridad que surge en las circunstancias más adversas. El eslogan que reza en el afiche de Lo imposible dice “Nada es más poderoso que el espíritu humano”, que perfectamente puede aplicarse para el relato de los integrantes del equipo de rugby uruguayo y sus acompañantes que en un vuelo que salió desde Montevideo rumbo a Chile, se estrellaron en la cordillera de los Andes el 13 de octubre de 1972 en un paraje helado conocido como El valle de las lágrimas, en la provincia argentina de Mendoza. 

La sociedad de la nieve (2023)

Dos películas muy populares ya han abordado esta tragedia, la mexicana Los supervivientes de los Andes (1976) y la estadounidense ¡Viven! (Alive, 1993), pero Bayona –que sin duda las vio- se basó en el libro testimonial La sociedad de la nieve, publicado por el escritor uruguayo Pablo Vierci en 2008 y que conoció cuando se documentaba para hacer Lo imposible.  En carta de Bayona a Vierci en 2011 le confiesa que “Lo imposible está impregnado de vuestro relato en la medida en que todas las experiencias extremas y profundas se tocan entre sí: la capacidad de brindarse al otro que tiene el ser humano, la sensación de incertidumbre que revela la certeza de la muerte; el alivio y la culpa que supone sobrevivir…”. Bayona sentía que aún faltaba hacerle justicia desde el cine a tamaña experiencia vital que representó para ellos debatirse a toda hora entre la vida y la muerte, y el cómo hacer para seguir subsistiendo cuando ya no hay esperanzas de rescate ni nada que comer. El accidente y la aventura ya estaban suficientemente expuestos (con innegable torpeza) en las películas previas. Faltaban más verosimilitud y espectacularidad. Pero sobre todo faltaba humanidad.

La sociedad de la nieve (2023)

Aunque Bayona y sus coguionistas plantean La sociedad de la nieve como una película de catástrofe atiborrada de suspenso, el cariz profundamente espiritual del relato parte de la elección misma del narrador, que va a ser uno de los viajeros que fallece durante la estancia en los Andes. Que la película tenga la perspectiva y la voz de un muerto –algo que Billy Wilder hizo en  Sunset Blvd. (1950)- permea de misticismo el relato de unos eventos extremos que supusieron volver palpable realidad el sacramento eucarístico y convertir, allá en la cordillera, el cuerpo de un hombre o una mujer en el pan que iba a alimentarlos. La decisión de los sobrevivientes del accidente de recurrir a la antropofagia no la toma Bayona a la ligera ni con ánimo morboso. La toma como un lazo indisoluble que los unió a todos en un nuevo contrato social, donde los que se fallecían continuarían viviendo en el cuerpo de los que se quedaban. Era la verdadera sociedad de la nieve, el pacto solidario in extremis, el acto de entrega más profundo.

La sociedad de la nieve (2023)

Roberto Canessa era un estudiante de medicina de 19 años cuando esto pasó. Él fue uno de los ilesos en el accidente y debió ejercer de “médico de guerra” durante la tragedia. En el libro de Vierci escribe que “En cierto momento pensé que en esa zona de nadie estábamos tornándonos en bestias salvajes, que estaba primando nuestra parte animal, la que aniquilaría a la otra. Pero me equivoqué. Porque si bien es cierto que tuvimos que hacer cosas que ningún animal suele hacer, como comer a su propia especie, lo hicimos mediante un pacto de sublime generosidad, esencialmente humano y que me emociona hasta hoy: yo podría ser tu alimento de mañana. Y en la montaña vi gestos de generosidad y entrega como jamás volví a ver en mi vida. Y esos gestos, en particular de gente malherida, que sabía que moriría, te obligan a dar todo de ti, hasta la última gota de tu sangre”. La sociedad de la nieve honra, desde el cine, semejante altura espiritual. Por eso acá no hay héroes individuales, ni estrellas reconocidas (no hay un Ethan Hawke que salve el día), sino una uniformidad, un colectivo buscando la supervivencia de todos, aún a costa de las vida propia.

La sociedad de la nieve (2023)

Bayona logró algo difícil: conjugar espectacularidad dramática con genuina emoción humana, y lo hizo sin manipulaciones ni golpes bajos. Lo logró aferrándose al espíritu de comunidad ecuménica que subyace en el alma de cada ser humano, pero que aflora en los momentos que requieren que en vez de apelar al “sálvese quien pueda”, surja la solidaridad, la entrega, el sacrificio personal, el gesto altruista que nos hace definitivamente humanos. Y que nos permite trascender, pervivir en el otro.

 ©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.   

          

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